Cisne negro, la incompatibilidad del dominó

Hace años, cuando empezaba a salir del cascarón y a abrir los ojos, una de las cosas que alguien que tenía cerca me enseñó es que en la vida real no hay personas buenas ni malvadas, que eso solo ocurría en las películas malas con final feliz. Aquello lo entendí enseguida, pero la cuestión siguiente fue descubrir que el ser humano por naturaleza es una mezcla más o menos homogénea y compensada de ambas conductas en estable convivencia, y que la desviación o pérdida de dicha estabilidad podría derivar hacia un marcado bipolarismo o tal vez una supremacía de una actitud sobre la otra.

Esta pequeña (y muy frívola por mi parte) observación sobre la personalidad es la misma que ha dado pie con los años, además de a numerosos trabajos en el campo de la medicina y la psicología, a creaciones literarias y escénicas que podríamos rememorar entre los remotos Caín y Abel, al más reciente Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, pasando por metáforas como la del cisne blanco y el cisne negro de la obra de Tchaikovsky.

La a priori indivisible dualidad de la condición humana, y su anormal pero inevitable disección, observada ya sea individual o binomialmente, genera suficiente fascinación como para que sea llevada al papel, al lienzo o al celuloide por numerosos artistas y pensadores ansiosos de contar, opinar, crear…

Darren Aronovsky, con un guión de Mark Heyman, Andres Heinz y John J. McLaughlin, se suma a la lista de exploradores de la maniqueización incontrolada del ser humano con su último trabajo Cisne Negro, en el que propone disociar para luego enfrentar ambas caras de la moneda.

Las dos extremos que en la obra de ballet representan Odette (el cisne blanco, pureza, bondad, inocencia…) y Odile (el cisne negro, maldad, manipulación, perversión…) le son exigidas en el escenario a Nina, bailarina de la compañía cuyo director está preparando una representación en la que, por primera vez, los dos papeles serán interpretados por una sola persona.

Esta premisa abre un abanico de posibilidades donde el guión se mueve a sus anchas para investigar, para sugerir y para dirigir los hilos de sus personajes hacia rincones siempre ocultos y a veces tenebrosos de la conciencia, y por qué no, del alma (¿tanto monta-monta tanto?). El armazón de la historia es muy sólido, no flaquea en ningún momento, y con esa ventaja, Aronovsky puede hacer casi lo que quiera con sus personajes.

Esa exploración, esqueleto principal del argumento, está muy bien alimentada, además de por el entorno familiar, por motores como la ambición, la competitividad y el anhelo de la perfección, actitudes muy presentes en el mundo de la danza profesional. La obsesión, en cualquiera de sus manifestaciones, no es buena compañera de viaje, y cuando se recurre a ella, casi siempre de forma pasiva, la fatídica espiral está servida.

Nina, más que interpretar sobre el escenario al cisne blanco, lo que realmente hace es mostrarse tal y como es en la vida real, una jovencita delicada, tierna, ingenua y casi sumisa. El casting perfecto. El problema viene cuando la mosquita muerta, que nunca ha roto un plato, tiene que interpretar a Odile, la otra cara de la historia, y sacar unos sentimientos que desconoce, una pasión que no parece haber vivido nunca, una sensualidad que no sabe ni que existe. A partir de ahí Nina lucha, se debate entre el deseo de interpretar los dos personajes, de cumplir con su nominación para el papel, de estar a la altura de lo que los demás y ella misma esperan, y la frustración de ver cómo no encuentra los resortes que pongan en marcha la creatividad y el arte necesarios.

Natalie Portman se encuentra aquí con un papel muy difícil de interpretar, debido a esa búsqueda de la dualidad dentro de ella, con la continua lucha con y contra sí misma. El trabajo de la actriz es espectacular, no me atrevo a decir perfecto (no me atrevo a decirlo nunca), cada gesto, cada mirada, cada vez que aparece en la pantalla, casi siempre en primeros planos, no estamos ante Natalie Portman, sino ante esa bailarina superada por su autoexigencia y a la vez por sus frustraciones, enclaustrada por una figura de la que intenta escapar. Una bellísima presencia en pantalla que ha realizado hasta ahora el mejor trabajo que uno ha visto en la filmografía de la joven.

La película arranca suavemente, con un marcado estilo dramático, permitiéndonos situarnos, conocer a los personajes como manda el abc del guionista. Sólo la habitual presencia de los espejos en diversas secuencias y un uso de los colores blanco y negro para vestir a ciertos personajes y decorar determinadas estancias, nos deja ver (tal vez muy evidentemente) de qué va a ir la cosa.

Pero poco a poco, con disimulo y sin prisas, tal vez porque Aronovsky sabe que se la está jugando, ese estilo dramático empieza a dar paso a otros elementos, que si bien son efectistas y se venden fácilmente, la película no los necesita en absoluto. Aparece el thriller psicológico, el suspense y por fin el inevitable susto fácil y el uso recurrente de algún efecto especial, o a una frustrada poesía visual mal utilizada como la de la imagen final. El cambio no es brusco, como digo, sino pausado, controlado, y esto lo hace más llevadero, pero en mi opinión, son más salidas de tono que elementos narrativos necesarios en una obra que como dije antes puede presumir de solidez.

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127 horas

El estilo videoclip puede ser fresco y novedoso, y si está bien realizado, efectivo. Sus ventajas pueden, no obstante, dispersarse si es la utilización de este formato la que se repite. Una tendencia rompedora tiene que serlo no solamente desde/hacia los cánones clásicos, sino también respecto de sí misma, tiene que ser una evolución en continua evolución, o dejará de serlo para convertirse con el tiempo en algo retro, hortera o kitch.

El videoclip fresco y novedoso que Danny Boyle firmaba en Trainspotting, apenas ha evolucionado 15 años después, y podría parecer diferente si se compara con la generalidad de estilos del cine actual más comercial. Pero, insisto, Danny Boyle ya hacía esto hace años, y lo hacía prácticamente igual.

Por otro lado, 127 horas propone un reto para el autor, un tour de force consistente en aplicar ese ritmo videoclipero, en este caso concreto trepidante, alocado, indomado (eso parece, aunque no sea así) a un argumento dramático y lo que es más preocupante, estático. Las 127 horas que el protagonista permanece en la misma localización, frente a un torrente visual, efectista, y muy muy dinámico. El resultado no puede ser homogénico en sensaciones; tal vez no se pretenda, o tal vez sí, y esto no sea más que un accidente, pero el caso es que durante el visionado de 127 horas, el espectador se encuentra con una amalgama de estímulos (o intento de), que buscan respuestas ya sean emotivas, físicas e incluso fisiológicas, en un desordenado caos visceroracional.

El experimento no termina de funcionar, pese a la buena mano que Boyle demuestra una y otra vez con la cámara. La belleza de algunas imágenes no camuflan esa gran dicotomía entre ritmo y argumento, y al final se salvan de la quema solamente la historia (que no la narración) y la actuación de James Franco que, como si cosa no fuera con él, se echa el personaje y la situación a las espaldas y alcanza cotas interpretativas memorables. Los continuos flashbacks sirven más de relleno que de contenido, y la principal contribución que ofrecen es la de perder una gran oportunidad de trabajar al personaje en una dimensión mucho más profunda de lo que realmente se ve en pantalla y esto, insisto, se lo debemos a James Franco mucho antes que al guión.

La historia está basada en un hecho real (Aron Ralston). Esto, y saber cómo acababa el conflicto dramático antes de empezar a ver 127 horas, me hizo que empezase la proyección con una cierta expectación, que poco a poco fue pasando a una mera curiosidad y de ahí, a mitad de la cinta ya solo me quedaba el morbo por saber cómo se resolvería fílmicamente el clímax.

Este trabajo, junto con el mal sabor de boca que me dejó Slumdog Millionaire, están provocando que decaiga mi interés por un director que me llegó a cautivar hace ya algún tiempo.

Ciudad de vida y muerte (Nanking! Nanking!)

Lu Chuan, 2009

Diciembre de 1937. Nanking, por entonces capital de la República China, es tomada por las tropas japonesas, en el transcurso de la Segunda Guerra Chino-Japonesa. Abandonados tras la huida de gran parte del ejército nacionalista chino, cientos de miles de soldados y civiles sufrieron el genocidio, o asesinato indiscriminado, que narra Ciudad de vida y muerte.


El rodaje de la película, de una bellísima factura pese al horror que describe, coincidió con el 70 aniversario de la masacre, que durante todo este tiempo, y una vez acaba la guerra, ha dado lugar a todo tipo de debates y conflictos diplomáticos entre ambas naciones, en lo que se refiere a datos y magnitud de la matanza. China declara más de 350.000 asesinatos entre soldados y civiles, mujeres y niños incluidos, mientras que Japón acusa a su contendiente de exagerar e incluso inventar gran parte de esos datos.

El caso es que Lu Chang, director de la película, parece querer desentenderse de tales disputas y se dedica a recrear el horror vivido en la ciudad, más allá de entrar en la disyuntiva. Y así, Ciudad de vida y muerte no tiene en ningún momento visos de panfleto, ni propaganda pro causa patria.

Es ahí donde le duele. La película es tremenda, visceral, dramática y bella. Tiene un acertado ritmo, una interpretación muy notable y una fotografía en blanco y negro rozando la excelencia. Pero sin querer ser un documental, en gran parte de la misma lo parece, y no por méritos propios, sino por la falta de intenciones argumentales de su director.

 

Echo en falta cierto posicionamiento, aunque fuese sutil, precisamente en esta película más que en otras. Una voz que diga algo, un gesto que muestre cierta pretensión partidista. Pero no, Lu Chuan parece tener claro que va a lo suyo, a ese retrato de la capacidad de maldad de la que el ser humano es potencialmente poseedor, y que a lo largo de la historia se ha venido repitiendo una y otra vez, no importando la época o el lugar.

Y digo que no se pronuncia, porque teniendo tan a mano la figura del empresario alemán John Rabe, cuya mediación en el conflicto fue clave para que la matanza no fuese incluso más allá, el director chino pasa relativamente por encima de este personaje, negándole el empaque que podría desarrollar, debido tal vez a todas las connotaciones políticas que pudiera, pero no quiere, desempolvar (John Rave, asentado en la ciudad antes de la llegada de los japoneses, negoció con éstos una zona o ghetto de seguridad donde refugiarse los civiles chinos, y exhortó a las tropas niponas a respetarla, cosa que consiguió con éxito moderado).

Puedo aceptar la pretensión de neutralidad de Chuan como una impostura personal. Desde luego si lo que pretendía era quedar bien con todos, se ha caído del columpio, pues como todo el mundo sabe esa es la mejor manera de provocar descontento por igual; a los chinos porque la película no se ensaña con el ataque japonés lo suficiente, dejando entrever algún atisbo de repulsa y arrepentimiento en su seno, y a los japoneses, porque lo están tildando de exagerado (lo que vienen haciendo hace décadas, como dije antes).

Pero una vez que acepto que no quiera mojarse el culo buscando la corrección política, tampoco me ofrece nada interesante más allá de lo puramente técnico y/o estético, dejándose en el camino una estupenda oportunidad de profundizar por ejemplo en los mecanismos que activan la violencia, la degeneración o el salvajismo del ser humano, y se limita a hacer un relato prácticamente plano en esa materia.

 

Me vino a la mente, por ejemplo y sin intención de comparación alguna, La Lista de Schindler (Steven Spielberg 1993), donde no sólo se retratan diferentes facetas del correspondiente genocidio como fueron el racismo, el fundamentalismo histórico religioso o la explotación obrera, sino que hay un interesantísimo duelo interno en la dualidad del bien y el mal del ser humano, dicotomía perfectamente marcada mediante el personaje de Amon Goeth que encarna esa maldad, y al que Spielberg se permite diseccionar mediante el bisturí que pone en manos de Oskar Schindler, ayudándonos a ver el infierno más de cerca, si cabe con ciertas pinceladas de resignado pesimismo.

Nuevamente puedo intentar admitir, si alguien me lo pide (y me lo argumenta) que Lu Chang no ha querido vagar por esos derroteros, y ha hecho el producto que buscaba. Pero en ese caso, y en todo caso, debo decir que Ciudad de vida y muerte se me antoja un bello retrato (muy bello) de la violencia genocida a la que el ser humano ha llegado ya en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, pero un retrato más, sin otra lectura que la meramente bidimensional.