Grbavica. El secreto de Esma

Jasmila Zbanic, 2006

Grbavica es el nombre de un barrio de Sarajevo particularmente azotado durante la crisis balcánica, y entre cuyas ruinas empieza una reconstrucción, urbana y humana, que afectará a generaciones enteras.

Diez años después del conflicto en la antigua Yugoslavia, los supervivientes intentan rehacer su vida como pueden. Esma, una mujer que perdió todo, lucha por salir a flote y asegurar el futuro de su hija Sara, de doce años. Esma intenta reunir 200 euros para una excursión escolar para ella, cuota que le saldría a mitad de precio si pudiera certificar que su marido es un ‘shahid’, un mártir de la guerra. Esma esconde un gran secreto hacia su hija, un secreto que alimenta con mentiras para ocultar un dolor antiguo pero interminable. Este dolor le hace acudir a reuniones de autoayuda para hablar, pero en las que no encuentra el momento de hacerlo, y sólo escucha.

Su hija Sara con sus doce años de infancia, es problemática y descarada, en un entorno donde el mañana es más una probabilidad que una certeza. En este ambiente empieza su adolescencia y con ella sus efectos, su rebeldía contra el mundo, la excitación de besar por primera vez, o de tener un arma en sus manos, todo ello contado en un guión que por otra parte, elude profundizar y vulgarizar este aspecto. Sara comienza el doloroso camino hacia la comprensión, y eso también significa madurez, lidiando con el deseo de saber quién fue realmente su padre (su madre le dice que fue un héroe de guerra, pero no le da detalles, ni el certificado que lo acredite).

El argumento, con el enfrentamiento entre “shahids” y “chetniks” de fondo, es el grito silencioso y sincero sobre un pasado violento y una convivencia difícil, marcada por la humillación y el resentimiento. Es la relación entre una madre y una hija cuyo mundo fue aniquilado por la guerra y donde la supervivencia es el pan de cada día. La madre, ocupada en obtener recursos para ambas, y la hija, en una edad en la que todo son preguntas, aún no tiene la respuesta más importante.

Ganadora del Oso de oro en el Festival de Berlín 2006, “Grbavica. El secreto de Esma” es la ópera prima de Jasmila Zbanic, precoz realizadora bosnia, que debuta en el largo como directora, tras su periplo como realizadora y guionista de parte del documental “Made in Sarajevo”, proyecto común de varios directores y escritoras de esta ciudad, y tras haber dirigido también algunos cortos.

Para el principal papel de la película, la directora contó con la labor inestimable de Mirjana Karanovic, una de las actrices predilectas de Kusturica (precisamente, incluida en el elenco de “Underground”), y de Luna Mijovic, interpretando genialmente a la pequeña Sara.

Interesante comienzo profesional de Jasmila, no sólo por el galardón (también consiguió el premio honorífico de la paz y el Premio Ecuménico del Jurado), sino también por el planteamiento propuesto y porque se aprecia auténtica fe en el proyecto que acomete. Zbanic demuestra en el film dominar el lenguaje cinematográfico, gracias a la presentación austera pero suficiente de los protagonistas y al uso inteligente de la elipsis. Ha optado por un estilo muy televisivo, sin apenas relieve, con encuadres medios, el habitual plano/contraplano, y una imagen gris y cotidiana, en ese ir y venir en el populoso barrio de Sarajevo. La película, eminentemente femenina, ahonda en el dolor, utilizando pequeños detalles, y haciendo respirar el drama diario del pasado.

La dirección es acertada. La historia está hilada con sobriedad, a veces con desnudez. La ausencia de música o elementos de realce marca una narración cuyo afán realista es llevado al máximo. Y es en este afán donde se le ve a Jasmila el plumero del docudrama, realismo que alcanza su cenit en secuencias como las del centro a donde acude la madre para encontrarse a (o perderderse de) sí misma. Los tiempos, el rigor de planos y demás elementos fílmicos denotan calidad y hacen esperar interesantes trabajos en el futuro.

Esencialmente portentosa es la interpretación de la protagonista, que sabe transmitir todos los detalles de cariño, hastío o indignación que conlleva su personaje Esma, sobre todo en algunos momentos reveladores. Esma es una viuda cuarentona, aún atractiva, que pese a ello se niega a erotizarse, como le aconseja su compañera del pub donde trabaja por las noches. Es una madre entregada, atrapada por la necesidad de aceptar empleos precarios que le impiden cuidar como debería de su hija, y que parece no soportar demasiado bien el contacto físico con ella, por ejemplo, tumbadas en el suelo mientras juegan, o cuando le tiene que cortar las uñas. Esma es una mujer frágil pero que sin embargo reacciona enfurecida ante la violencia, porque es lo que ella más repudia.

Y así, el filme se acerca a uno de los colectivos más débiles e indefensos ante la cruel crisis económica que azota la actual Bosnia: el de las mujeres, en un entorno en el que los hombres desaparecieron en la contienda o siguen atrapados por una violencia aún latente. En la película, y en la historia real, hay cientos, miles de Esmas, aunque sólo nos muestren unas pocas en forma de sutil homenaje, las que se reúnen en un local del barrio para intentar exorcizar pesadillas de la guerra y la barbarie.

No obstante y por otro lado, la película no aporta nada nuevo que refresque el panorama fílmico contemporáneo. Sí que podemos hablar de su corrección de formas, del (escueto) efecto emocional que provoca, de la humanidad y dignidad de sus personajes o de la esperanza que asoma entre las escenas finales. Pero todo ello está discretamente mesurado, cortado al ras, de forma que la cinta no destaca por ningún aspecto concreto.

Y a todo eso tenemos que unir también un discreto guión, casi pobre, que busca sin encontrar la forma de intrigarnos con una historia cuyo final es conocido o ciertamente intuido por el espectador. El hecho es (muy triste) que Grbavica no reporta nada que no se supiera o sintiera antes de entrar en la sala.

La directora parece descuidar otros elementos necesarios en el ritmo narrativo, que falla al no encontrar en ningún momento el empaque necesario. Un ritmo lento, cansino, estático, a veces reiterado o machacón, como las repetidas escenas del club donde trabaja, que acaban sonando a dejà vu. Hay elementos argumentales difíciles de digerir, como el encañonamiento de Sara a su madre con el arma, cuyo por qué no entendí, y que me suena más bien a último recurso de guión para desencadenar de una vez el final.

Ese ritmo lento provoca que a veces, lejos de involucrarse, el espectador se sienta distante de la historia que tiene ante sus ojos, pues no permiten desplegar todo el potencial (que lo tiene) de la cinta, y alcanzar el nivel que se espera de un “Oso de oro”.

Hablamos, en definitiva, de una película equilibrada pero no de las que piden el revisionado, una de esas que luego no se recuerdan pese al triunfo de festival, pues su principal vehículo es el uso de un drama para dramatizar. Está hecha con más voluntad y empeño que recursos e imaginación.

Grbavica no pasará nunca como una joya desapercibida, por dos razones fundamentales: porque no es una joya, y porque el premio de Berlín la ha librado de ese desapercibimiento. Y es que se respira últimamente en los festivales una tendencia, que circula por los principales eventos del circuito europeo, consistente en galardonar a obras que aun siendo correctas, no alcanzan la excelencia que las haga merecedoras de ese alto reconocimiento. Obras que a cambio ofrecen un complemento adicional que despierta la empatía del espectador hacia el abordaje de causas y azares de fácil sensiblería. Obras como ésta, que en Europa nos recuerda las consecuencias de un conflicto extinguido en los medios de comunicación, como es el de la guerra de los Balcanes, pero cuyas consecuencias perviven en el complicado día a día de sus ciudadanos.

El problema, de prolongarse esta tendencia, es la pérdida del pulso que siempre han permitido tomar al cine estos festivales, termómetros hasta ahora de la buena salud del arte cinematográfico y del descubrimiento de joyas que, de otra manera, pasarían inadvertidas. Me permito recordar que en un festival deben prevalecer los valores estrictamente cinematográficos a otros, que tienen sus propios canales de reconocimiento y promoción.

Dicho esto, y tras ver Grbavica, la verdad es que no es la película excepcional que parece merecer dicho galardón. Y no porque sea una mala película, que no lo es. Pero el hecho de haber ganado en Berlín le ha creado unas expectativas que pueden correr el riesgo de defraudar a más de uno en la butaca.

La pianista

Mikael Haneke, 2005
Una vez más, Haneke vuelve a presentarnos una historia dura, correosa, y para los acostumbrados al cine de Coca Cola y palomitas, algo incómoda de ver.

En esta ocasión, el austriaco nos habla de Erika (Isabelle Huppert), una profesora de piano, casi cincuentona, que vive con su opresiva madre, la cual le ejerce una influencia represiva, coercitiva y moralmente chantajista. Esta férrea doctrina materna ha degenerado en un rígido carácter que exterioriza en forma de rechazo defensivo ante el entorno que le rodea, y en una obsesión sexual enfermiza y autodestructiva, que la lleva incluso a terrenos sádicos y autolesivos.

La situación se complica cuando aparece Walter (Benoît Magimel), un alumno más joven y atractivo que ella y, desconocedor de las perturbadoras tendencias de su maestra, se enamora de ella. La historia, cruda y dura, sin concesiones de ningún tipo, es la de Erika, externamente fría y afilada como una cuchilla de afeitar.

Esa frialdad se respira durante los 130 minutos de la cinta en los punzantes diálogos, en la fotografía dura con un predominio de blancos, y en esos planos largos, a veces interminables, que nos deja a solas, cara a cara con la pianista y su temperamento desafiante. Esos mismos planos, que sirven a la actriz para desarrollar un trabajo interpretativo que roza la excelencia (mejor actriz en Cannes y European Film Awards, entre otros).

La ausencia de música, excepto la puramente diegética, es algo habitual en Haneke, y en este caso, la única que oímos es la que interpretan los personajes, y que en la mayoría de las escenas sirve como fuente de conflictos, de tensión entre ellos.

Como anécdota, decir que Isabelle Huppert interpreta todas las escenas en las que toca el piano, ya que tiene avanzados estudios de este instrumento.

En resumen, una cinta dura, sin remilgos, que cuenta una historia que probablemente esté ahí, en la calle, a nuestro lado, tal vez algo más cotidiana de lo que podríamos pensar, y ante la que muchos preferirán esconder la cabeza y elegir “Sr. y sra. Smith”, por decir algo.