Jindabyne

Ray Lawrence, 2006

Cuatro amigos, del pueblecito australiano de “Jindabyne”, en el estado de Nueva Gales del Sur (del que es capital Sydney, para más señas), tienen su encuentro anual para irse a pescar un fin de semana a las montañas de la región.

Una vez puesto su cotidiano mundo en stand-by, ese particular y mundano universo provinciano que les ubica, los cuatro amiguetes se echan al monte, y allí, entre cañas de las de pescar y de las de beber, entre bromas y confidencias de hombres, empiezan por encontrar flotando en el río el cuerpo de una joven muerta. Una joven y desnuda aborigen, que ha sido asesinada y llevada hasta allí poco antes.

Gabriel ByrneLa verdadera intención de la película comienza ahí o, mejor dicho nace, porque ya se estaba gestando tiempo ha y, de hecho, aún tardarán dos días en aparecer las consecuencias, dos días que son los que ellos tardan en volver a casa y anunciar a las autoridades su hallazgo. Porque efectivamente, como la joven ya estaba muerta, no consideran importante dar el aviso, y siguen pescando todo el fin de semana con ella en la charca de al lado, como si nada.

Este hecho irresponsable, y por qué no decirlo, inverosímil y un poco difícil de creer, tiene una trascendencia no calculada previamente por ellos, y no por la simple ocultación del crimen, que para más inri también es un acto que asoma los morros en lo delictivo, sino porque le mete una patada en la espinilla a unas vidas que en lo familiar, en lo social y en lo cultural, ya se estaban tambaleando previamente, durante ese embarazo del que hablaba antes.

Es entonces cuando vemos a los dos principales protagonistas, Gabriel Byrne y Laura Linney, que con bastante rigor y acierto dan vida a un matrimonio con suegra de por medio, que se encuentra inmerso en una crisis conyugal a la que ambos se habían puesto de acuerdo para no mirar a la cara hasta entonces, y cuyo hijo parece encontrar el verdadero afecto fuera del hogar, en su huérfana vecina un par de años mayor que él, y cuyos abuelos siguen más preocupados por lamerse las heridas de la muerte de su hija, que por la educación de la pequeña.

El resto de personajes rebusca también entre sus miserias para terminar de pintar una historia en la que ellos mismos destilan cierto aroma a fracaso existencial, una tragedia que les da el empujón que necesitan para salir al ruedo de los problemas y enfrentarse a ellos o salir corriendo, según el caso; y de fondo una Laura Linney(sub)cultura social con el racismo postcolonialista que hemos visto retratado mil veces en otras tierras y con otras etnias. Esta es la apuesta de Ray Lawrence en su tercer trabajo (Espérame en el infierno, 1985 y Lantana, 2001) que con los bellos y postaleros paisajes del Kosciuszko National Park de fondo, y con un ritmo lento, sin ninguna prisa, como obliga cualquier fin de semana de pesca, nos propone estas dos interesantes horas de cine.

Dos horas sacadas del relato corto So much water so close to home, de Raymond Carver , que no parecen quedar encorsetadas en un principio y un final, pues el guión no se conforma con contarnos un pasaje de las cuatro vidas o las cuatro casas de un pueblo, sino que acaba dejando presente el mensaje de que da igual que neguemos la existencia de nuestros problemas, o que los aceptemos pero resignándonos a ellos. En cualquier momento, en cualquier lugar, otro desencadenante podrá sacar a la luz los trapos sucios, y de decirnos eso se encarga el personaje que aparece en la primera y sobre todo en la última secuencia.

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