Ese oscuro objeto del deseo

Luis Buñuel, 1977

Con “Ese oscuro objeto del deseo” (Francia, 1977), se cerraba la filmografía de Buñuel, el brillante director turolense autor de numerosos títulos, entre los que se encuentran algunos de los más interesantes de toda la historia del cine mundial.

Después de este trabajo, todavía llegaría a emprender “Agón”, un proyecto que finalmente no se llevaría a cabo, y en el que el director pensaba trabajar con el tema de los cuatro jinetes del Apocalipsis de fondo.

“Ese oscuro objeto del deseo” pese a ser el fin de su carrera, no supone un conclusión en sí o un carpetazo a la misma, ni siquiera la culminación. Es una obra más, otra, que sin resplandecer por encima de trabajos suyos anteriores, por supuesto no carece de interés en absoluto, como no le falta tampoco a ninguna de sus 34 películas desde aquel inicial “Un perro andaluz” de 1928.

Y como no podía ser de otra manera, Buñuel vuelve a vestir esta última película con gran parte de los elementos que en mayor o menor medida habían marcado sus inquietudes o sus obsesiones a lo largo de toda su vida, que no son otros que la sexualidad como tabú, el erotismo, el pecado y la crítica a la Iglesia, la jerarquización social y familiar, la falsa caridad, la utilización de disminuidos físicos, etcétera. Además, en esta última película, se muestra también la preocupación que Buñuel tenía por un tema de creciente actualidad por aquel entonces, como era el terrorismo, algo que al aragonés le rompía todos los esquemas, le resultaba tan absurdo e inútil como la Iglesia, y tal vez por ello los llega a simbiotizar, otorgándoles a los grupos armados que aparecen en la película nombres con claras alusiones a este estamento.

Respecto a este tema, conviene considerar que este posicionamiento, este rechazo e incomprensión hacia el terrorismo, sobre todo el de origen político, tan normal hoy día en la inmensa mayoría de la sociedad que no contempla otra actitud posible que la desaprobación inapelable de este camino, este repudio como digo, no estaba tan a flor de piel en la sociedad de aquel tiempo (ni el terrorismo contaba con la historia ni el currículum ni la desmedida sinrazón que a fecha de hoy tiene a sus espaldas en nuestro país). El tradicional espíritu contestatario y revolucionario galo, o la incertidumbre transitoria tras la caída de la dictadura en España y sus cuarenta años de franquismo concluidos, por no hablar del todavía latente recuerdo de la guerra civil, perfilaban todavía cierto aire de romántica condescendencia para con aquellos, más soldados que asesinos, que mantenían viva una lucha armada pero mucho más idealista que política. Y si bien es evidente que no se llegaba a aceptar el terrorismo como medio justificado para ningún fin, no es menos cierto que el ciudadano medio de aquellos años tenía otras preocupaciones adicionales en su mente, que de alguna forma eclipsaban o desviaban la atención, por supuesto la preocupación, de dicha actividad criminal hacia cuestiones que se encontraban más en primer plano.

La película, francesa, está rodada en localizaciones de ese país y de España y se inspira en la novela “La mujer y el pelele” del belga Pierre Louÿs, que tantas veces había sido llevada al cine. Quedan en las filmotecas la interesante versión protagonizada por Conchita Montenegro, La femme et le pantin y dirigida por Jacques De Baroncelli en 1928, o la que hizo Joseph von Sternberg siete años más tarde con Marlene Dietrich, El diablo es una mujer, o una versión algo menos apreciada, dirigida por Julien Duviviet y protagonizada por Brigitte Bardot en 1959, actriz esta última con quien Buñuel se había negado siempre a trabajar.

Para ello, para el papel protagonista femenino, se eligió en principio a María Schneider, ya encumbrada a la categoría de mito erótico unos años antes por su trabajo en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972), pero al poco de empezar el rodaje, Buñuel sentía que no se sentía satisfecho con el resultado de lo que iba viendo, pues la francesa, erotismo aparte, no conseguía sacar adelante el personaje tal como el director lo tenía perfilado.

Fue una mañana, tomando un café con el productor, y mientras éste le hablaba de su propia experiencia en el matrimonio, quejándose de que tras varias décadas casado con su esposa había días que ella parecía otra mujer, cuando Buñuel vio la luz, y decidió que debía utilizar dos actrices para mostrar toda la complejidad del personaje. Así pues, se pasó a sustituir a María Shneider por la pareja formada por Carole Bouquet y Ángela Molina, que darían forma a Conchita, la joven objeto de deseo de Mateu, interpretado por Fernando Rey.

Sobre este pelele se personaliza la esencia de la película, que no es otra que la dicotomía de anhelo-frustración que sufre Mateu, deambulando como un títere bajo los hilos caprichosos, burlescos y frustrantes de Conchita, de la cual se encapricha desde el primer momento que la ve, sublimando esa atracción en deseo obsesivo en cuanto descubre que ella ha desaparecido a la mañana siguiente. Una frustración que se repetirá a lo largo de la película, que corrompe, que ataca, que daña y que destruye, como el terrorismo que busca la muerte como final catártico, ante un conflicto sin solución razonada.

La obsesión de Mateu es la atracción que siente por Conchita, materializada en la búsqueda del sexo, la conquista de su virginidad, la posesión carnal y pecaminosa… Mateu, el burgués adinerado, inconscientemente soberbio y prepotente, escoltado siempre por su mayordomo, ese consejero y alter ego, o por su primo el magistrado, capaz de manejar la corrupta justicia a su conveniencia para expulsar de Francia a Conchita y su madre.  Ellas, proletarias provincianas retraídas ante la vanguardia, viva imagen (sobre todo la madre) de la España profunda, retrógrada y anclada en el pasado que se sigue resistiendo ante la liberación sexual, preocupadas por el qué dirán o por los peligros de la igualdad de género, no dudan en aprovecharse del pelele ingenuo y sacarle el dinero a cambio de una falsa promesa, como el ratón que cae en el cebo (matrimonio vs. queso), o incluso quitarle descaradamente una casa y humillarle a las puertas de la misma, como hace el terrorista que le echa del taxi a mano armada.

Una Conchita que juega con Mateu casi con crueldad, que enseña y esconde, que ofrece y que quita, que promete y que niega, y que una y otra vez provoca la frustración de un patético burgués, burlado, estafado y herido en su dignidad, perdido como la mosca en el vaso de agua, y que incapaz de desprenderse definitivamente de la fuente de su obsesión, acaba encontrando la única salida a su maltrecho orgullo: la fuerza, la violencia, la superioridad machista, el despecho… haciendo así sangrar a Conchita, por fin en un simbólico desvirgamiento. Y es ahí cuando él consuma esa posesión, buscada durante toda la película, cuando ella lo reconoce y le dice “ahora se que me quieres”.

La obsesión, el deseo, esa carga en forma de saco que Mateu lleva a su espalda, y que aparece hasta cuatro veces en la película. Ese saco de mierda que es la mujer, misógina manifestación del director, o tal vez denuncia social antisexismo explicitada en la película.

Ese objeto del deseo, ese anhelo sexual, magnífico regalo que nos hizo la religión según Buñuel al convertirlo en pecado y erotizarlo, y que pese a conseguido y consumado no queda extinto, no muere a las primeras de cambio, como si el himen de la mujer desvirgada se restituyera cual tela de encaje desgarrada que una modista vuelve a coser, por cierto en la galería comercial frente a la cual los padres de Buñuel concibieron a éste.

Ese deseo, frente a esa frustración, que no lleva a otra cosa que a la destrucción del ser como persona.

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