Death Proof, corramos un tupido velo

No me hace excesiva gracia hablar de esas películas que uno ve y acaba con la conclusión de que ha estado perdiendo el tiempo una hora y media. O dos. O a veces más. Y menos todavía cuando la única sensación que queda es la de que sólo ha merecido la pena verla para poder estar en el ajo cuando se menciona en los corrillos, y así poder hablar de ella yo también. Es el síndrome de la pescadilla que se muerde la cola.

Me encuentro así con el último trabajito del sr. Tarantino, alguien a quien por otro lado sigo en su filmografía con asiduidad, y que por otras cosas que ha hecho me tiene cautivadito. Pero con el último me ha desconcertado totalmente. Y también me desconcierta la variopinta crítica y opinión que voy leyendo al pasar las páginas de la internetpedia, buceando entre portales y blogs, tratando de encontrar algo que sustente esa frivolidad con la que ha saltado a la arena en esta ocasión mi amigo Quentin.

Llegados a este punto, confirmaré lo que vengo ‘introduciendo’ en estas últimas líneas: Death Proof no me ha gustado ni pa’tras, que diría el castizo. Pero ese no es el problema, está claro que no tiene por qué gustarme toda la obra de un director que me atrae. Aún esto podría ser señal de buena salud creativa del autor, de amplio abanico de miras en su obra creativa, de explorar, innovar, de ir más allá de lo que el espectador es capaz de imaginar.

¿De verdad nos encontramos en este caso con Death Proof? Si nos atenemos a lo que leo, parece que sí. Entonces, una de dos: o me equivoco y estoy leyendo lo en fuentes poco doctas (pero numerosas), o me ocurre lo que sospecho que me está pasando desde hace algún tiempo: que cada vez sé menos de cine.

Si tengo que comulgar con la sentencia de que Taranto ha hecho una película magistral, un artificio espectacular, profundo, arriesgado (bueno, eso sí), y con buenos diálogos, creo que voy a acabar con todas las existencias de Almax del gremio farmacéutico de Zaragoza para las próximas dos semanas.

En mi opinión (evidentemente), Death Proof es un ejercicio, un juego si queremos, con el que el de Knoxville se ha querido regodear, recreando, imitando, homenajeando (el socorrido eufemismo de siempre) las películas B de las sesiones dobles de los años 70, como nos han repetido constantemente. Malo cuando nos tienen que explicar con tanta insistencia qué es lo que ha querido hacer el autor; tal vez debido a que los mismos productores, conscientes de lo estrambótica de su idea, piensan que no lo vamos a entender nosotros solitos.

Como ejercicio está bien, me refiero al hecho de ejercitarse, hacer deporte… pero para eso te vas a un gimnasio, entrenas un par de horas todas las tardes, sudas y te duchas. Y a mí me dejas en paz.

El problema es cuando ese ejercicio me lo venden como película, que además pretende ser de culto, y me sueltan todas esas alabanzas que yo no soy capaz de encontrar ni con apuntador, en la cariñosa intimidad de mi sofá.

Si una serie de frases conectadas, que parecen una conversación sacada de una cena de amigos con cubatas y un par de pistos, que no aportan nada sobre la historia que nos están contado, que no tienen nada que ver con el argumento, con el fondo de la historia, con los objetivos y con los conflictos de los personajes, y que lo único que hacen es llenar minutos como el hilo musical de la sala de espera del dentista, si eso va a ser la salsa de la película, prometo no pedir pan para untar.

Si una persecución de coches de 20 minutos con chica en el capó, tan espectacular y arriesgada (lo admito) como inverosímil y sin sentido, si unos personajes se limitan a ser únicamente buenos y malos, si un cazador se convierte en presa con la misma facilidad con la que suben los tipos de interés, si las actrices están buenas y se interpretan a sí mismas, o si tengo que jugar a contar los primeros planos de pies, las musiquitas de anteriores películas del director, las menciones a los títulos de su novia, las enfermeras compartidas, los cameos de la corte de amiguetes del chico, o sus películas en las que hay un tiro de cámara desde el fondo de un maletero, por favor, permitidme que no lo llame cine. O decidme que me equivoco, y me busco otro hobbie, creo que Kill Bill iba de lo mismo, pero en aquella por lo menos el espectáculo visual era digno de disfrute.

Y ahora me voy a ver un DVD que tengo del Circo del Sol, que también es espectacular, y los artistas también se juegan la vida. Pero se llama circo, y eso que la mayoría de sus espectáculos sí tienen un argumento.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: