Love and honor

Yoji Yamada, 2006

Cartel de Love and honorCon la candidata en 2002 al Oscar a la mejor película en lengua extranjera “El ocaso del samurai“, Yoji Yamada abría la trilogía sobre la desmitificación del samurai, que vendría seguida por “The Hidden Blade” (2004), seleccionada en Berlín, y acabaría ese mismo año con “Love and Honor”, basada en el relato “The Blind Sword: Echo of Vengeance” de Shuhei Fujisawa, y que tras pasar por Valladolid, llega ahora a nuestro país, aunque supongo que a cuatro salas con cuentagotas.

Yamada, prolífico autor con casi 80 títulos en su haber, nos presenta la versión menos épica del samurai, la más doméstica u hogareña, pero sin renunciar en ningún momento a las bases de su razón de ser: los códigos del honor, el orgullo, la justicia, y en este caso también el amor.

Shinnojo Mimura, es un samurai de finales del periodo Edo, en el siglo XIX, al servicio de su majestad el emperador. Pero a pesar de calzar katana, su labor no tiene nada de belicoso ni siquiera de miliciano. Su proletaria función pasa por probar cada día la comida que le es preparada al emperador, antes de que le sea servida, para evitar así cualquier intento de envenenamiento.

Yamada nos presenta un samurai casado y enamorado de su bella esposa Kayo, quien le corresponde con marital devoción. Sin embargo, como samurai se siente frustrado, pues su función en la corte es un mero y peligroso funcionariado, en el que aun en tiempos de paz, cada día pone riesgo su vida a costa de la del emperador, a quien ni siquiera a llegado nunca a ver. De este modo, acaba cuestionando el sistema político feudal y su insignificante papel en el mismo, y piensa incluso en abandonar ese trabajo de catador para dedicarse por su cuenta a la enseñanza del arte de la katana.

Con este planteamiento tan vigente, tan occidental, Yamada se carga de un plumazo todo el espíritu heroico del samurai, ese carácter épico y romántico del guerrero disciplinado, en ocasiones místico y a veces casi fanático, que tan habitualmente nos ha sido mostrado en el cine y la literatura, para entrar de lleno en la humanidad más cotidiana de ese arquetipo que también es una persona, a la que pocas veces se le ha dejado ver relajada, incluso bromeando en la intimidad de su hogar.

Yamada compone una sencilla ambientación: la casa donde vive Shinnojo es funcional, y las pocas dependencias que vemos del palacio del emperador son discretas, rozando la austeridad, sin adornos estrafalarios aunque sin transmitir tampoco frialdad. Los elementos naturales, sobre todo jardines y exteriores arbolados están bien cuidados y presentes casi en cada plano, y nos transmiten una magnitud de temporalidad plasmando los diversos estadíos estacionales, desde las primeras lluvias primaverales y por otra parte metáfora del inicial conflicto argumental, hasta los vientos otoñales que arrancan y se llevan las hojas caducas, escenario en que tiene lugar el desenlace de la trama, ese en el que a las puertas del invierno, como ya veremos, los protagonistas necesitarán del calor humano para continuar con su vida. Por lo demás, no hay artificios en ningún momento, la apariencia fingida o gratuita no tienen cabida en esta película, en la que como ya dije antes, la historia es más interior.

Y esa historia coge su fuerza cuando tras sufrir un accidente, Shinnojo se queda imposibilitado para trabajar, y su mujer es engañada y chantajeada por Shimada, el administrador jefe del palacio. Es a partir de ese momento cuando empiezan sus infiernos, primero el de haber quedado ciego, después el de perder el trabajo sin posibilidad de reciclarse y empezar la nueva vida que tenía prevista, y finalmente la herida, la estocada en el orgullo y en el amor que, a través de su esposa, el samurai ha sufrido, ese honor que le ha sido robado y mancillado.

Yamada nos muestra al samurai que vive por y para el honor, que sirve a su emperador, y que es (o ha sido siempre) fiel a su condición, y nos lo muestra junto al otro, al cansado, decepcionado, accidentalmente imposibilitado y ahora también herido en los sentimientos esenciales de su razón de ser. Dos imágenes distintas pero indisociables, que conviven dentro del mismo sujeto como los dos pájaros que al inicio de la película están en la jaula.

Para completar la estampa, y tras mostrarnos a este samurai tan humano en medio de un sistema social (el que había entonces) que le acaba por decepcionar, lo coloca en el seno de una estructura familiar que a la mínima ocasión saca a relucir el plumero de la hipocresía, y de los balones fuera.

Sobre estas bases, sin llegar a traicionar al género chambara, el realizador japonés trabaja muy bien la parte emocional, y se gana al espectador con tal facilidad que éste acaba bailando al son de esos sentimientos heridos de nuestro personaje, más que de la habitual sed de venganza, que aquí queda en un plano algo secundario, aunque no por ello menos necesaria. La empatía está de oferta, y así, metiditos en el bolsillo del director, llegaremos a la escena cumbre del final y desenlace de la película.

El ritmo de sus dos horas es muy elegante, dejándonos Yamada ver el desarrollo de la historia en su justa medida, con la cantidad justa y necesaria de información que precisa cada minuto, sin recrearse en lo innecesario, sin mostrarnos por ejemplo lo que hace Kayo, o cómo se lo cuenta a su esposo, no es necesario. En su lugar, el director sabe manejar con deliciosa mano el arte de la elipsis, dejándonos recrearnos en esta ejemplar demostración de que no es lo mismo tempo que ritmo.

No obstante todo esto, la propuesta pese a interesante y transparente, llega a pecar de pueril por lo previsible del argumento una vez lanzado el conflicto, así como por su blandura y generosidad resolutivas. Los hechos se ven venir cual tren de las cinco, y el desenlace está tan cantado que acabar la historia de manera distinta a como lo hace hubiera supuesto una decepción para el espectador ya a estas alturas acomodado y con las defensas bajas.

Una interpretación más que digna de los actores Takuya Kimura (quien ya estuvo a las órdenes de Wong Kar-Wai en 2046) y Rei Dan, debutante en cine con este trabajo, y una acertada y discreta música a cargo de Isao Tomita, no hacen sino redondear un gran trabajo de Yamada, uno más en la larga lista de este realizador de 77 años.

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