Bab’Aziz, misticismo islámico

Nacer Khemir, 2005

La semana pasada, en mi escapadita a Barcelona, tuve la oportunidad de ver una de esas innumerables películas que no suelen llegar a nuestras salas zaragozanas o, como diría mi amigo Luis, zaraconejiles. Se trata de la coproducción tunecina, iraní, francesa y alemana, llamada Bab’aziz, y dirigida porel tunecino Nacer Khemir.

Lejos de un largometraje al uso, Bab’Aziz es un híbrido entre documental y videoclip que, a través del viaje que un anciano derviche realiza con su nieta, a través del desierto, profundiza en los aspectos más místicos del espíritu sufista, una rama islámica de gran tradición artística y filosófica. Como contrapunto a la idea ampliamente difundida en occidente del radicalismo islámico, el sufismo y sus seguidores o practicantes los derviches, rechazan cualquier forma de violencia y promulgan la búsqueda interior de la paz, la confraternización y la sabiduría, y éste es el mensaje que Khemir, con el viaje del abuelo y la nieta como base, nos acaba haciendo llegar en su tercer trabajo.

Interesante acercamiento cultural a esta doctrina y forma de entender la filosofía del Islam en su sentido más puro, en la que a través de la música, la poesía, la muerte o el amor, y con la fábula y la metáfora como vehículo adoctrinador, los derviches buscan alcanzar la espiritualidad en un entorno que Khemir ha sabido plasmar bellamente, y donde elementos como el sol o la arena forman una parte esencial de la vida.

Recomendable para mentes abiertas, reposadas, y poéticas.

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Diez minutos / Alberto Ruiz Rojo / 2005

Con más de un centenar de premios a sus espaldas, entre ellos el Goya 2005 al mejor Cortometraje, y la preselección para el Oscar de aquél año, Diez minutos, interpretado por Gustavo Salmerón y Eva Marciel, nos habla de la incomunicación en la sociedad actual, en una historia tan entrañable como emocionante.

Alberto Ruiz Rojo, productor y director de TV (series como Al salir de clase, El súper, Con dos tacones), realizó este trabajo, que podéis ver a continuación, inspirado en una experiencia personal, tal como relata en esta entrevista.

El violín

Francisco Vargas, México 2005

Historia de unos campesinos en la lucha de guerrillas contra el ejército del gobierno mexicano, que tras ser expulsados de su aldea intentan recuperar las armas allí escondidas. Un anciano violinista (Ángel Tavira) intentará volver a por ellas, para lo cual se prestará a entablar una relación de falsa amistad con el capitán de las milicias, a quien le interesa la música que el viejo toca con su violín.

Relato que adquiere tintes de fábula épica, de esas cuyo transcurrir de boca en boca, de abuelos a nietos, hacen que perdure entre los campesinos la ilusión, la esperanza de alcanzar algún día la victoria, o la libertad.

Una película tierna y dura al tiempo, en la que lo poco que se tiene lo es todo, y por ello la vida transcurre más al servicio de una causa que paralela al lado de ésta, alimentada por unos valores y unos ideales tan caros que solo los miserables que no tienen nada que perder pueden permitirse pagarlos.

Destacar la formidable puesta en escena de esta película, con unos encuadres tan estudiados que hacen del entorno, de la selva, algo que trasciende de las dos dimensiones. Una ambientación que se acompaña de una fotografía húmeda y fangosa, con un sucio blanco y negro derrotista, amargo y cansado.

Numerosos premios han ido cayendo en la saca de esta cinta, gracias a los cuales ha podido verse primero por todo México, para ir trascendiendo después más allá de sus fronteras, pese a los esfuerzos del gobierno por boicotear su distribución.

La masai blanca

Hermine Huntgeburth, 2005

En 1986, Corinee Hoffman, ciudadana suiza de turismo por Kenia con su novio, conoció a Lemulian, un guerrero (reconvertido a pastor de cabras en tiempos de paz) de la tribu o etnia samburu, similar en aspecto y costumbres a los massai, y cayó platónicamente enamorada de él. Allí mismo despachó al novio que volvió solito y con las orejas gachas a la tierra de los cantones, y se fue en busca del nómada. Tras un agotador viaje a través del paisaje africano, Carola llegará a Barsaloi, el pueblo de la tribu de Lemalian, con el objetivo de reunirse con él.

Pero lo que ella alguna vez sintió como el amor más grande de su vida, se convierte en una dura prueba, un choque terrible de culturas en la que ella, en una tierra machista, deberá enfrentarse a su condición de mujer. Años más tarde escribió su autobiografía, que se acabó convirtiendo en un best seller traducido a 16 idiomas, y dando pie a las 2 horas y 11 minutos de película que nos ocupa.

Hermine Huntgeburth, conocedora de aquél país, quedó prendada con la novela, y decidió hacerse cargo de la dirección del film, que protagonizarían Nina Hoss, en el papel de la suiza, aquí llamada Carola, dándole una gran profundidad real y sensitiva, y el francés de origen africano Jacky Ido, en su primer papel principal, dando vida al samburu que atrae la atención de Carola.

La película, lejos de conformarse con la historia de amor, utiliza este pretexto como motor de arranque, para luego, sin dejar de lado la lucha de la protagonista por mantener este sentimiento, adentrarse en el contraste de pensamientos y de culturas que separan ambos continentes. Carola descubrirá que en aquella sociedad ancestral, la mujer es sometida al hombre por derecho, castrada en la adolescencia y fornicada como un animal para mera satisfacción del marido. No obstante, este descubrimiento no es tan traumático como parece, pues lejos de retratar a los indígenas como salvajes, la película los define al amparo de una sociedad establecida, con unos cánones y principios de justicia, respeto (siempre según su cultura), y fraternidad, o incluso con ciertos lastres como la corrupción, muy habituales por aquí arriba. En este escenario, ella pretenderá actuar de occidental, de colonizadora, más dispuesta a anteponer a menudo sus convicciones, su sofisticación primermundista, y su mentalidad empresarial sobre la silvestre y selvática realidad del pueblo indígena, que a asumir su papel de invitada y aceptada, pero aún así extraña, en un mundo que ya estaban allí con su propia idiosincrasia, siglos antes de que ella llegara. El indígena, y por ende su pueblo, demuestran tener más capacidad de aguante y de sacrificio en pos de ese intercambio que, por lo menos al principio, a ambas partes satisface y enriquece. Los momentos difíciles se suceden, y cada uno desde su prisma hará los deberes que crea oportunos mientras no aparezca el “hasta aquí hemos llegado”, y la historia termina con un final que cada uno decidirá si es feliz o no, en base a los acontecimientos vividos por ambos protagonistas.

El rodaje, efectuado en localizaciones reales de Kenia, da lugar a una obra que transmite emoción en cada minuto filmado, con un ritmo muy acertado, y una estupenda recreación de aquellos parajes, tanto en la sabana, como en los núcleos urbanos. La fotografía está bien conseguida, sobre todo en los interiores y en las poblaciones, donde el color prácticamente se respira.

En algún momento la película acusa ligeramente el uso de ciertos clichés o tópicos sin terminar de hilvanar, como el propio conflicto humanitario de Carola ante la práctica de la ablación; o la amistad nacida con Elisabeth (Katja Flint), la única mujer blanca que encuentra, personaje éste último, que junto con el Padre Bernardo (Antonio Prester), están poco perfilados, y resultan casi planos.

El productor berlinés Jürgen Tröster (En un lugar de África 2001), que tiene predilección por este continente, renunció a participar en El Perfume por volver a trabajar en África. Para preparar el rodaje vivió durante meses en Kenia. Se construyeron 60 kilómetros de carretera para poder trasladar todo el material hasta la localización, gracias a lo cual, el pueblo de Barsaloi tiene ahora el mercado más frecuentado de la zona.

Por ello, y por haber creado en 2004 la ONG Samburu Kids, en pro de la escolarización y el tratamiento médico de los niños y adolescentes de estas tribus como objetivo, varias tribus han nombrado a Tröster ‘samburu de honor’, como muestra de agradecimiento.

American Visa

Juan Carlos Valdivia, 2005

Mario (Demián Bichir) es un profesor de inglés que aspira a dejar su boliviana patria para marchar al sueño americano, y encontrarse allí con su hijo que está estudiando en Florida. Ante las trabas de la embajada para proporcionarle el visado se plantea recurrir al mercado negro para obtener el preciado documento, pero el precio de esta opción está muy por encima de sus posibilidades.

Mientras sopesa su situación, Blanca (Kate del Castillo) intenta conquistar el corazón de Mario, al que quiere unirse para abandonar, de paso, su profesión de streeper, de la que ya empieza a cansarse.

Partiendo de una novela de Juan de Recacochea, esta es la historia llena de amarga ternura, con personajes cuyas vidas tienen gran valor, por lo impredecible del mañana en el país más tercermundista de Sudamérica. Las localizaciones en la capital del altiplano, y el contraste de mentalidades que nos acompaña en esta coproducción México-Boliviana, nos muestran una experiencia visual en la que es sumamente agradable dejarse llevar, como en ese paseo en barca por aguas del Titicaca con el cielo casi al alcance de la mano.

La historia evoluciona hacia derroteros tan lógicos como indeseados, destilando con gran elegancia las emociones que cada personaje lleva dentro, desde la esperanza hasta la amargura, pasando por el miedo, la angustia o el amor. Un camino recorrido por Mario, al final del cual hallaremos ese aprendizaje, esa moraleja que como un agridulce puñetazo en el estómago nos devuelve a la realidad de que para ser feliz hay que aprender a conformarse con lo que se tiene, y que las reglas impuestas por los fuertes suelen ser favorables solo a ellos.

American Visa estuvo nominada en los pasados Goya como película extranjera de habla hispana, teniendo que ceder ante la argentina “Las manos“, que se volvió con la estatuilla. También fue la seleccionada para viajar a los Oscar en la misma edición.

Buenas noches, y buena suerte

George Clooney, 2005

La película narra el duelo mediático que a principios Edgard R. Murrow, un presentador de la CBS, mantiene contra el senador McCarthy y su famosa caza de brujas.

Nadar contracorriente es algo a veces tan estimulante como arriesgado, y esa es la sensación que tengo cuando comento esta película: me parece muy sobrevalorada.

Empezaré por lo innegable. La cinta es de una factura técnica impecable, sólo por eso ya debería retractarme de lo anterior. Con una excelente dirección artística, nominada al Óscar, nos transporta al mundo de la realización televisiva de los 50, hasta el punto de sentirnos dentro de los estudios, más que viéndolos. La fotografía, dura, casi agresiva, en un blanco y negro que esta vez no recrea, y poco tiene que ver con el del cine de hace medio siglo, pero que concuerda muy bien con la dureza de la contienda, recortando los primeros planos contra la oscuridad del segundo plano.

La interpretación de Davis Strathairn es buena, sobria, mostrando toda la tensión y la guerra perfectamente premeditada y de alto riesgo que está encabezando su personaje.

Y por último, esos momentos musicales como pausas, como televisivas cuñas digestivas (que la película necesita para que su trama no se nos atragante), son absolutamente deliciosos.

Todo esto, a mi juicio, no compensa al film allí donde flaquea. La parte negativa es la propia historia en sí, que pese a su contundencia histórica, no consigue hacerme vibrar. No por falta de fuerza, que la tiene, sino por falta de narrativa, pues Clooney trabaja el argumento como un documental. Los hechos no son fílmicamente creados, sino que asistimos a su retrasmisión, lo cual está muy bien, pero aporta un escaso lenguaje audiovisual, por no decir nada de emoción, de sentimiento de in-justicia o de victoria ante la mentira.

La inexistencia de subtrama alguna (la historia del matrimonio clandestino no aporta nada, además de estar metida con calzador) desnuda los 93 minutos de cinta de cualquier contenido que pudiera desviar la atención del espectador, consiguiendo un indeseado soporífero efecto secundario en algunos momentos; vi demasiada gente en la sala carraspear, moverse en sus asientos, o levantándose al baño, y eso que es la más corta de la cartelera actual.

En resumen, me parece una película interesante, pero poco más, sobrevalorada, y excelentemente cobijada por la sombra de una buena campaña promocional.

Paradise now

Hany Abu-Assad, 2005

Paradise Now es la historia de dos terroristas palestinos, enviados a Israel con explosivos pegados al cuerpo, para perpetrar sendos atentados suicidas.

El menú es muy completo: un palestino que cree tener claro cómo ayudar a la liberación de su pueblo, aunque serias dudas le atormentan; otro, que cree ciegamente que autoinmolarse es ganarse el cielo y ser un héroe; una madre y esposa que ha sufrido en sus carnes la cercenación del cabeza de su familia, víctima del conflicto; otra joven palestina que ha vivido en Europa y se ha “occidentalizado”, trayendo sentido común y raciocinio al lugar de los hechos; y por último, el imán de supermercado, líder de una supuesta organización (de tres al cuarto) de la resistencia, que promete el cielo de los justos y mártires a cambio portadores de bombas.

Todo esto ambientado en una Palestina destrozada, desmoralizada, con problemas de empleo, y unos habitantes con vidas anodinas, y cuyo principal entretenimiento es beber té y fumar en el campo, o en los locales donde además se autoflagelan con el látigo permanente de la existencia del enemigo opresor.

Ante esta carta tan repleta de platos variados, al director (palestino-holandés), Hany Abu-Assad, no se le ve el plumero de la empatía por ningún lado. Su objetivo está claro que no es el de polemizar sobre el conflicto, sino mostrarnos las piezas sociales y culturales del complicado puzzle, y dejar que cada uno se entretenga con ellas.

El trabajo de dirección está muy cuidado, y la historia no sólo nos viene contada por los personajes y los hechos. La ambientación de las calles con casas derruidas muestran el estado, no solo físico sino moral, en que están viviendo los palestinos. Una ausencia total de música a lo largo del metraje. La cámara al hombro utilizada en la dosis justa, sin complejos pero sin exageraciones, la fotografía sencillita, sin colorines, sin luces postizas, y extraordinarios momentos que reflejan el cuestionamiento, el debate interior que el protagonista tiene, como las repetidas veces que acaba cruzando la alambrada, sin una idea clara de qué hacer, qué dirección tomar.

Hany Abu-Assad sabe tirar muy bien de cada uno de estos hilos, llevando la historia por unos senderos en los que explora los sentimientos, los pensamientos, y sus causas. Pero aquí, donde lo fácil sería invitarnos a nosotros a cuestionarlos, nos facilita ese trabajo, dándoselo a los protagonistas, que continuamente estarán dándole vueltas a la noria de las razones por las que tomarán cada una de sus decisiones.

La producción (Palestina/Holanda/Alemania/Francia) triunfó en el festival de Berlín 2005, llevándose entre otros el premio a la mejor película europea, y además de pasear la cabeza bien alta por otros festivales, ganó también el Globo de Oro a la mejor extranjera en 2006.

En mi opinión, una cinta muy recomendable.