127 horas

El estilo videoclip puede ser fresco y novedoso, y si está bien realizado, efectivo. Sus ventajas pueden, no obstante, dispersarse si es la utilización de este formato la que se repite. Una tendencia rompedora tiene que serlo no solamente desde/hacia los cánones clásicos, sino también respecto de sí misma, tiene que ser una evolución en continua evolución, o dejará de serlo para convertirse con el tiempo en algo retro, hortera o kitch.

El videoclip fresco y novedoso que Danny Boyle firmaba en Trainspotting, apenas ha evolucionado 15 años después, y podría parecer diferente si se compara con la generalidad de estilos del cine actual más comercial. Pero, insisto, Danny Boyle ya hacía esto hace años, y lo hacía prácticamente igual.

Por otro lado, 127 horas propone un reto para el autor, un tour de force consistente en aplicar ese ritmo videoclipero, en este caso concreto trepidante, alocado, indomado (eso parece, aunque no sea así) a un argumento dramático y lo que es más preocupante, estático. Las 127 horas que el protagonista permanece en la misma localización, frente a un torrente visual, efectista, y muy muy dinámico. El resultado no puede ser homogénico en sensaciones; tal vez no se pretenda, o tal vez sí, y esto no sea más que un accidente, pero el caso es que durante el visionado de 127 horas, el espectador se encuentra con una amalgama de estímulos (o intento de), que buscan respuestas ya sean emotivas, físicas e incluso fisiológicas, en un desordenado caos visceroracional.

El experimento no termina de funcionar, pese a la buena mano que Boyle demuestra una y otra vez con la cámara. La belleza de algunas imágenes no camuflan esa gran dicotomía entre ritmo y argumento, y al final se salvan de la quema solamente la historia (que no la narración) y la actuación de James Franco que, como si cosa no fuera con él, se echa el personaje y la situación a las espaldas y alcanza cotas interpretativas memorables. Los continuos flashbacks sirven más de relleno que de contenido, y la principal contribución que ofrecen es la de perder una gran oportunidad de trabajar al personaje en una dimensión mucho más profunda de lo que realmente se ve en pantalla y esto, insisto, se lo debemos a James Franco mucho antes que al guión.

La historia está basada en un hecho real (Aron Ralston). Esto, y saber cómo acababa el conflicto dramático antes de empezar a ver 127 horas, me hizo que empezase la proyección con una cierta expectación, que poco a poco fue pasando a una mera curiosidad y de ahí, a mitad de la cinta ya solo me quedaba el morbo por saber cómo se resolvería fílmicamente el clímax.

Este trabajo, junto con el mal sabor de boca que me dejó Slumdog Millionaire, están provocando que decaiga mi interés por un director que me llegó a cautivar hace ya algún tiempo.

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Déjame entrar (Låt den rätte komma in)

letrightonepostTomas Alfredson, 2008

Alfredson construye esta excelente oda a la tolerancia, a la amistad y al primer amor que puede surgir y surge entre dos seres de muy diferente condición

En un barrio periférico de Estocolmo, Oskar, un tímido niño de doce años entabla amistad con Eli, su nueva y coetánea vecina. La negativa declaración de intenciones de ella, que en su primer encuentro sentencia que no van a poder ser amigos, se viene abajo cuando ambos personajes, introvertidos y desubicados en un mundo que no es el suyo, van poco a poco congeniando, para pasar de la amistad sincera al descubrimiento del primer amor en el caso de él, intuimos que no en el de ella.

No es un melodrama televisivo, carne de sobremesa, como podría deducirse del párrafo anterior. Es Låt den rätte komma in (en ingles Let the right one, y en español Déjame entrar, o por lo menos ese es el título de la novela de John Ajvide Lindqvist en la que se basa, pues el filme aún no ha salido en España), la cinta del sueco Tomas Alfredson, que viene de ganar en los certámenes de Sitges, Fantástico de Málaga o Semana de cine fantástico y de terror de San Sebastián, en lo referente a nuestro país, además de otro gran número de premios por diversos lugares del globo.

Pese a la temática común de estos festivales, el objetivo de Alfredson no es hacer una película de género, aunque se apoya en cierto conocido mito de la literatura de terror, sino indagar y desmenuzar en el escenario frío de las relaciones humanas, distantes y superficiales, colocando en él a dos niños que viven casi al margen de todo, interactuando lo mínimo posible con el entorno, de forma que pasan casi desapercibidos.

Oskar (Kåre Hedebrant) es culto, inteligente y reflexivo. Vive con su madre, de la que no sabemos nada, víctimas ambos (o supervivientes) de una ruptura familiar, y es acosado en el colegio por los chulitos bravucones que cada vez se van dejando ver más en el cine actual. Entre el apartamento de Oskar y el de su nueva vecina solo hay una pared. Un tabique que más que separar, une los universos de ambos, infranqueable para cualquiera menos para él, que enseguida idea la forma de salvar la dureza y frialdad de los ladrillos, para seguir comunicándose con su, cada vez más, amiga.

Eli (Lina Leandersson), esa chica misteriosa y callada, recién llegada al barrio, cuyo “olor” divertido y su incapacidad para disfrutar los caramelos, no son un problema para Oskar que, pese a su piel fría, encuentra en ella el cariño y el calor que no han sabido darle sus entornos: el inerte familiar, el hostil escolar o el vacío social. Eli le enseña a resolver el cubo de Rubik, le anima a defenderse cuando es atacado, le despierta su estímulo y curiosidad sexual que siente brotar por primera vez y sobretodo, le ofrece transparencia y sinceridad, sin negar u ocultar que ella es “distinta”.

letrightone2La llegada al vecindario de Eli y el hombre que aparenta ser su padre, aunque bien pudo ser otro Oskar hace algún tiempo, coincide con una serie de sangrientos crímenes, ante los que no vemos que se indague para conocer los hechos ni, por supuesto, que se asocie a los recién llegados más allá de los meros comentarios vecinales. La policía, o cualquier representación del sistema brilla por su ausencia en cuanto a descubrir la verdad. Una verdad de la que nosotros sí que seremos partícipes, al igual que Oskar, que descubre que el mundo de Eli, pese a todo, no es tan terrible, siniestro ni frío como ese en el que él ha crecido.

Alfredson construye esta excelente oda a la tolerancia, a la amistad y al primer amor que puede surgir y surge entre dos seres de muy diferente condición, pero de similares circunstancias, poniendo sentimientos en el frío, y calor en el hielo.

Con una fotografía sobria, austera, y eficaz, una banda sonora con temple, unas interpretaciones repletas de realismo, y pese a un final algo exagerado, la historia deja un agradable sabor de boca, con estos protagonistas y su química imposible, libre de prejuicios y llena de amor pueril.

Camino (¿Quieres que rece para que tú también te mueras?)

En un país como el nuestro, con una cultura de debate y de objetividad cuya pobre autoestima provoca esa querencia que tenemos a cogérnosla con papel de fumar cada vez que se ponen las cartas sobre la mesa, es fácil abrir la boca para expresar ciertas opiniones, pero no lo es tanto pretender que las aguas sigan bajando mansas.

cartel de la pelicula

En un país como el nuestro, donde cada vez es más inexorable el contagio a otros ámbitos del pensamiento binario exclusivo –frío/calor, bueno/malo, ánodo/cátodo, derecha/izquierda– con que bombardean los medios de comunicación cada vez con más denuedo, multiplicando por cero la casi infinita gama de grises y otros intermedios que encontraríamos entre ambos extremos si abriésemos los ojos un poco más por las mañanas, levantar una opinión contra una institución como la iglesia, o una representación de la misma, es casi un juego especulativo con un resultado muy previsible si no nos salimos de esa bipolaridad típica de nuestra pobreza neuronal.

En un país como el nuestro, donde no es poca la población que se manifiesta despreocupada y ajena hacia temas estrella de debate en peluquerías de barrio y mostradores vermuteros de domingo, como el fútbol o la política mal entendida, sí que en cambio parece de ciudadana obligación posicionarse al respecto de la religión, o por lo menos pecado –qué gracioso– no hacerlo, habida cuenta de lo humano del tema, y de que todos en algún momento nos hemos hecho esas preguntas profundas, a las que aquí prometo no aludir.

Y así, cuando alguien con voz alta, todo lo alta que permite un estreno de cine en salas comerciales, se pronuncia consistentemente sobre, o contra este tema, solo tenemos que sentarnos a esperar las pataletas de aquellos que se sienten ofendidos, o cuando menos injustamente aludidos, alimentando un debate –confrontación– sobre el que, como dije antes, el nivel de abstención ciudadana es menor que en otros pesos pesados de la verborrea popular.

Sin embargo, reconozco que en esta ocasión me sorprendió que la institución aludida haya optado por una postura menos beligerante, más inteligente, mordiéndose la boca para no recoger el guante de Fesser, y evitando así el inevitable efecto mediático que hemos visto anteriormente en casos como El exorcista (W. Friedkin, 1973), La última tentación de Cristo (M. Scorsese, 1988) o Mar adentro (A. Amenazar, 2004), en los que el rasgue de ciertas vestiduras negras se convirtió en curiosidad de espectador, y ésta en un apreciable y oneroso incremento de taquilla.

Pendleton Films, la productora de Javier Fesser debe estar retocando a diario las cuentas iniciales al no haber disfrutado de la publicidad que un clerical grito al cielo le hubiera reportado, y con el que –no me vengan ahora con que no…– contaban desde el principio.

Javier Fesser

Javier Fesser

Tal vez así se expliquen las pequeñas pero no discretas maniobras que Fesser ha ido maquinando en la realización y producción de su película Camino, como la de decir que está inspirada –que no es lo mismo que basada– en hechos reales, para luego nombrar en la dedicatoria final a la persona de Alexia González-Barros, y confundir con esa asociación al espectador, buscando ese puntito de provocación que no es un fin pero sí un medio.

Y aquí sí, por alusiones, la familia de la niña fallecida en 1985 por un tumor cancerígeno, y en proceso de beatificación a cargo del Opus Dei por su devoción cristiana durante su enfermedad y agonía, ha hecho sus manifestaciones de desacuerdo y repulsa al respecto de la película (ver carta del hermano aquí), aunque sin el respaldo de la institución, que permanece en un discreto segundo plano.

La verdad es que, una vez acomodado en la butaca del cine, a uno le resulta difícil desmarcarse de esa identificación del personaje de Camino con la persona de Alexia, gracias a esa treta de Fesser. Pero si se logra superar ese escollo, por otro lado algo barriobajero, la película descubre poco a poco sus intenciones verdaderas, que no son otra cosa que una crítica a la religión en general, y al Opus Dei como institución en particular, pero -y aquí es donde me quito el sombrero- respetando absolutamente la postura de las personas que por su fe, su devoción, o el ejercicio de su libertad de culto, eligen una vida de entrega a los dictados de su pastoreo.

Es decir, el mensaje principal que Fesser nos transmite aquí es que aunque él discrepe a título personal de la creencia divina –da igual creer que no creer, el final del camino es el mismo, y lo importante es el amor en cualquiera de sus manifestaciones–, es íntimo, legítimo, respetable e incluso encomiable el ejercicio –hasta cierto punto– de los dictados de la fe que cada uno tenga, en este caso la cristiana; pero es inmoral, manipulador, y canallesco utilizar la inocencia –¿ignorancia?– y la buena disposición de esos feligreses, para obtener un beneficio básicamente lucrativo, como ocurre en la mayoría de las sectas, y en este caso en el Opus Dei, que como tal es retratada.

El argumento nos cuenta el caso de Camino –título también del libro que José Mª Escrivá de Balaguer publicó en 1939 con los postulados de la orden–, una niña de 11 años de familia católica practicante, y miembros de la Obra de Dios, que afronta una enfermedad irreversible con tal estoicismo, y espíritu de sacrificio, resignación y devoción ejemplares, que el Opus Dei quiere utilizar el caso para su propio autobombo y promoción.

Camino cenando con sus padres

La cena familiar

Camino es una crítica elocuente. Una crítica que, haciendo un símil con las fuerzas físicas, podríamos descomponer en estática y dinámica.

Es una crítica estática porque se opone, de manera firme e inamovible,  contra la eterna y sólida creencia en la existencia de Dios, negándolo tres veces: una con la fábula, bastante pueril dicho sea de paso, del cuento Mr. Peebles, cuyo personaje es feliz excepto por un problema: que si no piensas en él no existe; otra, con la representación onírica que la niña Camino se hace del ángel custodio y de su angustia por no poder salvarla, por no ser aquello en lo que ella cree o debería creer; y la tercera, la que nos es mostrada en el último plano de la última secuencia de la película, justo antes de los créditos, por si alguien todavía no se había dado cuenta –por cierto, como recurso de guión para llegar a esta conclusión, es algo rebuscado.

Y es una crítica dinámica, porque denuncia la intención del Opus Dei de utilizar el comportamiento de Camino, su calvario, y su incondicional amor a Jesús hasta el último minuto, para proclamar a los cuatro vientos el caso de una conducta merecedora del más alto reconocimiento: su canonización.

Pero ante esta postura, esta intención malsana y mafiosa de la congregación, vemos que, sin llegar a estar reñido con esa devoción hacia Dios, lo que pasa por la cabeza de la niña y sobre todo por su corazón, es algo bien distinto a lo que los sacerdotes dictaminan, nada que ver con el fanatismo con el que ellos tanto gustan de escaparatear. La pequeña Camino alimenta su ilusión, su esperanza y su resignación, por razones bien distintas, que si llegasen al conocimiento de la congregación, les haría palidecer de contrariedad, casi esconderse por el renuncio en el que han sido sorprendidos. En definitiva, nos proponen como santificación, casi como milagro, algo que sustancialmente no lo es.

Un mensaje para Camino

Un mensaje para Camino

Por lo visto, y según se ha podido leer por la prensa afín al asunto, Javier Fesser intentó ponerse en contacto con los familiares de Alexia antes de rodar, y sólo obtuvo negativas. Volvió a intentarlo al concluir la filmación, pidiendo utilizar el nombre de la protagonista de la verdadera historia –no sabemos en qué ámbito o extensión de la película– y la familia rechazó la aparición de la figura de su hija como tal, ante lo cual Fesser se limitó a nombrarla simplemente –la maniobra antes referida– al final, como dedicatoria. Esto enervó los ánimos de su familia, con el desenlace de algunos dimes y diretes que se han venido intercambiando desde antes del estreno.

Debido a esta alusión, y a los notables parecidos de las dos historias, son inevitables la asociación de ambas en el espectador ignorante de la diferencia, y las susceptibilidades hirientes en los miembros del entorno. Allegados o relacionados con Alexia que se hayan visto representados en los personajes de la película, a buen seguro estarán escocidos si estos no responden a la imagen que los susodichos tengan de sí mismos, o bien si el retrato es fehaciente pero deja al aire alguna que otra “vergüenza”.

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Mariano Venancio

Tal y como se nos ha presentado la historia, yo no creo que el director haya querido hacer sangre con este planteamiento sino, como dije al principio, ha optado por respetar la libertad que cada cual tiene de cultivar su fe libremente y a título individual. Para ello ha puesto en manos del actor Mariano Venancio la representación del padre-espectador de la tortura de Camino. Un personaje creado a imagen y semejanza de sí mismo –según dice Fesser en alguna entrevista–, y que asiste perplejo a los acontecimientos conducidos y manipulados por el Opus, pero sobre todo al comportamiento de su mujer, y siempre sin rebelarse a los mismos, ya que no se le permite intervenir en el guión para cambiar un devenir pre-escrito de antemano. Muy interesante es el hecho de que este personaje contempla a su hija a través de un tomavistas, con el que puede captar la realidad tal como es, la verdadera imagen de Camino sin influencias ajenas ni subjetividades externas y, así, será él el único que la entienda, el único que descubra la verdad que se encuentra detrás de los ojos de su hija, y también el único a quien ella le confiesa sus secretos. Curiosamente, el único personaje que se queda al margen del funcionamiento institutivo es también el único masculino, a excepción de los dos sacerdotes, alguaciles de la causa, con ese cinismo frío, despiadado y carente de toda emoción contra el que, aquí sí, Fesser arremete sin medias tintas.

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Carme Elías

La fanática madre de Camino, el personaje más conflictivo de la película no es, insisto, una caricatura despectiva de la madre de Alexia, obcecada y celosa de Dios que parece, sino la representación personificada de la entidad religiosa, esa proyección, o ese microtentáculo que nace y se desarrolla como extensión de la figura, la propaganda y la militancia doméstica del Opus Dei, que trata de llevar a su familia por el camino –equivocado, pero firme y con el mejor de los propósitos, como corresponde a todo buen fanático–, pero que al contrario que los curas, ella sí tiene corazón, ella sí actúa por amor a su/s hija/s, pese a que el fin no justifique a veces los medios. Ella se nos muestra también como una víctima de la manipulación –ya convertida, pero víctima– y del engaño, pero a la que Fesser le acaba permitiendo también exteriorizar sus miedos y sus flaquezas cuando se acerca lo inevitable, en un elegante y minúsculo giro del guión de este personaje. Un fanatismo llevado con discreción mientras todo va bien, pero que saca sus uñas cuando aparecen las incertidumbres, las dudas, las tentaciones, los cuestionamientos inocentes –en sus hijas–, pero que también acaba buscando convencimiento de entregar a Dios su dolor y el de su hija como fuente de consuelo. Es lo que se llama una Supernumeraria dentro de la institución, una persona que busca su propia santificación a través de su devoción cotidiana –y su contribución económica–. Un personaje bien perfilado, tal vez con una leve exageración que se digeriría mejor con alguna gotita más de sutileza, alcanzando la perfección, a la que también contribuiría el excelente registro que consigue sacar Carme Elías.

Nuria, la hermana mayor de Camino, era una adolescente idealista y soñadora, como lo demuestra su afición a tocar la guitarra y un novio actor del que ¿extrañamente? perdió la pista cuando se fue a Italia. Todo esto la llevó a convertirse en una Numeraria Auxiliar que ejerce labores domésticas enclaustrada en un Centro de Varones del Opus, donde padece cierto tipo de exclavitud pasiva, de lobotomía religiosa, bajo la tutela de la figura opresiva y castradora de una superiora que, fiel al procedimiento prescrito por la orden, impone penitencias físicas y no da opción alguna de libertad de pensamiento, crecimiento interno, ni contacto con el exterior, ni siquiera con la familia, ni de recibir los objetos que le viene a entregar a Nuria su propio padre. Cabe la excepción únicamente de las dos escuetas visitas que se le permiten para acompañar a la hermana en sus últimos momentos, o salvo cuando se trata de ir a recaudar las donaciones que las familias pudientes parecen estar “dispuestas” a ofrecer a la Obra a cambio de un desprecio en forma de hipócrita cortesía ascética (y de un pasaje para el cielo en tercera clase, por supuesto). Una vida de ermitaña atada en corto, resignada a ese pozo de oscurantismo disfrazado de la felicidad de servir a Dios a costa de sí misma, fagocitada por ideas como la de pretender el consuelo de su hermana convirtiendo su dolor y su muerte en ejemplares, por la suerte y la envidia que despierta (sic.) de poder ir a reunirse con el Altísimo. Memorable respuesta de Camino, digna de guardar para un libro de citas de la historia del cine.

Nuria y Camino

Nuria y Camino

Es Nuria también la muestra del sexismo conservador que se respira dentro de la institución, donde la mujer es a menudo relegada a funciones menores y sin relevancia, y mucho menos con posibilidades de cargo de significancia alguno. Interpretada por Manuela Vellés, gran elección en el casting para la película por la solvente interpretación que ha bordado, como por el parecido físico con la protagonista, su hermana en la ficción, y gran elección para ella por situarse en las antípodas de su anterior papel en Caótica Ana.

Un metraje que ha sido tachado por algunos de excesivo, algo con lo que discrepo, pues a la película no le falta ritmo, y no se hace larga ni pesada si, como digo, se sabe buscar más allá de la simple similitud –que la hay– entre Alexia y Camino. Una duración necesaria para dar cabida a todos los elementos accesorios como las pesadillas de la pequeña, donde mejor desata Fesser su virtuosa fuerza visual –acertada la de la playa, bastante burda y exagerada la del abandono–, a la fábula de Mr. Peebles y su sombrero verde, al ratón –metáfora de la libertad que la niña deja salir de la jaula que su madre le depara–, a la visión arisca del trato que se da a los pacientes en los hospitales, a veces tratados como si fueran meros fardos en un almacén, o al lastimero y compasivo punto de vista hacia la separación matrimonial, comentado en varios momentos del metraje.

A lo largo de todos esos minutos, Fesser concibe esta historia de hermosa sensibilidad, manejando con soltura todos los hilos de la trama, para darle a cada punto su contrapunto y, sin arrugarse, zumbarle al estómago cuando tiene que hacerlo, con sensiblerías que no siempre sobran. Fesser culmina la película alzando al personaje de Camino al estado de crisálida inexorablemente reducida a la nada corporal y al todo espiritual, no solo por la conclusión extraída por los que la rodean, sino sobre todo por su amor, ese amor incondicional como el que espera Dios, pero que ella vierte, entrega, proclama, muy al margen de éste.

Sobresaliente la interpretación de la debutante Nerea Camacho, seleccionada entre un casting de 500 jovencitas, que con su desparpajo y su luz, se come la cámara, y enamora al cine entero, todo ello a pesar de su dicción –mal endémico de casi todo el elenco español femenino– que, recordándome a la peor Paz Vega, es lo único a reprocharle, y únicamente con la esperanza de que tome nota para futuros, lo mejore, y nos regale interpretaciones tan memorables como ésta.

Nerea Camacho, interpretando a Camino

Con todo, Camino es una película dura, arriesgada y valiente, no ya por arremeter contra los pecados y miserias de un intocable, sino por hacerlo sin entrar en demagogias –como lo hace “Los Girasoles Ciegos”, en mi opinión floja representante de España para los Oscar–, sin evadir el camino frontal, sin humillar al enemigo herido ni caer en el reparto barato e indiscriminado de estopa, dejando claro que el problema de la religión no está en el fondo sino en la forma, y que toda desviación hacia el absolutismo, que no es otra cosa que lo que hace el Opus Dei, es perniciosa, malsana y repudiable, malversando o directamente coartando libertades de obra, pensamiento y sentimientos incluso como, en este caso, el dolor o el afecto.

Y ya que os martirizado con esta crítica tan kilométrica, no puedo dejaros sin el trailer, para que definitvamente os animéis a verla:

Primera incursión en Huesca: conociendo a Bertrand Tavernier

El sábado pasado, carretera y manta hacia el norte, y tres cuartitos de hora de coche más tarde nos acreditábamos un servidor y algunos compañeros de la Perdiguer, tras lo cual derechitos a la rueda de prensa que Monsieur Tavernier ofrecía en la Diputación.

Allí, entre anécdotas varias con la traducción y al amparo de nuestras preguntas, el director francés, sencillo e inteligente personaje, nos habló de su visión retrospectiva de Cannes 68, del premio que recibía, de su opinión sobre el cine estadounidense y español, o de su próximo estreno, In the mist. Tras la rueda de prensa, don Bertrand siguió departiendo con el público, esta vez en las instalaciones de la CAI, donde tuvo lugar un encuentro coloquio con el director, que tocaba temas como la dirección de actores, el realismo en la realización, o la influencia en Jean Renoir en su estilo.

Tras la comida, el guión del festival nos llevó al Teatro Olimpia, que proyectaba tres trabajos de Humphrey Jennings. Un servidor se levantó escopeteado tras los 9 minutos del primero, la arenga pro resistencia a los bombardeos de la IIGM “London can take it”, para poder llegar a tiempo a la Diputación donde pocos minutos después se exhibía el interesante documental de Mirella R. Abrisqueta (del programa Bobinas, en Aragón Televisión) “Cicatrices de piedra, la Guerra Civil En Aragón”. A mitad del documental, el resto de compañeros aparecen por sorpresa entre el público, comentando que había problemas con el proyector en el Teatro Olimpia y habían sido “austeramente” desalojados del mismo.

“Cicatrices de piedra…” presenta, desde la perspectiva de los protagonistas de entonces, hoy ancianos, el relato de los duros episodios que les tocaron vivir a cada uno, incluyendo las peligrosas expediciones de exilio que se produjeron a Francia a través de los Pirineos, que para muchos supuso escapar de la olla para caer en el fuego. Un trabajo muy bien documentado, y antesala del otro “La bolsa de Bielsa: el puerto de hielo”, de la misma directora junto a Maite Cortina y José Angel Delgado, que podrá verse también a lo largo del festival. El documental de Mirella estuvo escoltado por otros tres trabajos de autores aragoneses en una sección bautizada tal vez con excesiva grandilocuencia como “Cosecha 2007, cine aragonés insuperable”.

Tras el visionado de sus cuatro trabajos, tocaba café tertulia en la terracita de los porches, al que se nos unió el productor aragonés Javier Millán que “pasaba por allí”, y con quien debatimos corto y sentado sobre la situación de la producción amateur en Aragón y su dificultad para pasar a la profesionalidad, así como la interesante y frenética evolución que se está dando tanto en ese campo como en la distribución.

Fotograma de "Miente", de Isabel de OcampoSi el debate lo hicimos corto y sentado, media horita escasa, fue porque enseguida venía la muestra del Concurso Iberoamericano de Cortometrajes, con la proyección de once trabajos de un nivel general aceptable tirando a bueno, según consenso posterior. Particularmente buen sabor de boca nos dejaron “Taxi?”, “9” y “Miente”, que sin pretender hacer patria resultaron españoles los tres. El argentino “Hoy no estoy”, protagonizado por los jóvenes actores de XXY, me sorprendió también por su agradable simplicidad, su frescura y su sentido estético.

Y así, terminó la jornada para la expedición zaragozana, de la que una minoría se quedó a probar suerte con la película “Holy Lola”, de Tavernier, que se exhibía con el proyector antes problemático. No he sabido cómo acabó la cosa.

Al día siguiente, la mañana dominical es ideal para seguir con proyecciones, en este caso las del Foro Europa, siete cortometrajes igualmente recomendables, del que por señalar alguno me quedaría con Warszawianka del polaco Marcin Maziarzewski, y con Alexandra, del rumano Radu Jude. Y de allí a casa, no vayamos a tener que tirar de Almax por algún empacho de cortos.

Ese fue nuestro oscense fin de semana, lugar al que espero volver alguna vez más a lo largo de los días que restan para la finalización del certamen. Y por supuesto contaros qué tal me va.

La batalla de Hadiza, la misma mierda en distinto bando

Hace unos días leí la noticia de que había sido absuelto un agente de Inteligencia del Cuerpo de Infantes de Marina, implicado en la matanza de 24 civiles iraquíes (artículo en español) en la ciudad de Haditha, el pasado 19 de noviembre de 2005.

Según dicha noticia, tras el atentado con bomba a un convoy de marines en el que murió un marine y resultaron gravemente heridos otros dos, se produjo una acción ofensiva como respuesta en la que con la búsqueda de insurgentes como excusa, acabaron muriendo un total de 24 ciudadanos civiles, residentes en las viviendas próximas a la zona.

Se da la coincidencia que también unos días antes tuve la ocasión de ver en los Renoir la película Hadiza, del británico Nick Broomfield, que relata el episodio del atentado y la posterior matanza de civiles, basada fundamentalmente en la información que recabó y publicó la revista Time, y además tenía incumplida la promesa de comentar esta película que me dejó un agradable sabor de boca, aunque no tanto de estómago.

Sin huir del evidente mensaje de denuncia antibelicista que todo cine bélico políticamente correcto parece tener que esgrimir, e incluso tal vez para remarcar esa intención precisamente, Broomfield ha querido alejarse con elegante descaro del posicionamiento gratuito, llegando a pecar de una imparcialidad incluso excesiva, un pelín desproporcionada. Así, el guión de Hadiza ha salido del horno compuesto con una simetría más que intencionada (que no previsible), algo así como un espejo caleidoscópico en el que aparecen reflejados en los militantes de ambos bandos las motivaciones, las frustraciones, los terrores, o la desesperanza. Pero sobre todo su denuncia sirve de Sigue leyendo

Casual day, maniquí con esmoquin de alquiler

Tras títulos como “Smoking Room” (Roger Dual y Julio D. Wallovitz, 2002) o “El método” (Marcelo Piñeyro, 2005), tenemos actualmente en cartelera “Casual day”, la película dirigida por Max Lemcke y escrita por los hermanos Daniel y Pablo Remón, que pretende hacer un retrato de la desubicación de unos y el oportunismo de otros, todos ellos personajes trabajadores de una empresa, que sobreviven bajo la tiranía de una cúpula déspota, ruín y mezquina, ante la contemplanza de un panorama vacío y gris ante Sigue leyendo

Adios Bafana, crisis de identidad

Bille August, 2007

Ejemplo de película pretenciosa, maniquea, y un pelín tramposa, del irregular Bille August, a la cual se le ve el plumero desde casi los títulos de crédito.

No por ser histórica y basada en hechos reales, puede una película (extrapólese a cualquier tipo de creación narrativa) permitirse el lujo de ser tan previsible. Y en Goodbye Bafana, esto es algo que ocurre una vez sí, y otra también, encontrándose el señor August incapaz de rematar con coherencia una historia que a priori podría haber dado para mucho más, y mucho mejor.

En Goodbye Bafana nos encontramos con dos hilos narrativos: por un lado, el escenario convulso y caldeado de la Sudáfrica del Apartheid hacia los años 60-70, con una sociedad hipócrita y racista bien retratada a base de elementos como la falsa élite blanca que no termina de encajar cierta frustración y desencanto debidos a lo poco resolutivo de su estatus de clase media disfrazada de jet set; o bien la marcial actitud de las autoridades tanto militar como política o, específicamente en la película, carcelaria; o la sexista separación de roles en los corpúsculos familiares y vecinales, algo por otro lado habitual por aquellas décadas en todo el mundo moderno o que simplemente presumía de serlo. Sigue leyendo