Biografía de los cines Buñuel

Hace menos de un mes que cerraron los cines Buñuel en nuestra ciudad, ese refugio donde poder encontrar cine al margen del comercialismo, de los blockbuster americanos que proxenetizan el resto de las salas de la ciudad (a excepción de los Renoir).  La variedad de los estrenos de esta ciudad que presume de ser la quinta ciudad del país ha sido seriamente mutilada, pues el resto de las proyecciones que se programan se reparten cuatro títulos escasos cada semana.

Los multicines Buñuel, estrenados en 1977 han muerto treinta años después, dejando por sus salas numerosos momentos de la cultura cinematográfica zaragozana.  En su homenaje, Luis Betrán Colás nos ofrece un pequeño recorrido por lo que fueron estos años, cuando los cinéfilos encontraron cuatro pantallas donde poder ver en esta ciudad el cine de autor, independiente y en versión original, aunque como veremos, esto fue solo una etapa.


UN SENTIDO HOMENAJE A LOS MULTICINES BUÑUEL
PARTE I.- DE 1.977 A 1.980.- AUGE Y DECADENCIA (por Luis Betrán Colás)

En los años sesenta y setenta, todo aficionado al cine que visitaba Paris quedaba admirado de los cines múltiples: pequeñas –y aún pequeñísimas- salas reunidas en un solo local, con equipos de proyección únicos. Los duplex, triples, y aún quíntuples permitían hacer rentables films que de otra manera no hubieran llegado a salas donde los gastos generales resultan, lógicamente, más altos que la escasa proporción que les toca en los múltiples tras el reparto de la totalidad de aquellos.

De pronto en Zaragoza surge la noticia de que se están construyendo cuatro minicines o multicines de esas características. El emplazamiento, al final de Francisco Vitoria, cerca del Camino de las Torres –todavía recorrido parcialmente por una acequia– es céntrico pero sin excesivo valor comercial. Sigue leyendo

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‘Infiltrados’ contra ‘Infernal affairs’

El País, 23/02/2007

En muchas quinielas se apunta la posibilidad de que Infiltrados reporte a Martin Scorsese su primer Oscar como director, pero no son pocos quienes lamentan que este reconocimiento académico no haya venido antes. En concreto, con las películas que le habían acreditado como clásico contemporáneo y no como enérgico artífice de un apreciable, si bien discutible, remake. O sea, Infiltrados. Para algunos, lo que resulta más doloroso del triunfo crítico y comercial de Infiltrados es que se haya hablado tan poco de su fuente de inspiración: la película Infernal affairs (2002), de Alan Mak y Andrew Lau, que recaudó cerca de 50 millones de dólares en Hong Kong y dio pie a dos secuelas. (Sigue leyendo)

Sin Perdón, una revisión del mito

ARGUMENTO
1880, Big Whiskey, Wyoming. Unas prostitutas ofrecen una recompensa a quien mate a dos malhechores que agredieron a una de ellas.

William Munny, antiguo criminal asesino redimido, ante la propuesta de Schofield Kid, joven e inexperto pistolero, decide tomar las armas una última vez pese a su actual retiro de la violencia, para resolver su precaria situación económica.

EL WESTERN
El western, uno de los principales géneros de la historia del cine, que se encuentra en vía muerta desde hace décadas, se despereza de vez en cuando, para abrir el tarro de sus esencias, y tras volverlo a cerrar, seguir durmiendo plácidamente el sueño de los justos.

Eso parece ser lo que nos encontramos con Sin Perdón, un film revisionista y desmitificador, que actualiza conceptos y pone al día el género, sin traicinarlo ni quitarle un ápice de su esencia.
En efecto, Sin Perdón tiene todos los elementos típicos del género: El Sheriff “Little Bill”, que utiliza la autoridad que le confiere la estrella, para convertirse en todopoderoso, independientemente de su falta de juicio y ecuanimidad. Bill es aquí un personaje vanidoso, cruel, corrupto, que se ampara tras una placa, y bajo un tejado con goteras.

El fuera de la ley, William Munny, perseguido y moralmente autocastigado por los pecados de su pasado, como reconoce ante su montura. Siempre contra su voluntad, es buscado por la justicia o por idólatras, que lo encumbran como mito, etiqueta de la que huye continuamente. El fuera de la ley siempre encuentra una razón (o la razón le encuentra a él) para continuar alejándose de esa ley, sobre todo si está corrompida.

La mujer, por antonomasia, siempre bien tratada en este género, ya sea como madre, como esposa o como la tópica prostituta, que en este caso también aparece humanizada, con sentimientos claramente buscados, como la justicia, la indignación o la bondad. Además, no solo están socialmente aceptadas, sino incluso son necesarias, tal como se muestra con términos como “hacer servicios”, “contrato” o “producción”, que aparecen en referencia a ellas a lo largo del film. Llegan incluso a cumplir una labor casi humanitaria de válvula de escape a los problemas de sus clientes, metaforizadas a través de la ventana por la que acaban huyendo.

El film cuenta con otros elementos habituales, como las referencias a las armas (se nombran continuamente los rifles), el engrandecimiento de la naturaleza mediante panorámicas de los paisajes, que en este caso no son desérticos, sino fértiles, los exteriores luminosos frente a los interiores oscuros, o localizaciones tan imperdonables como la barbería, el salón o la oficina del sheriff, celda incluida.

LA VIOLENCIA Y EL HONOR
La película avanza con un ritmo lento, a base de diálogos largos y discursos trabajados como los de “Bob el Inglés” o “Little Bill”, ausencia de caballos al galope, y escasas escenas de violencia, aunque algo intensas.

En los inicios del western, la vida del hombre, ya sea blanco o indio, no valía un dólar, y tras el conocido “yo que tu no lo haría” siempre acababa muriendo alguien. Más tarde, con el espagueti western llegó el esperpento, y la casi ridiculización del género y su contenido, como ocurría con la muerte, también fácil. Incluso Sam Peckinpah llegó a encumbrar la violencia, recreándose en ella de forma lírica, con cámara lenta, etc.

A este respecto, la violencia en Sin Perdón no es gratuita, sino que estalla en momentos puntuales, denotando la falta de motivos para ella, y sus consecuencias cuando ocurre. Por ejemplo, podemos ver que la primera pelea se ve pasada la primera hora de cinta. Sin Perdón nos muestra cómo la violencia puede cambiar a la gente. Los tiroteos son los justos y necesarios, y esa paliza de Bill a Bob el Inglés, aunque algo cruel, más que sangrienta es humillante, al tratarlo a puntapiés, como a un perro.

No olvidemos que Clint Eastwood, en 1992, estaba de vuelta de su personaje más conocido: Harry el Sucio, un policía justiciero fascista, que imponía el orden por encima de la ley, a cualquier precio.

Otro elemento que Clint Eastwood repesca del género, y que se encuentra totalmente desaparecido del cine contemporáneo, es el del honor de caballeros característicos de los personajes masculinos. Las miradas a la cara, el estigma impuesto al asesino a traición, el respeto a la mujer, se respira durante toda la película, alcanzando su punto más explícito en el tiroteo del desfiladero, cuando William Munny invita a sus enemigos a que den agua a su moribunda y reciente víctima, al que acaba de disparar.

LOS MITOS Y SUS FANTASMAS
Un elemento del que Eastwood hace una revisión y nos presenta una nueva lectura es el del mito presente en todas las películas, el héroe que aquí es desmitificado, haciéndolo más humano con sus virtudes y sus miserias, desnudándolo para que veamos su carne y sus huesos, con fiebre, pesadillas y miedos, remordimientos…

El trabajo de Eastwood sobre esta desmitificación empieza con el primero de los mitos que nos presenta: Bob el Inglés, un hombre elegante, culto y versado, de porte aristocrático, gran pistolero con encomiables historias de contiendas que lo encumbra a esa categoría de mito, a través de los relatos de su biógrafo. A continuación vemos sus primeros defectos, la prepotencia al manifestar no portar armas, a la vez que muestra su revólver desafiante, la vanidad en la barbería, y finalmente asistimos a su humillación a patadas por “Little Bill”.

Por si esto fuera poco, el mayor descalabro de este mito tiene lugar cuando descubrimos que sus hazañas eran falsas, que su carácter noble no era tal como se lo había relatado al escritor, y sobre todo, cuando desde el otro lado de las rejas de la celda, rehusa el enfrentamiento con “Little Bill”. El mito de Bob es entonces fagocitado por Bill que permite marcharse a su adversario derrotado y ridiculizado una vez más al entregarle su revólver extravagantemente retorcido.

A partir de ese momento asistimos al crecimiento del nuevo mito “little Bill”, con sus historias relatadas al chaquetero escritor, que estaba mal informado antes y podemos sospechar que lo va a estar ahora, con los relatos que el sheriff le hace en su casa con goteras.

En medio de esta desmitificación por un lado, y automitificación por otro, de ambos personajes falsos, asistimos al conflicto del único mito verdadero, el fuera de la ley, cuyas hazañas no son relatadas por ninguna pluma mal informada, sino que son conocidas por el pueblo, representadas en las figuras de sus acompañantes Kid y Ned. Ellos le alientan a dar detalles de sus gestas, y a reconocer esos hechos que él por otro lado intenta dejar atrás. Es la lucha del héroe real, del mito cierto, por no alimentarse de su monstruo y negarse a sí mismo, frente a la sed de gloria y la necesidad de un icono que tiene Kid, que lo idealiza continuamente.

De este modo tan soberbio, Clint desmonta el histórico mito, el héroe idílico y perfecto que el western nos ha retratado durante tanto tiempo, y que probablemente no era más que el escaparate adornado de cualquier persona normal y corriente, con sus grandezas y miserias.