La pianista

Mikael Haneke, 2005
Una vez más, Haneke vuelve a presentarnos una historia dura, correosa, y para los acostumbrados al cine de Coca Cola y palomitas, algo incómoda de ver.

En esta ocasión, el austriaco nos habla de Erika (Isabelle Huppert), una profesora de piano, casi cincuentona, que vive con su opresiva madre, la cual le ejerce una influencia represiva, coercitiva y moralmente chantajista. Esta férrea doctrina materna ha degenerado en un rígido carácter que exterioriza en forma de rechazo defensivo ante el entorno que le rodea, y en una obsesión sexual enfermiza y autodestructiva, que la lleva incluso a terrenos sádicos y autolesivos.

La situación se complica cuando aparece Walter (Benoît Magimel), un alumno más joven y atractivo que ella y, desconocedor de las perturbadoras tendencias de su maestra, se enamora de ella. La historia, cruda y dura, sin concesiones de ningún tipo, es la de Erika, externamente fría y afilada como una cuchilla de afeitar.

Esa frialdad se respira durante los 130 minutos de la cinta en los punzantes diálogos, en la fotografía dura con un predominio de blancos, y en esos planos largos, a veces interminables, que nos deja a solas, cara a cara con la pianista y su temperamento desafiante. Esos mismos planos, que sirven a la actriz para desarrollar un trabajo interpretativo que roza la excelencia (mejor actriz en Cannes y European Film Awards, entre otros).

La ausencia de música, excepto la puramente diegética, es algo habitual en Haneke, y en este caso, la única que oímos es la que interpretan los personajes, y que en la mayoría de las escenas sirve como fuente de conflictos, de tensión entre ellos.

Como anécdota, decir que Isabelle Huppert interpreta todas las escenas en las que toca el piano, ya que tiene avanzados estudios de este instrumento.

En resumen, una cinta dura, sin remilgos, que cuenta una historia que probablemente esté ahí, en la calle, a nuestro lado, tal vez algo más cotidiana de lo que podríamos pensar, y ante la que muchos preferirán esconder la cabeza y elegir “Sr. y sra. Smith”, por decir algo.

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