Camino (¿Quieres que rece para que tú también te mueras?)

En un país como el nuestro, con una cultura de debate y de objetividad cuya pobre autoestima provoca esa querencia que tenemos a cogérnosla con papel de fumar cada vez que se ponen las cartas sobre la mesa, es fácil abrir la boca para expresar ciertas opiniones, pero no lo es tanto pretender que las aguas sigan bajando mansas.

cartel de la pelicula

En un país como el nuestro, donde cada vez es más inexorable el contagio a otros ámbitos del pensamiento binario exclusivo –frío/calor, bueno/malo, ánodo/cátodo, derecha/izquierda– con que bombardean los medios de comunicación cada vez con más denuedo, multiplicando por cero la casi infinita gama de grises y otros intermedios que encontraríamos entre ambos extremos si abriésemos los ojos un poco más por las mañanas, levantar una opinión contra una institución como la iglesia, o una representación de la misma, es casi un juego especulativo con un resultado muy previsible si no nos salimos de esa bipolaridad típica de nuestra pobreza neuronal.

En un país como el nuestro, donde no es poca la población que se manifiesta despreocupada y ajena hacia temas estrella de debate en peluquerías de barrio y mostradores vermuteros de domingo, como el fútbol o la política mal entendida, sí que en cambio parece de ciudadana obligación posicionarse al respecto de la religión, o por lo menos pecado –qué gracioso– no hacerlo, habida cuenta de lo humano del tema, y de que todos en algún momento nos hemos hecho esas preguntas profundas, a las que aquí prometo no aludir.

Y así, cuando alguien con voz alta, todo lo alta que permite un estreno de cine en salas comerciales, se pronuncia consistentemente sobre, o contra este tema, solo tenemos que sentarnos a esperar las pataletas de aquellos que se sienten ofendidos, o cuando menos injustamente aludidos, alimentando un debate –confrontación– sobre el que, como dije antes, el nivel de abstención ciudadana es menor que en otros pesos pesados de la verborrea popular.

Sin embargo, reconozco que en esta ocasión me sorprendió que la institución aludida haya optado por una postura menos beligerante, más inteligente, mordiéndose la boca para no recoger el guante de Fesser, y evitando así el inevitable efecto mediático que hemos visto anteriormente en casos como El exorcista (W. Friedkin, 1973), La última tentación de Cristo (M. Scorsese, 1988) o Mar adentro (A. Amenazar, 2004), en los que el rasgue de ciertas vestiduras negras se convirtió en curiosidad de espectador, y ésta en un apreciable y oneroso incremento de taquilla.

Pendleton Films, la productora de Javier Fesser debe estar retocando a diario las cuentas iniciales al no haber disfrutado de la publicidad que un clerical grito al cielo le hubiera reportado, y con el que –no me vengan ahora con que no…– contaban desde el principio.

Javier Fesser

Javier Fesser

Tal vez así se expliquen las pequeñas pero no discretas maniobras que Fesser ha ido maquinando en la realización y producción de su película Camino, como la de decir que está inspirada –que no es lo mismo que basada– en hechos reales, para luego nombrar en la dedicatoria final a la persona de Alexia González-Barros, y confundir con esa asociación al espectador, buscando ese puntito de provocación que no es un fin pero sí un medio.

Y aquí sí, por alusiones, la familia de la niña fallecida en 1985 por un tumor cancerígeno, y en proceso de beatificación a cargo del Opus Dei por su devoción cristiana durante su enfermedad y agonía, ha hecho sus manifestaciones de desacuerdo y repulsa al respecto de la película (ver carta del hermano aquí), aunque sin el respaldo de la institución, que permanece en un discreto segundo plano.

La verdad es que, una vez acomodado en la butaca del cine, a uno le resulta difícil desmarcarse de esa identificación del personaje de Camino con la persona de Alexia, gracias a esa treta de Fesser. Pero si se logra superar ese escollo, por otro lado algo barriobajero, la película descubre poco a poco sus intenciones verdaderas, que no son otra cosa que una crítica a la religión en general, y al Opus Dei como institución en particular, pero -y aquí es donde me quito el sombrero- respetando absolutamente la postura de las personas que por su fe, su devoción, o el ejercicio de su libertad de culto, eligen una vida de entrega a los dictados de su pastoreo.

Es decir, el mensaje principal que Fesser nos transmite aquí es que aunque él discrepe a título personal de la creencia divina –da igual creer que no creer, el final del camino es el mismo, y lo importante es el amor en cualquiera de sus manifestaciones–, es íntimo, legítimo, respetable e incluso encomiable el ejercicio –hasta cierto punto– de los dictados de la fe que cada uno tenga, en este caso la cristiana; pero es inmoral, manipulador, y canallesco utilizar la inocencia –¿ignorancia?– y la buena disposición de esos feligreses, para obtener un beneficio básicamente lucrativo, como ocurre en la mayoría de las sectas, y en este caso en el Opus Dei, que como tal es retratada.

El argumento nos cuenta el caso de Camino –título también del libro que José Mª Escrivá de Balaguer publicó en 1939 con los postulados de la orden–, una niña de 11 años de familia católica practicante, y miembros de la Obra de Dios, que afronta una enfermedad irreversible con tal estoicismo, y espíritu de sacrificio, resignación y devoción ejemplares, que el Opus Dei quiere utilizar el caso para su propio autobombo y promoción.

Camino cenando con sus padres

La cena familiar

Camino es una crítica elocuente. Una crítica que, haciendo un símil con las fuerzas físicas, podríamos descomponer en estática y dinámica.

Es una crítica estática porque se opone, de manera firme e inamovible,  contra la eterna y sólida creencia en la existencia de Dios, negándolo tres veces: una con la fábula, bastante pueril dicho sea de paso, del cuento Mr. Peebles, cuyo personaje es feliz excepto por un problema: que si no piensas en él no existe; otra, con la representación onírica que la niña Camino se hace del ángel custodio y de su angustia por no poder salvarla, por no ser aquello en lo que ella cree o debería creer; y la tercera, la que nos es mostrada en el último plano de la última secuencia de la película, justo antes de los créditos, por si alguien todavía no se había dado cuenta –por cierto, como recurso de guión para llegar a esta conclusión, es algo rebuscado.

Y es una crítica dinámica, porque denuncia la intención del Opus Dei de utilizar el comportamiento de Camino, su calvario, y su incondicional amor a Jesús hasta el último minuto, para proclamar a los cuatro vientos el caso de una conducta merecedora del más alto reconocimiento: su canonización.

Pero ante esta postura, esta intención malsana y mafiosa de la congregación, vemos que, sin llegar a estar reñido con esa devoción hacia Dios, lo que pasa por la cabeza de la niña y sobre todo por su corazón, es algo bien distinto a lo que los sacerdotes dictaminan, nada que ver con el fanatismo con el que ellos tanto gustan de escaparatear. La pequeña Camino alimenta su ilusión, su esperanza y su resignación, por razones bien distintas, que si llegasen al conocimiento de la congregación, les haría palidecer de contrariedad, casi esconderse por el renuncio en el que han sido sorprendidos. En definitiva, nos proponen como santificación, casi como milagro, algo que sustancialmente no lo es.

Un mensaje para Camino

Un mensaje para Camino

Por lo visto, y según se ha podido leer por la prensa afín al asunto, Javier Fesser intentó ponerse en contacto con los familiares de Alexia antes de rodar, y sólo obtuvo negativas. Volvió a intentarlo al concluir la filmación, pidiendo utilizar el nombre de la protagonista de la verdadera historia –no sabemos en qué ámbito o extensión de la película– y la familia rechazó la aparición de la figura de su hija como tal, ante lo cual Fesser se limitó a nombrarla simplemente –la maniobra antes referida– al final, como dedicatoria. Esto enervó los ánimos de su familia, con el desenlace de algunos dimes y diretes que se han venido intercambiando desde antes del estreno.

Debido a esta alusión, y a los notables parecidos de las dos historias, son inevitables la asociación de ambas en el espectador ignorante de la diferencia, y las susceptibilidades hirientes en los miembros del entorno. Allegados o relacionados con Alexia que se hayan visto representados en los personajes de la película, a buen seguro estarán escocidos si estos no responden a la imagen que los susodichos tengan de sí mismos, o bien si el retrato es fehaciente pero deja al aire alguna que otra “vergüenza”.

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Mariano Venancio

Tal y como se nos ha presentado la historia, yo no creo que el director haya querido hacer sangre con este planteamiento sino, como dije al principio, ha optado por respetar la libertad que cada cual tiene de cultivar su fe libremente y a título individual. Para ello ha puesto en manos del actor Mariano Venancio la representación del padre-espectador de la tortura de Camino. Un personaje creado a imagen y semejanza de sí mismo –según dice Fesser en alguna entrevista–, y que asiste perplejo a los acontecimientos conducidos y manipulados por el Opus, pero sobre todo al comportamiento de su mujer, y siempre sin rebelarse a los mismos, ya que no se le permite intervenir en el guión para cambiar un devenir pre-escrito de antemano. Muy interesante es el hecho de que este personaje contempla a su hija a través de un tomavistas, con el que puede captar la realidad tal como es, la verdadera imagen de Camino sin influencias ajenas ni subjetividades externas y, así, será él el único que la entienda, el único que descubra la verdad que se encuentra detrás de los ojos de su hija, y también el único a quien ella le confiesa sus secretos. Curiosamente, el único personaje que se queda al margen del funcionamiento institutivo es también el único masculino, a excepción de los dos sacerdotes, alguaciles de la causa, con ese cinismo frío, despiadado y carente de toda emoción contra el que, aquí sí, Fesser arremete sin medias tintas.

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Carme Elías

La fanática madre de Camino, el personaje más conflictivo de la película no es, insisto, una caricatura despectiva de la madre de Alexia, obcecada y celosa de Dios que parece, sino la representación personificada de la entidad religiosa, esa proyección, o ese microtentáculo que nace y se desarrolla como extensión de la figura, la propaganda y la militancia doméstica del Opus Dei, que trata de llevar a su familia por el camino –equivocado, pero firme y con el mejor de los propósitos, como corresponde a todo buen fanático–, pero que al contrario que los curas, ella sí tiene corazón, ella sí actúa por amor a su/s hija/s, pese a que el fin no justifique a veces los medios. Ella se nos muestra también como una víctima de la manipulación –ya convertida, pero víctima– y del engaño, pero a la que Fesser le acaba permitiendo también exteriorizar sus miedos y sus flaquezas cuando se acerca lo inevitable, en un elegante y minúsculo giro del guión de este personaje. Un fanatismo llevado con discreción mientras todo va bien, pero que saca sus uñas cuando aparecen las incertidumbres, las dudas, las tentaciones, los cuestionamientos inocentes –en sus hijas–, pero que también acaba buscando convencimiento de entregar a Dios su dolor y el de su hija como fuente de consuelo. Es lo que se llama una Supernumeraria dentro de la institución, una persona que busca su propia santificación a través de su devoción cotidiana –y su contribución económica–. Un personaje bien perfilado, tal vez con una leve exageración que se digeriría mejor con alguna gotita más de sutileza, alcanzando la perfección, a la que también contribuiría el excelente registro que consigue sacar Carme Elías.

Nuria, la hermana mayor de Camino, era una adolescente idealista y soñadora, como lo demuestra su afición a tocar la guitarra y un novio actor del que ¿extrañamente? perdió la pista cuando se fue a Italia. Todo esto la llevó a convertirse en una Numeraria Auxiliar que ejerce labores domésticas enclaustrada en un Centro de Varones del Opus, donde padece cierto tipo de exclavitud pasiva, de lobotomía religiosa, bajo la tutela de la figura opresiva y castradora de una superiora que, fiel al procedimiento prescrito por la orden, impone penitencias físicas y no da opción alguna de libertad de pensamiento, crecimiento interno, ni contacto con el exterior, ni siquiera con la familia, ni de recibir los objetos que le viene a entregar a Nuria su propio padre. Cabe la excepción únicamente de las dos escuetas visitas que se le permiten para acompañar a la hermana en sus últimos momentos, o salvo cuando se trata de ir a recaudar las donaciones que las familias pudientes parecen estar “dispuestas” a ofrecer a la Obra a cambio de un desprecio en forma de hipócrita cortesía ascética (y de un pasaje para el cielo en tercera clase, por supuesto). Una vida de ermitaña atada en corto, resignada a ese pozo de oscurantismo disfrazado de la felicidad de servir a Dios a costa de sí misma, fagocitada por ideas como la de pretender el consuelo de su hermana convirtiendo su dolor y su muerte en ejemplares, por la suerte y la envidia que despierta (sic.) de poder ir a reunirse con el Altísimo. Memorable respuesta de Camino, digna de guardar para un libro de citas de la historia del cine.

Nuria y Camino

Nuria y Camino

Es Nuria también la muestra del sexismo conservador que se respira dentro de la institución, donde la mujer es a menudo relegada a funciones menores y sin relevancia, y mucho menos con posibilidades de cargo de significancia alguno. Interpretada por Manuela Vellés, gran elección en el casting para la película por la solvente interpretación que ha bordado, como por el parecido físico con la protagonista, su hermana en la ficción, y gran elección para ella por situarse en las antípodas de su anterior papel en Caótica Ana.

Un metraje que ha sido tachado por algunos de excesivo, algo con lo que discrepo, pues a la película no le falta ritmo, y no se hace larga ni pesada si, como digo, se sabe buscar más allá de la simple similitud –que la hay– entre Alexia y Camino. Una duración necesaria para dar cabida a todos los elementos accesorios como las pesadillas de la pequeña, donde mejor desata Fesser su virtuosa fuerza visual –acertada la de la playa, bastante burda y exagerada la del abandono–, a la fábula de Mr. Peebles y su sombrero verde, al ratón –metáfora de la libertad que la niña deja salir de la jaula que su madre le depara–, a la visión arisca del trato que se da a los pacientes en los hospitales, a veces tratados como si fueran meros fardos en un almacén, o al lastimero y compasivo punto de vista hacia la separación matrimonial, comentado en varios momentos del metraje.

A lo largo de todos esos minutos, Fesser concibe esta historia de hermosa sensibilidad, manejando con soltura todos los hilos de la trama, para darle a cada punto su contrapunto y, sin arrugarse, zumbarle al estómago cuando tiene que hacerlo, con sensiblerías que no siempre sobran. Fesser culmina la película alzando al personaje de Camino al estado de crisálida inexorablemente reducida a la nada corporal y al todo espiritual, no solo por la conclusión extraída por los que la rodean, sino sobre todo por su amor, ese amor incondicional como el que espera Dios, pero que ella vierte, entrega, proclama, muy al margen de éste.

Sobresaliente la interpretación de la debutante Nerea Camacho, seleccionada entre un casting de 500 jovencitas, que con su desparpajo y su luz, se come la cámara, y enamora al cine entero, todo ello a pesar de su dicción –mal endémico de casi todo el elenco español femenino– que, recordándome a la peor Paz Vega, es lo único a reprocharle, y únicamente con la esperanza de que tome nota para futuros, lo mejore, y nos regale interpretaciones tan memorables como ésta.

Nerea Camacho, interpretando a Camino

Con todo, Camino es una película dura, arriesgada y valiente, no ya por arremeter contra los pecados y miserias de un intocable, sino por hacerlo sin entrar en demagogias –como lo hace “Los Girasoles Ciegos”, en mi opinión floja representante de España para los Oscar–, sin evadir el camino frontal, sin humillar al enemigo herido ni caer en el reparto barato e indiscriminado de estopa, dejando claro que el problema de la religión no está en el fondo sino en la forma, y que toda desviación hacia el absolutismo, que no es otra cosa que lo que hace el Opus Dei, es perniciosa, malsana y repudiable, malversando o directamente coartando libertades de obra, pensamiento y sentimientos incluso como, en este caso, el dolor o el afecto.

Y ya que os martirizado con esta crítica tan kilométrica, no puedo dejaros sin el trailer, para que definitvamente os animéis a verla:

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La batalla de Hadiza, la misma mierda en distinto bando

Hace unos días leí la noticia de que había sido absuelto un agente de Inteligencia del Cuerpo de Infantes de Marina, implicado en la matanza de 24 civiles iraquíes (artículo en español) en la ciudad de Haditha, el pasado 19 de noviembre de 2005.

Según dicha noticia, tras el atentado con bomba a un convoy de marines en el que murió un marine y resultaron gravemente heridos otros dos, se produjo una acción ofensiva como respuesta en la que con la búsqueda de insurgentes como excusa, acabaron muriendo un total de 24 ciudadanos civiles, residentes en las viviendas próximas a la zona.

Se da la coincidencia que también unos días antes tuve la ocasión de ver en los Renoir la película Hadiza, del británico Nick Broomfield, que relata el episodio del atentado y la posterior matanza de civiles, basada fundamentalmente en la información que recabó y publicó la revista Time, y además tenía incumplida la promesa de comentar esta película que me dejó un agradable sabor de boca, aunque no tanto de estómago.

Sin huir del evidente mensaje de denuncia antibelicista que todo cine bélico políticamente correcto parece tener que esgrimir, e incluso tal vez para remarcar esa intención precisamente, Broomfield ha querido alejarse con elegante descaro del posicionamiento gratuito, llegando a pecar de una imparcialidad incluso excesiva, un pelín desproporcionada. Así, el guión de Hadiza ha salido del horno compuesto con una simetría más que intencionada (que no previsible), algo así como un espejo caleidoscópico en el que aparecen reflejados en los militantes de ambos bandos las motivaciones, las frustraciones, los terrores, o la desesperanza. Pero sobre todo su denuncia sirve de Sigue leyendo

Chantaje

Mike Barker, 2007

Chicago. Neil Randall (Gerard Butler: 300, El fantasma de la ópera, Timeline…) es la viva imagen del éxito: guapo, profesionalmente triunfador, buen padre de Sophie, y mejor marido de la resignada esposa Abby (Maria Bello: Una historia de violencia, World Trade Center, The cooler…), eclipsada por los éxitos de su esposo y cuya misión en la vida es abandonar su trabajo de fotógrafo para cuidar a su hija y ser la sumisa y hogareña mujer que todo triunfador tiene en casa, en pro del bien conyugal.

Esta bella estampa se desmonta de un plumazo cuando el desconocido Ryan (Pierce Brosnan) aparece en sus vidas para, sin ninguna explicación, secuestrar a la pequeña Sophie y someter a la pareja a lo que parece una gymkana de pruebas y ejercicios de renuncia a todo lo que tienen y que representa su felicidad.

Siendo el thriller, junto a la comedia o el fantástico, uno de los géneros de corte más comercial, es esperable que en ocasiones prostituya alguno de los cánones estándar de la realización cinematográfica en pro de unos usos y unas formas algo apartadas de lo que un purista podría esperar. Vendría a ser algo así como las concesiones que diferentes entornos o culturas imprimen al uso de un idioma inicialmente común, que con el tiempo Sigue leyendo

Todos estamos invitados. Tan lejos y tan cerca

Manuel Gutierrez Aragón, 2008

Solamente lo arriesgada de la apuesta de Gutierrez Aragón ya debería ser suficiente para seducir no al espectador, sino al ciudadano de este país, a acompañarle en su alegato contra el silencio reprimido, contra la mirada hacia otro lado, contra la vergüenza impuesta, disfrazada de prudencia.

Cartel de la peliculaArriesgada, por su intención manifiestamente social y extrapoladamente política que, sin cortapisas ni medias tintas, trasciende más allá de lo meramente fílmico con la fuerza del dedo índice acusador.

Más que agarrarse al fácil discurso de toda la vida sobre esa problemática que supone la actividad terrorista continuada, en un entorno más o menos definido y durante unas cansinas décadas, para tratar de justificar o no las posturas y las actitudes de unos y de otros, Gutierrez Aragón da un paso al frente para decirnos que en esta mesa en la que “Todos estamos invitados”, nos limitamos a mirar hacia otro lado, ignorando más de lo que creemos y por supuesto de lo que debemos, sobre el día a día, el hora a hora, de esas personas que por ser pocas en la inmensidad de un censo de 45 millones, no dejan de ser víctimas, objetivos y mártires, y no parecen Sigue leyendo

Estrenos de cine, 4 de abril de 2008

ALEKXANDRA (2007)
Dirección: Aleksandr Sokurov
Intérpretes: Galina Vishnevskaya, Vasily Shevtsov, Raisa Gichaeva, Andrei Bogdanov
Duración: 92 minutos
Nacionalidad: Rusia y Francia
Género: Drama

EL TERRITORIO DE LA BESTIA (2007)
Título original: Rogue
Director: Greg Mclean
Intérpretes: Radha Mitchell, Michael Vartan, Sam Worthington, Mia Wasikowska
Duración: 94 minutos
Nacionalidad: Australia
Género: Aventuras

EL ÚLTIMO GRAN MAGO (2007)
Título original: Death Defying Acts
Dirección: Gillian Armstrong
Intérpretes: Guy Pearce, Catherine Zeta-Jones, Saoirse Ronan, Timothy Spall…
Duración: 97 minutos
Nacionalidad: Australia, Reino Unido
Género: Thriller

JOE STRUMMER: VIDA Y MUERTE DE UN CANTANTE (2007)
Título original: Joe Strummer: The Future Is Unwritten
Dirección: Julien Temple
Intérpretes: Bono, John Cusack, Johnny Depp, Dick Evans…
Duración: 124 minutos
Nacionalidad: Irlanda, Reino Unido
Género: Documental

LA FAMILIA SAVAGES (2007)
Título original: The Savages
Dirección: Tamara Henkins
Intérpretes: Laura Linney, Philip Seymour Hoffman, Philip Bosco, Cara Seymour, Peter Friedman, Gbenga Akinnagbe…
Duración: 113 minutos
Nacionalidad: EEUU
Género: Drama, comedia

RASTRO OCULTO (2008)
Título original: Untraceable
Director: Gregory Hoblit
Intérpretes: Diane Lane, Billy Burke, Colin Hanks, Joseph Cross, Mary Beth Hurt,
Duración: 100 minutos
Nacionalidad: EEUU
Género: Crimen, suspense

SHINE A LIGHT (2007)
Dirección: Martin Scorsese
Intérpretes: Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood, Charlie Watts
Duración: 122 minutos
Nacionalidad: EEUU
Género: documental, musical

THE CONTRACT (2006)
Dirección: Bruce Beresford
Intérpretes: John Cusack, Morgan Freeman, Jamie Anderson…
Duración: 96
Nacionalidad: Alemania, EEUU
Género: Thriller

Ese oscuro objeto del deseo

Luis Buñuel, 1977

Con “Ese oscuro objeto del deseo” (Francia, 1977), se cerraba la filmografía de Buñuel, el brillante director turolense autor de numerosos títulos, entre los que se encuentran algunos de los más interesantes de toda la historia del cine mundial.

Después de este trabajo, todavía llegaría a emprender “Agón”, un proyecto que finalmente no se llevaría a cabo, y en el que el director pensaba trabajar con el tema de los cuatro jinetes del Apocalipsis de fondo.

“Ese oscuro objeto del deseo” pese a ser el fin de su carrera, no supone un conclusión en sí o un carpetazo a la misma, ni siquiera la culminación. Es una obra más, otra, que sin resplandecer por encima de trabajos suyos anteriores, por supuesto no carece de interés en absoluto, como no le falta tampoco a ninguna de sus 34 películas desde aquel inicial “Un perro andaluz” de 1928.

Y como no podía ser de otra manera, Buñuel vuelve a vestir esta última película con gran parte de los elementos Sigue leyendo

Love and honor

Yoji Yamada, 2006

Cartel de Love and honorCon la candidata en 2002 al Oscar a la mejor película en lengua extranjera “El ocaso del samurai“, Yoji Yamada abría la trilogía sobre la desmitificación del samurai, que vendría seguida por “The Hidden Blade” (2004), seleccionada en Berlín, y acabaría ese mismo año con “Love and Honor”, basada en el relato “The Blind Sword: Echo of Vengeance” de Shuhei Fujisawa, y que tras pasar por Valladolid, llega ahora a nuestro país, aunque supongo que a cuatro salas con cuentagotas.

Yamada, prolífico autor con casi 80 títulos en su haber, nos presenta la versión menos épica del samurai, la más doméstica u hogareña, pero sin renunciar en ningún momento a las bases de su razón de ser: los códigos del honor, el orgullo, la justicia, y en este caso también el amor.

Shinnojo Mimura, es un samurai de finales del periodo Edo, en el siglo XIX, al servicio de su majestad el emperador Sigue leyendo