Adios Bafana, crisis de identidad

Bille August, 2007

Ejemplo de película pretenciosa, maniquea, y un pelín tramposa, del irregular Bille August, a la cual se le ve el plumero desde casi los títulos de crédito.

No por ser histórica y basada en hechos reales, puede una película (extrapólese a cualquier tipo de creación narrativa) permitirse el lujo de ser tan previsible. Y en Goodbye Bafana, esto es algo que ocurre una vez sí, y otra también, encontrándose el señor August incapaz de rematar con coherencia una historia que a priori podría haber dado para mucho más, y mucho mejor.

En Goodbye Bafana nos encontramos con dos hilos narrativos: por un lado, el escenario convulso y caldeado de la Sudáfrica del Apartheid hacia los años 60-70, con una sociedad hipócrita y racista bien retratada a base de elementos como la falsa élite blanca que no termina de encajar cierta frustración y desencanto debidos a lo poco resolutivo de su estatus de clase media disfrazada de jet set; o bien la marcial actitud de las autoridades tanto militar como política o, específicamente en la película, carcelaria; o la sexista separación de roles en los corpúsculos familiares y vecinales, algo por otro lado habitual por aquellas décadas en todo el mundo moderno o que simplemente presumía de serlo.

Por otro lado, la vida familiar y la carrera profesional de James Gregory (Joseph Fiennes), funcionario militar del cuerpo de prisiones y revisor-censor de la correspondencia de los presos políticos militantes de la ANC y especialmente de Nelson Mandela, y la personal maduración de su posicionamiento respecto del conflicto.

Y aquí es donde no termino de saber si la historia que me encuentro ante los ojos, la del carcelero, es la que realmente quiere contar Agust, o bien la utiliza simplemente como pretexto y punto de vista para tocar los temas anteriores, e incluso establecer un pueril acercamiento a la figura del líder africano, sin llegar en ningún momento a biopic, o tal vez aquel sufrimiento y persecución a la que se sometió al pueblo nativo, y cuya presencia es latente en el film pero también carece de desarrollo alguno.

En cualquiera de los casos, la trama sobre la figura del protagonista está perfilada a trompicones, a base de golpes flácidos de guión que hacen avanzar su desarrollo con maniobras tan socorridas como las preguntas de su inocente hija tras un episodio de violencia, el ejemplar carisma y estoicismo de Mandela, o un sentimiento de noble justicia que aparece de repente y de la nada en el corazón del carcelero, y así por las buenas me lo tengo que creer. Un hombre del que, tras haber nacido y crecido en un entorno de convivencia tolerante, sus ideas cambian varias veces de bando en su vida, al son de diversos caprichos argumentales. Personalmente me acordé mucho del personaje del carcelero de Salvador Puig Antic, interpretado por Leo Sbaraglia, que con menos minutos en pantalla está bastante mejor retratado, y con una evolución más conseguida, coherente y natural.

No obstante lo anterior, Gregory acaba salvando los muebles gracias al buen hacer de Fiennes, que junto con Diane Kruger, ofrecen una interpretación solvente y meritoria. A la misma credibilidad interpretativa, pero por otro camino más vacuo, se llega en el caso de Mandela, bastante más plano y menos conseguido como personaje, y que sobrevive únicamente gracias a la sólida base del carisma de Dennis Haysbert, que ya hemos tenido ocasión de apreciar en otros trabajos suyos, por ejemplo en 24 (en realidad, aquí el personaje de Mandela es un clon del de la serie, pero en versión reo).

Por si fuera poco, la película se marca una brutal elipsis que la parte en dos hacia la mitad del metraje, dejando un vacío en medio que bien podría haberse utilizado para trabajar mejor la relación entre los dos protagonistas, cuyo acercamiento no me creo como dije antes, o simplemente para introducirse a explorar la grandeza de ese hombre que sacrificó gran parte de su existencia por y para su pueblo, aspecto este que le hubiera aportado algo más de realismo y tal vez la necesaria fuerza dramática de la que carece. En cambio, dicha elipsis acaba separando lo que pretendía haber sido una presentación, una puesta en escena de los elementos que en cuanto al tiempo se le ha ido de las manos a Agust, y nos ofrece un giro en la trama muy fuera de lugar, y no lo suficientemente notable como para justificar semejante recurso temporal, que no hace sino descalabrar el ritmo y dejar en la boca del espectador un agrio sabor a esa sensación de haber visto seguidos dos episodios de un serial.

En la parte visual, finalmente, el trabajo está acabado con decencia, con un acertado trabajo con la cámara y una fotografía de gran luminosidad y fuerza cromática. La película se puede ver pero, eso sí, evitando expectativas a la altura de la historia que nos cuenta. Es, ni más ni menos, lo que se suele llamar una película pretenciosa y fallida.

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