Adios Bafana, crisis de identidad

Bille August, 2007

Ejemplo de película pretenciosa, maniquea, y un pelín tramposa, del irregular Bille August, a la cual se le ve el plumero desde casi los títulos de crédito.

No por ser histórica y basada en hechos reales, puede una película (extrapólese a cualquier tipo de creación narrativa) permitirse el lujo de ser tan previsible. Y en Goodbye Bafana, esto es algo que ocurre una vez sí, y otra también, encontrándose el señor August incapaz de rematar con coherencia una historia que a priori podría haber dado para mucho más, y mucho mejor.

En Goodbye Bafana nos encontramos con dos hilos narrativos: por un lado, el escenario convulso y caldeado de la Sudáfrica del Apartheid hacia los años 60-70, con una sociedad hipócrita y racista bien retratada a base de elementos como la falsa élite blanca que no termina de encajar cierta frustración y desencanto debidos a lo poco resolutivo de su estatus de clase media disfrazada de jet set; o bien la marcial actitud de las autoridades tanto militar como política o, específicamente en la película, carcelaria; o la sexista separación de roles en los corpúsculos familiares y vecinales, algo por otro lado habitual por aquellas décadas en todo el mundo moderno o que simplemente presumía de serlo. Sigue leyendo

Bab’Aziz, misticismo islámico

Nacer Khemir, 2005

La semana pasada, en mi escapadita a Barcelona, tuve la oportunidad de ver una de esas innumerables películas que no suelen llegar a nuestras salas zaragozanas o, como diría mi amigo Luis, zaraconejiles. Se trata de la coproducción tunecina, iraní, francesa y alemana, llamada Bab’aziz, y dirigida porel tunecino Nacer Khemir.

Lejos de un largometraje al uso, Bab’Aziz es un híbrido entre documental y videoclip que, a través del viaje que un anciano derviche realiza con su nieta, a través del desierto, profundiza en los aspectos más místicos del espíritu sufista, una rama islámica de gran tradición artística y filosófica. Como contrapunto a la idea ampliamente difundida en occidente del radicalismo islámico, el sufismo y sus seguidores o practicantes los derviches, rechazan cualquier forma de violencia y promulgan la búsqueda interior de la paz, la confraternización y la sabiduría, y éste es el mensaje que Khemir, con el viaje del abuelo y la nieta como base, nos acaba haciendo llegar en su tercer trabajo.

Interesante acercamiento cultural a esta doctrina y forma de entender la filosofía del Islam en su sentido más puro, en la que a través de la música, la poesía, la muerte o el amor, y con la fábula y la metáfora como vehículo adoctrinador, los derviches buscan alcanzar la espiritualidad en un entorno que Khemir ha sabido plasmar bellamente, y donde elementos como el sol o la arena forman una parte esencial de la vida.

Recomendable para mentes abiertas, reposadas, y poéticas.

La masai blanca

Hermine Huntgeburth, 2005

En 1986, Corinee Hoffman, ciudadana suiza de turismo por Kenia con su novio, conoció a Lemulian, un guerrero (reconvertido a pastor de cabras en tiempos de paz) de la tribu o etnia samburu, similar en aspecto y costumbres a los massai, y cayó platónicamente enamorada de él. Allí mismo despachó al novio que volvió solito y con las orejas gachas a la tierra de los cantones, y se fue en busca del nómada. Tras un agotador viaje a través del paisaje africano, Carola llegará a Barsaloi, el pueblo de la tribu de Lemalian, con el objetivo de reunirse con él.

Pero lo que ella alguna vez sintió como el amor más grande de su vida, se convierte en una dura prueba, un choque terrible de culturas en la que ella, en una tierra machista, deberá enfrentarse a su condición de mujer. Años más tarde escribió su autobiografía, que se acabó convirtiendo en un best seller traducido a 16 idiomas, y dando pie a las 2 horas y 11 minutos de película que nos ocupa.

Hermine Huntgeburth, conocedora de aquél país, quedó prendada con la novela, y decidió hacerse cargo de la dirección del film, que protagonizarían Nina Hoss, en el papel de la suiza, aquí llamada Carola, dándole una gran profundidad real y sensitiva, y el francés de origen africano Jacky Ido, en su primer papel principal, dando vida al samburu que atrae la atención de Carola.

La película, lejos de conformarse con la historia de amor, utiliza este pretexto como motor de arranque, para luego, sin dejar de lado la lucha de la protagonista por mantener este sentimiento, adentrarse en el contraste de pensamientos y de culturas que separan ambos continentes. Carola descubrirá que en aquella sociedad ancestral, la mujer es sometida al hombre por derecho, castrada en la adolescencia y fornicada como un animal para mera satisfacción del marido. No obstante, este descubrimiento no es tan traumático como parece, pues lejos de retratar a los indígenas como salvajes, la película los define al amparo de una sociedad establecida, con unos cánones y principios de justicia, respeto (siempre según su cultura), y fraternidad, o incluso con ciertos lastres como la corrupción, muy habituales por aquí arriba. En este escenario, ella pretenderá actuar de occidental, de colonizadora, más dispuesta a anteponer a menudo sus convicciones, su sofisticación primermundista, y su mentalidad empresarial sobre la silvestre y selvática realidad del pueblo indígena, que a asumir su papel de invitada y aceptada, pero aún así extraña, en un mundo que ya estaban allí con su propia idiosincrasia, siglos antes de que ella llegara. El indígena, y por ende su pueblo, demuestran tener más capacidad de aguante y de sacrificio en pos de ese intercambio que, por lo menos al principio, a ambas partes satisface y enriquece. Los momentos difíciles se suceden, y cada uno desde su prisma hará los deberes que crea oportunos mientras no aparezca el “hasta aquí hemos llegado”, y la historia termina con un final que cada uno decidirá si es feliz o no, en base a los acontecimientos vividos por ambos protagonistas.

El rodaje, efectuado en localizaciones reales de Kenia, da lugar a una obra que transmite emoción en cada minuto filmado, con un ritmo muy acertado, y una estupenda recreación de aquellos parajes, tanto en la sabana, como en los núcleos urbanos. La fotografía está bien conseguida, sobre todo en los interiores y en las poblaciones, donde el color prácticamente se respira.

En algún momento la película acusa ligeramente el uso de ciertos clichés o tópicos sin terminar de hilvanar, como el propio conflicto humanitario de Carola ante la práctica de la ablación; o la amistad nacida con Elisabeth (Katja Flint), la única mujer blanca que encuentra, personaje éste último, que junto con el Padre Bernardo (Antonio Prester), están poco perfilados, y resultan casi planos.

El productor berlinés Jürgen Tröster (En un lugar de África 2001), que tiene predilección por este continente, renunció a participar en El Perfume por volver a trabajar en África. Para preparar el rodaje vivió durante meses en Kenia. Se construyeron 60 kilómetros de carretera para poder trasladar todo el material hasta la localización, gracias a lo cual, el pueblo de Barsaloi tiene ahora el mercado más frecuentado de la zona.

Por ello, y por haber creado en 2004 la ONG Samburu Kids, en pro de la escolarización y el tratamiento médico de los niños y adolescentes de estas tribus como objetivo, varias tribus han nombrado a Tröster ‘samburu de honor’, como muestra de agradecimiento.

To get to heaven first you have to die

Djamshed Usmonov, 2006

Un joven provinciano recién casado no consigue consumar sexualmente su matrimonio, y sin saber muy bien dónde reside el problema, y por tanto dónde buscar la solución, decide viajar a la ciudad con a fin de tener sexo con otras mujeres, y también contar con el asesoramiento de su primo, algo más impetuoso que él.

Interesante trabajo que ganó el gran premio del último Tokyo Filmex, y que en esta edición del BAFF nos muestra una visión intimista de la inerte personalidad del protagonista, que contempla la vida casi como si de un escaparate se tratara, pero siempre sin decidirse a entrar a comprar.

Tendrán que ser una serie de hechos y circunstancias, algo más que triviales, los que le sirvan como resorte para despertar de su letargo, y dejar de esconderse de sí mismo.

Djamshed Usmonov nació en Asht, Tajikistan, y estudió en la Academia de Bellas Artes de Dushanbe. En 1998 codirigió su primer filme, Flight of the Bee. Su segundo largometraje, Angel on the Right, que le supuso el reconocimiento internacional, ganó el Durián de Oro del BAFF 2003.

Grbavica. El secreto de Esma

Jasmila Zbanic, 2006

Grbavica es el nombre de un barrio de Sarajevo particularmente azotado durante la crisis balcánica, y entre cuyas ruinas empieza una reconstrucción, urbana y humana, que afectará a generaciones enteras.

Diez años después del conflicto en la antigua Yugoslavia, los supervivientes intentan rehacer su vida como pueden. Esma, una mujer que perdió todo, lucha por salir a flote y asegurar el futuro de su hija Sara, de doce años. Esma intenta reunir 200 euros para una excursión escolar para ella, cuota que le saldría a mitad de precio si pudiera certificar que su marido es un ‘shahid’, un mártir de la guerra. Esma esconde un gran secreto hacia su hija, un secreto que alimenta con mentiras para ocultar un dolor antiguo pero interminable. Este dolor le hace acudir a reuniones de autoayuda para hablar, pero en las que no encuentra el momento de hacerlo, y sólo escucha.

Su hija Sara con sus doce años de infancia, es problemática y descarada, en un entorno donde el mañana es más una probabilidad que una certeza. En este ambiente empieza su adolescencia y con ella sus efectos, su rebeldía contra el mundo, la excitación de besar por primera vez, o de tener un arma en sus manos, todo ello contado en un guión que por otra parte, elude profundizar y vulgarizar este aspecto. Sara comienza el doloroso camino hacia la comprensión, y eso también significa madurez, lidiando con el deseo de saber quién fue realmente su padre (su madre le dice que fue un héroe de guerra, pero no le da detalles, ni el certificado que lo acredite).

El argumento, con el enfrentamiento entre “shahids” y “chetniks” de fondo, es el grito silencioso y sincero sobre un pasado violento y una convivencia difícil, marcada por la humillación y el resentimiento. Es la relación entre una madre y una hija cuyo mundo fue aniquilado por la guerra y donde la supervivencia es el pan de cada día. La madre, ocupada en obtener recursos para ambas, y la hija, en una edad en la que todo son preguntas, aún no tiene la respuesta más importante.

Ganadora del Oso de oro en el Festival de Berlín 2006, “Grbavica. El secreto de Esma” es la ópera prima de Jasmila Zbanic, precoz realizadora bosnia, que debuta en el largo como directora, tras su periplo como realizadora y guionista de parte del documental “Made in Sarajevo”, proyecto común de varios directores y escritoras de esta ciudad, y tras haber dirigido también algunos cortos.

Para el principal papel de la película, la directora contó con la labor inestimable de Mirjana Karanovic, una de las actrices predilectas de Kusturica (precisamente, incluida en el elenco de “Underground”), y de Luna Mijovic, interpretando genialmente a la pequeña Sara.

Interesante comienzo profesional de Jasmila, no sólo por el galardón (también consiguió el premio honorífico de la paz y el Premio Ecuménico del Jurado), sino también por el planteamiento propuesto y porque se aprecia auténtica fe en el proyecto que acomete. Zbanic demuestra en el film dominar el lenguaje cinematográfico, gracias a la presentación austera pero suficiente de los protagonistas y al uso inteligente de la elipsis. Ha optado por un estilo muy televisivo, sin apenas relieve, con encuadres medios, el habitual plano/contraplano, y una imagen gris y cotidiana, en ese ir y venir en el populoso barrio de Sarajevo. La película, eminentemente femenina, ahonda en el dolor, utilizando pequeños detalles, y haciendo respirar el drama diario del pasado.

La dirección es acertada. La historia está hilada con sobriedad, a veces con desnudez. La ausencia de música o elementos de realce marca una narración cuyo afán realista es llevado al máximo. Y es en este afán donde se le ve a Jasmila el plumero del docudrama, realismo que alcanza su cenit en secuencias como las del centro a donde acude la madre para encontrarse a (o perderderse de) sí misma. Los tiempos, el rigor de planos y demás elementos fílmicos denotan calidad y hacen esperar interesantes trabajos en el futuro.

Esencialmente portentosa es la interpretación de la protagonista, que sabe transmitir todos los detalles de cariño, hastío o indignación que conlleva su personaje Esma, sobre todo en algunos momentos reveladores. Esma es una viuda cuarentona, aún atractiva, que pese a ello se niega a erotizarse, como le aconseja su compañera del pub donde trabaja por las noches. Es una madre entregada, atrapada por la necesidad de aceptar empleos precarios que le impiden cuidar como debería de su hija, y que parece no soportar demasiado bien el contacto físico con ella, por ejemplo, tumbadas en el suelo mientras juegan, o cuando le tiene que cortar las uñas. Esma es una mujer frágil pero que sin embargo reacciona enfurecida ante la violencia, porque es lo que ella más repudia.

Y así, el filme se acerca a uno de los colectivos más débiles e indefensos ante la cruel crisis económica que azota la actual Bosnia: el de las mujeres, en un entorno en el que los hombres desaparecieron en la contienda o siguen atrapados por una violencia aún latente. En la película, y en la historia real, hay cientos, miles de Esmas, aunque sólo nos muestren unas pocas en forma de sutil homenaje, las que se reúnen en un local del barrio para intentar exorcizar pesadillas de la guerra y la barbarie.

No obstante y por otro lado, la película no aporta nada nuevo que refresque el panorama fílmico contemporáneo. Sí que podemos hablar de su corrección de formas, del (escueto) efecto emocional que provoca, de la humanidad y dignidad de sus personajes o de la esperanza que asoma entre las escenas finales. Pero todo ello está discretamente mesurado, cortado al ras, de forma que la cinta no destaca por ningún aspecto concreto.

Y a todo eso tenemos que unir también un discreto guión, casi pobre, que busca sin encontrar la forma de intrigarnos con una historia cuyo final es conocido o ciertamente intuido por el espectador. El hecho es (muy triste) que Grbavica no reporta nada que no se supiera o sintiera antes de entrar en la sala.

La directora parece descuidar otros elementos necesarios en el ritmo narrativo, que falla al no encontrar en ningún momento el empaque necesario. Un ritmo lento, cansino, estático, a veces reiterado o machacón, como las repetidas escenas del club donde trabaja, que acaban sonando a dejà vu. Hay elementos argumentales difíciles de digerir, como el encañonamiento de Sara a su madre con el arma, cuyo por qué no entendí, y que me suena más bien a último recurso de guión para desencadenar de una vez el final.

Ese ritmo lento provoca que a veces, lejos de involucrarse, el espectador se sienta distante de la historia que tiene ante sus ojos, pues no permiten desplegar todo el potencial (que lo tiene) de la cinta, y alcanzar el nivel que se espera de un “Oso de oro”.

Hablamos, en definitiva, de una película equilibrada pero no de las que piden el revisionado, una de esas que luego no se recuerdan pese al triunfo de festival, pues su principal vehículo es el uso de un drama para dramatizar. Está hecha con más voluntad y empeño que recursos e imaginación.

Grbavica no pasará nunca como una joya desapercibida, por dos razones fundamentales: porque no es una joya, y porque el premio de Berlín la ha librado de ese desapercibimiento. Y es que se respira últimamente en los festivales una tendencia, que circula por los principales eventos del circuito europeo, consistente en galardonar a obras que aun siendo correctas, no alcanzan la excelencia que las haga merecedoras de ese alto reconocimiento. Obras que a cambio ofrecen un complemento adicional que despierta la empatía del espectador hacia el abordaje de causas y azares de fácil sensiblería. Obras como ésta, que en Europa nos recuerda las consecuencias de un conflicto extinguido en los medios de comunicación, como es el de la guerra de los Balcanes, pero cuyas consecuencias perviven en el complicado día a día de sus ciudadanos.

El problema, de prolongarse esta tendencia, es la pérdida del pulso que siempre han permitido tomar al cine estos festivales, termómetros hasta ahora de la buena salud del arte cinematográfico y del descubrimiento de joyas que, de otra manera, pasarían inadvertidas. Me permito recordar que en un festival deben prevalecer los valores estrictamente cinematográficos a otros, que tienen sus propios canales de reconocimiento y promoción.

Dicho esto, y tras ver Grbavica, la verdad es que no es la película excepcional que parece merecer dicho galardón. Y no porque sea una mala película, que no lo es. Pero el hecho de haber ganado en Berlín le ha creado unas expectativas que pueden correr el riesgo de defraudar a más de uno en la butaca.

Llamando a las puertas del cielo

Win Wenders, 2006

El actor de westerns Howard Spence (Sam Shepard) rompe con su rutilante devenir diario y desaparece del rodaje en el que está trabajando, sin dar explicaciones a nadie.

En su escapada, que parece ser una ruptura con todo vestigio de vida actual, no tiener un rumbo fijo, sino más bien emprende un viaje a la deriva, dejándose llevar por el viento, y cortando amarras con todo aquello que pueda volver a unirle con el espacio y el tiempo en el que vive, móvil y tarjetas de crédito incluidas.

Lo primero que hace es visitar a su madre (Eva Marie Saint), a la que no se había molestado en acercarse en los últimos 30 años. Esta mujer, pese a no tener otra imagen de su hijo que la de canalla y crápula que le ha puesto la prensa por sus flirteos con el sexo, las drogas y el alcohol, lejos de guardarle reproches ni por el pasado ni por el presente, le demuestra que vive en un estado de paz interior consigo misma y le acoge con cariño. Aún más, le descubre que dejó embarazada a una de las numerosas mujeres que pasaron por su vida, y que apareció hace años preguntando por él. Es inevitable para él pararse un momento a pensar en sí mismo, hazaña probablemente nueva para él, pero ante la que irremediablemente se ha visto de morros.

El resto de la historia, que no desvelo, nos cuenta el viaje interior que Howard hace al desierto de su vacía vida, y la lucha que mantiene su instinto paternal que amenaza con despertar y decir aquí estoy, contra el decrépito y espiraloide estilo de vida que no pretende dejarle escapar sin resistencia (papel que se encarga de representar el agente de seguros Tim Roth).

Es una película de personajes, de esas que los grandes actores aprovechan para lucirse, como el propio Shepard (Black Hawk derribado-2001, Swordfish-2001) la fantástica Jessica Lange (El cabo del miedo-1991, La caja de música-1989), el propio Tim Roth (Four rooms-1995, Reservoir dogs-1992), o en menor medida Eve Marie Saint, Sarah Polley, o el eterno secundario Gabriel Mann, todos ellos brillando a gran altura.

Los espacios abiertos y desérticos, la ciudad casi vacía, y el casino resplandeciente de luces y zombis, no son unos simples decorados exteriores, sino la representación del vacío interior del protagonista, su propio mundo por dentro y por fuera. Mundo que da vueltas por su cabeza en la magnífica escena del sofá, viaje interior en el que desde la ventanilla de ese tren a dos ruedas que ha sido su vida, que por una vez se ha parado permitiéndole ver el paisaje, hace un repaso a sí mismo, y acaba viéndose como el náufrago del mundo vasto pero desolado que él mismo ha ido perfilando con sus correrías. Dos horas de película intimista, sensible a la vez que desgarradora, que suena a cuentas pendientes, a contriciones esperando, y a interrogantes que se abren y cierran sin contenido alguno en su interior. Un agridulce contraste entre la delicadeza y las bondades de los personajes femeninos y la arisca y descarriada vida de los masculinos. Un gran trabajo de Wenders a la altura de sus otras grandes obras.

Paradise now

Hany Abu-Assad, 2005

Paradise Now es la historia de dos terroristas palestinos, enviados a Israel con explosivos pegados al cuerpo, para perpetrar sendos atentados suicidas.

El menú es muy completo: un palestino que cree tener claro cómo ayudar a la liberación de su pueblo, aunque serias dudas le atormentan; otro, que cree ciegamente que autoinmolarse es ganarse el cielo y ser un héroe; una madre y esposa que ha sufrido en sus carnes la cercenación del cabeza de su familia, víctima del conflicto; otra joven palestina que ha vivido en Europa y se ha “occidentalizado”, trayendo sentido común y raciocinio al lugar de los hechos; y por último, el imán de supermercado, líder de una supuesta organización (de tres al cuarto) de la resistencia, que promete el cielo de los justos y mártires a cambio portadores de bombas.

Todo esto ambientado en una Palestina destrozada, desmoralizada, con problemas de empleo, y unos habitantes con vidas anodinas, y cuyo principal entretenimiento es beber té y fumar en el campo, o en los locales donde además se autoflagelan con el látigo permanente de la existencia del enemigo opresor.

Ante esta carta tan repleta de platos variados, al director (palestino-holandés), Hany Abu-Assad, no se le ve el plumero de la empatía por ningún lado. Su objetivo está claro que no es el de polemizar sobre el conflicto, sino mostrarnos las piezas sociales y culturales del complicado puzzle, y dejar que cada uno se entretenga con ellas.

El trabajo de dirección está muy cuidado, y la historia no sólo nos viene contada por los personajes y los hechos. La ambientación de las calles con casas derruidas muestran el estado, no solo físico sino moral, en que están viviendo los palestinos. Una ausencia total de música a lo largo del metraje. La cámara al hombro utilizada en la dosis justa, sin complejos pero sin exageraciones, la fotografía sencillita, sin colorines, sin luces postizas, y extraordinarios momentos que reflejan el cuestionamiento, el debate interior que el protagonista tiene, como las repetidas veces que acaba cruzando la alambrada, sin una idea clara de qué hacer, qué dirección tomar.

Hany Abu-Assad sabe tirar muy bien de cada uno de estos hilos, llevando la historia por unos senderos en los que explora los sentimientos, los pensamientos, y sus causas. Pero aquí, donde lo fácil sería invitarnos a nosotros a cuestionarlos, nos facilita ese trabajo, dándoselo a los protagonistas, que continuamente estarán dándole vueltas a la noria de las razones por las que tomarán cada una de sus decisiones.

La producción (Palestina/Holanda/Alemania/Francia) triunfó en el festival de Berlín 2005, llevándose entre otros el premio a la mejor película europea, y además de pasear la cabeza bien alta por otros festivales, ganó también el Globo de Oro a la mejor extranjera en 2006.

En mi opinión, una cinta muy recomendable.