Expiación

Joe Wright, 2007

Segundo trabajo ‘a lo grande’ de Joe Wright. Historia (de fondo) de la naciente pasión entre dos jóvenes británicos, de diferentes clases sociales, que se ven salpicados por la falsa acusación de un hecho ajeno a ellos, y que les obliga a separarse, con la segunda guerra mundial llamando a la puerta.

La película arranca con un despertar narrativo más que interesante, donde Wright obsequia tanto a los personajes como a sus intérpretes, con esos momentos pseudo-privados, necesarios para que crezcan y se desarrollen en la retina del espectador, y le permitan a éste fotografiar su personalidad, su momento, o su pensamiento.

Los actores le aceptan el guante y, rozando la excelencia, se nos presentan en unos pocos planos, suficientes para que creamos que les conocemos de toda la vida.

La primera parte de la película transcurre con una adorable parsimonia, en la que la información aportada es la justa, y los hechos los necesarios, ni uno más ni uno menos. Incluso se permite el director un par de deja vùs, con cambio de punto de vista incluido, no solo interesantes, sino oportunos, aunque tampoco sean necesarios.

Pero es tras el incidente acusatorio, es la segunda parte de la película, cuando se me atraganta, cuando la notamos espesarse, y su digestión es más pesada. Aquí los personajes se pierden en su infierno particular, de guerra y/o de desarraigo emocional, pero también desaparece la soltura narrativa que vimos al principio. El ritmo carece de la fuerza que la historia (solamente la historia) podía haberle dado, y Joe Wright no parece encontrar el ingrediente mágico para arreglar este cocido, ni siguiera con el recargado plano secuencia de la playa, tan deslumbrante como innecesario.

Aquí, en medio de la guerra, continuamos con la historia de los tres personajes principales, salpicados por nuevos saltos en el tiempo, ahora ya no tan agradecidos, pues lo poco agrada y lo mucho cansa. El aburrimiento se adueña de uno, y los personajes van de un lado para otro, más perdidos si cabe que el propio director.

Y entre cansinos flashes backs, reencuentros imposibles, y tediosos deambulares purgatóricos, y tras una escena con aspiraciones de clímax autoflagélico, llegamos al final de la historia, a esa elipsis increíble con sabor a epílogo con intención manifiesta y conseguida de descolocar al espectador y decirle: “mírame a los ojos, que te estoy hablando, y te estoy contando de qué va esto, por si el título no te lo ha aclarado antes de empezar”.

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