127 horas

El estilo videoclip puede ser fresco y novedoso, y si está bien realizado, efectivo. Sus ventajas pueden, no obstante, dispersarse si es la utilización de este formato la que se repite. Una tendencia rompedora tiene que serlo no solamente desde/hacia los cánones clásicos, sino también respecto de sí misma, tiene que ser una evolución en continua evolución, o dejará de serlo para convertirse con el tiempo en algo retro, hortera o kitch.

El videoclip fresco y novedoso que Danny Boyle firmaba en Trainspotting, apenas ha evolucionado 15 años después, y podría parecer diferente si se compara con la generalidad de estilos del cine actual más comercial. Pero, insisto, Danny Boyle ya hacía esto hace años, y lo hacía prácticamente igual.

Por otro lado, 127 horas propone un reto para el autor, un tour de force consistente en aplicar ese ritmo videoclipero, en este caso concreto trepidante, alocado, indomado (eso parece, aunque no sea así) a un argumento dramático y lo que es más preocupante, estático. Las 127 horas que el protagonista permanece en la misma localización, frente a un torrente visual, efectista, y muy muy dinámico. El resultado no puede ser homogénico en sensaciones; tal vez no se pretenda, o tal vez sí, y esto no sea más que un accidente, pero el caso es que durante el visionado de 127 horas, el espectador se encuentra con una amalgama de estímulos (o intento de), que buscan respuestas ya sean emotivas, físicas e incluso fisiológicas, en un desordenado caos visceroracional.

El experimento no termina de funcionar, pese a la buena mano que Boyle demuestra una y otra vez con la cámara. La belleza de algunas imágenes no camuflan esa gran dicotomía entre ritmo y argumento, y al final se salvan de la quema solamente la historia (que no la narración) y la actuación de James Franco que, como si cosa no fuera con él, se echa el personaje y la situación a las espaldas y alcanza cotas interpretativas memorables. Los continuos flashbacks sirven más de relleno que de contenido, y la principal contribución que ofrecen es la de perder una gran oportunidad de trabajar al personaje en una dimensión mucho más profunda de lo que realmente se ve en pantalla y esto, insisto, se lo debemos a James Franco mucho antes que al guión.

La historia está basada en un hecho real (Aron Ralston). Esto, y saber cómo acababa el conflicto dramático antes de empezar a ver 127 horas, me hizo que empezase la proyección con una cierta expectación, que poco a poco fue pasando a una mera curiosidad y de ahí, a mitad de la cinta ya solo me quedaba el morbo por saber cómo se resolvería fílmicamente el clímax.

Este trabajo, junto con el mal sabor de boca que me dejó Slumdog Millionaire, están provocando que decaiga mi interés por un director que me llegó a cautivar hace ya algún tiempo.

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La batalla de Hadiza, la misma mierda en distinto bando

Hace unos días leí la noticia de que había sido absuelto un agente de Inteligencia del Cuerpo de Infantes de Marina, implicado en la matanza de 24 civiles iraquíes (artículo en español) en la ciudad de Haditha, el pasado 19 de noviembre de 2005.

Según dicha noticia, tras el atentado con bomba a un convoy de marines en el que murió un marine y resultaron gravemente heridos otros dos, se produjo una acción ofensiva como respuesta en la que con la búsqueda de insurgentes como excusa, acabaron muriendo un total de 24 ciudadanos civiles, residentes en las viviendas próximas a la zona.

Se da la coincidencia que también unos días antes tuve la ocasión de ver en los Renoir la película Hadiza, del británico Nick Broomfield, que relata el episodio del atentado y la posterior matanza de civiles, basada fundamentalmente en la información que recabó y publicó la revista Time, y además tenía incumplida la promesa de comentar esta película que me dejó un agradable sabor de boca, aunque no tanto de estómago.

Sin huir del evidente mensaje de denuncia antibelicista que todo cine bélico políticamente correcto parece tener que esgrimir, e incluso tal vez para remarcar esa intención precisamente, Broomfield ha querido alejarse con elegante descaro del posicionamiento gratuito, llegando a pecar de una imparcialidad incluso excesiva, un pelín desproporcionada. Así, el guión de Hadiza ha salido del horno compuesto con una simetría más que intencionada (que no previsible), algo así como un espejo caleidoscópico en el que aparecen reflejados en los militantes de ambos bandos las motivaciones, las frustraciones, los terrores, o la desesperanza. Pero sobre todo su denuncia sirve de Sigue leyendo

Adios Bafana, crisis de identidad

Bille August, 2007

Ejemplo de película pretenciosa, maniquea, y un pelín tramposa, del irregular Bille August, a la cual se le ve el plumero desde casi los títulos de crédito.

No por ser histórica y basada en hechos reales, puede una película (extrapólese a cualquier tipo de creación narrativa) permitirse el lujo de ser tan previsible. Y en Goodbye Bafana, esto es algo que ocurre una vez sí, y otra también, encontrándose el señor August incapaz de rematar con coherencia una historia que a priori podría haber dado para mucho más, y mucho mejor.

En Goodbye Bafana nos encontramos con dos hilos narrativos: por un lado, el escenario convulso y caldeado de la Sudáfrica del Apartheid hacia los años 60-70, con una sociedad hipócrita y racista bien retratada a base de elementos como la falsa élite blanca que no termina de encajar cierta frustración y desencanto debidos a lo poco resolutivo de su estatus de clase media disfrazada de jet set; o bien la marcial actitud de las autoridades tanto militar como política o, específicamente en la película, carcelaria; o la sexista separación de roles en los corpúsculos familiares y vecinales, algo por otro lado habitual por aquellas décadas en todo el mundo moderno o que simplemente presumía de serlo. Sigue leyendo

Chantaje

Mike Barker, 2007

Chicago. Neil Randall (Gerard Butler: 300, El fantasma de la ópera, Timeline…) es la viva imagen del éxito: guapo, profesionalmente triunfador, buen padre de Sophie, y mejor marido de la resignada esposa Abby (Maria Bello: Una historia de violencia, World Trade Center, The cooler…), eclipsada por los éxitos de su esposo y cuya misión en la vida es abandonar su trabajo de fotógrafo para cuidar a su hija y ser la sumisa y hogareña mujer que todo triunfador tiene en casa, en pro del bien conyugal.

Esta bella estampa se desmonta de un plumazo cuando el desconocido Ryan (Pierce Brosnan) aparece en sus vidas para, sin ninguna explicación, secuestrar a la pequeña Sophie y someter a la pareja a lo que parece una gymkana de pruebas y ejercicios de renuncia a todo lo que tienen y que representa su felicidad.

Siendo el thriller, junto a la comedia o el fantástico, uno de los géneros de corte más comercial, es esperable que en ocasiones prostituya alguno de los cánones estándar de la realización cinematográfica en pro de unos usos y unas formas algo apartadas de lo que un purista podría esperar. Vendría a ser algo así como las concesiones que diferentes entornos o culturas imprimen al uso de un idioma inicialmente común, que con el tiempo Sigue leyendo

Cashback, recurriendo a lo superfluo

Sean Ellis, 2006

A partir del cortometraje del mismo título, nominado al Oscar en 2004 y ganador del Tribeca Film Festival o del Brest European Short Film Festival entre otros, Sean Ellis estira una trama que no da para más de los 18 minutos de aquel, convirtiéndola en hora y media (100 minutos, según versiones), dos años más tarde. Más que estirar, añade, pues el cortometraje inicial está íntegramente incrustado en el resultado que ahora tenemos en las carteleras de nuestro país.

Tras ser abandonado por su novia Suzy, Ben Willis (Bean Biggerstaff), estudiante londinense de arte, se pone a trabajar en el turno de noche de un supermercado, evitando así los desvelos provocados por el insomnio derivado de la ruptura.

Rodeado de un esperpéntico grupo de personajes que rozan el freakismo estereotipado, previsible y repetido sin piedad a lo largo de la historia del cine moderno, Ben contempla el entorno que le rodea desde la perspectiva de su mirada artística, retratando la belleza que encuentra en cada instante, en cada momento, mientras deambula por un mundo en el que Sigue leyendo

Expiación

Joe Wright, 2007

Segundo trabajo ‘a lo grande’ de Joe Wright. Historia (de fondo) de la naciente pasión entre dos jóvenes británicos, de diferentes clases sociales, que se ven salpicados por la falsa acusación de un hecho ajeno a ellos, y que les obliga a separarse, con la segunda guerra mundial llamando a la puerta.

La película arranca con un despertar narrativo más que interesante, donde Wright obsequia tanto a los personajes como a sus intérpretes, con esos momentos pseudo-privados, necesarios para que crezcan y se desarrollen en la retina del espectador, y le permitan a éste fotografiar su personalidad, su momento, o su pensamiento.

Los actores le aceptan el guante y, rozando la excelencia, se nos presentan en unos pocos planos, suficientes para que creamos que les conocemos de toda la vida.

La primera parte de la película transcurre con una adorable parsimonia, en la que la información aportada es la justa, y los hechos los necesarios, ni uno más ni uno menos. Incluso se permite el director un par de deja vùs, con cambio de punto de vista incluido, no solo interesantes, sino oportunos, aunque tampoco sean necesarios.

Pero es tras el incidente acusatorio, es la segunda parte de la película, cuando se me atraganta, cuando la notamos espesarse, y su digestión es más pesada. Aquí los personajes se pierden en su infierno particular, de guerra y/o de desarraigo emocional, pero también desaparece la soltura narrativa que vimos al principio. El ritmo carece de la fuerza que la historia (solamente la historia) podía haberle dado, y Joe Wright no parece encontrar el ingrediente mágico para arreglar este cocido, ni siguiera con el recargado plano secuencia de la playa, tan deslumbrante como innecesario.

Aquí, en medio de la guerra, continuamos con la historia de los tres personajes principales, salpicados por nuevos saltos en el tiempo, ahora ya no tan agradecidos, pues lo poco agrada y lo mucho cansa. El aburrimiento se adueña de uno, y los personajes van de un lado para otro, más perdidos si cabe que el propio director.

Y entre cansinos flashes backs, reencuentros imposibles, y tediosos deambulares purgatóricos, y tras una escena con aspiraciones de clímax autoflagélico, llegamos al final de la historia, a esa elipsis increíble con sabor a epílogo con intención manifiesta y conseguida de descolocar al espectador y decirle: “mírame a los ojos, que te estoy hablando, y te estoy contando de qué va esto, por si el título no te lo ha aclarado antes de empezar”.

Tirar la piedra y esconder la mano

Me hago un lío, dentro de toda esta amalgama de definiciones en torno al formato documental, cuyas demarcaciones limítrofes no me quedan demasiado claras: docudrama, docuficción, falso documental… son conceptos que me suenan y me sirven todos por igual para encasillar a cualquier híbrido de dicho formato, mientras no me explique alguien la diferencia.

En este caso me referiré a Fast Food Nation, de la que, por mucho que se empeñen sus autores en lo contrario, yo califico de documental disfrazado. Y es que en realidad es eso, un film sobre un libro que a su vez es un estudio sobre una situación sociolaboral en el marco de las cadenas de comida rápida. A esto le ponemos una trama de personajes y así cuela como largometraje dramático… pues lo siento, pero no. Fast Food Nation es un documental; no en toda regla, pero sí un pseudo-documental, uno de esos híbridos de los que hablaba antes, y además un docuficción (me quedo arbitrariamente con esta definición) malo, no tanto por los resultados o por las pretensiones, sino por la relación entre las segundas y los primeros. Sigue leyendo