Cashback, recurriendo a lo superfluo

Sean Ellis, 2006

A partir del cortometraje del mismo título, nominado al Oscar en 2004 y ganador del Tribeca Film Festival o del Brest European Short Film Festival entre otros, Sean Ellis estira una trama que no da para más de los 18 minutos de aquel, convirtiéndola en hora y media (100 minutos, según versiones), dos años más tarde. Más que estirar, añade, pues el cortometraje inicial está íntegramente incrustado en el resultado que ahora tenemos en las carteleras de nuestro país.

Tras ser abandonado por su novia Suzy, Ben Willis (Bean Biggerstaff), estudiante londinense de arte, se pone a trabajar en el turno de noche de un supermercado, evitando así los desvelos provocados por el insomnio derivado de la ruptura.

Rodeado de un esperpéntico grupo de personajes que rozan el freakismo estereotipado, previsible y repetido sin piedad a lo largo de la historia del cine moderno, Ben contempla el entorno que le rodea desde la perspectiva de su mirada artística, retratando la belleza que encuentra en cada instante, en cada momento, mientras deambula por un mundo en el que no tiene claro lo que busca.

Si repetir un éxito mediante la fórmula de la secuela es un ejercicio arriesgado en cuanto a calidad aspirable, algo menos en cuanto a la taquilla, engordar un cortometraje es una operación algo menos temeraria, habida cuenta en primer lugar, que el grueso del público no ha tenido la oportunidad de ver un trabajo inicial para el que no existen circuitos comerciales a pie de calle, evitando así el factor comparación del segundo trabajo respecto del exitoso primero; y en segundo lugar, y por esta misma razón, el largometraje va a obtener unos beneficios económicos, pingües o no, que no tuvo el primero, por lo menos de forma directa, por lo que se puede hablar de rentabilidad de una forma más tangible, que es lo que interesa a la maquinaria industrial, al fin y al cabo, quien las pone encima de la mesa.

Partiendo de esta teóricamente ventajosa posición para hacer un cortometraje largo, en vez de jugársela y arriesgar con una propuesta minimamente innovadora, Sean Ellis se dedica a vivir de las rentas, y no hace otra cosa que crear un universo totalmente carente de interés, alrededor del protagonista de la primera historia, para ceñirse a una trama de comedia romántica infinitas veces vista y masticada desde que el espectador de cine tiene dientes de leche.

Una historia muy plana, sin fuerza argumental ni por supuesto dramática, sin tramas paralelas a las que agarrarse, y con el único aliciente de ciertos efectos y juegos de cámara y de edición que, aparte de estirar el metraje con reiteradas congelaciones de imagen para poder llegar así a los 90 minutitos de rigor, consiguen aportar una belleza visual y lírica consoladoramente agradable, que no son suficiente guarnición para el plato principal del quiero y no puedo contar una historia de evolución y madurez emocional.

Un banal trabajo de reestiling a un guión de corto al que, bien por pura pereza o bien por miedo a no saber mejorarlo, no se le ha tocado una coma, limitándose a añadirle unos retales de contenido a base de desnudos femeninos y pinceladas videocliperas, lo suficientemente aséptico como para no desvirtuarlo, que finalmente y sobretodo ayudado por una cansina voz en off del protagonista acaba por convertirse en el gran error de esta película, con tufillo a niño prodigio de la canción, que cuando crece pierde su voz y se diluye en el olvido, por mucho que vaya por ahí vistiendo galas de posmoderno.

Cuatro chistes algo zafios y comprados a peso en la planta de oportunidades conseguirán hacer sonreír al afortunado espectador que a mitad de película ya haya optado por no tomársela en serio, momento a partir del cual se empieza a disfrutar de una manera más pueril de su atractiva plástica y de las fantasías eroticoartísticas del personaje principal (a quien corresponda).

Sean Ellis, famoso fotógrafo en el Reino Unido por cuyo objetivo ha pasado gente como Elton John, Takeshi Kitano, Kate Moss, Bryan Ferry, Milla Jovovich o Tim Burton entre otros, aparte de sus trabajos en publicidad y algún que otro videoclip, empezó en el cine con un corto de terror psicológico titulado Left Turn, producido por Scott Free (la productora de los hermanos Ridley y Tony Scott), y parece que vuelve por este género con el que será su segundo largometraje, ‘The Broken’, producido esta vez por la francesa Gaumont, y protagonizado por Lena Headey (Rosas rojas).

Aquí podéis ver el cortometraje de 18 minutos, en versión original (año 2004):

Y aquí está subtitulado al español, aunque la calidad de imagen deja mucho que desear:

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3 comentarios

  1. Una auténtica pena, porque el cortometraje no está nada mal. Coincido en lo que dices.. 75 minutos de imágenes añadidas, muchas veces gratuitamente, y un contenido vacío, soporífero e interminable.
    Caí por aquí de casualidad, pero me ha gustado el blog.. volveré para leer con más detenimiento, hay material interesante. Un saludo!

  2. Gracias por tu comentario, Babel, y vuelve cuando quieras. Hasta la cocina!!

    Saludos

  3. Personalmente encontré que el corto tenía una buena idea de base pero que no acababa de profundizar en ella. Cabría esperar que el largo lo hiciera si no se ha centrado en alargar las supuestas bellas imágenes del corto. A mí, personalmente, me pareció que pretendía llegar a algo en lo que se quedaba corto (nunca mejor dicho).

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