Mi primer gatillazo

Viajar haciendo turismo por Estados Unidos, con la variedad geográfica y cultural de tan vasto país, es una cosa que siempre me ha parecido fascinante. El típico viaje interestatal en una autocaravana, dejando millas de asfalto bajo los neumáticos, y recorriendo lugares tan bellos como dispares, es algo que me atrae solo con pensarlo. Sin embargo me da un poco de reparo pensar en los espacios vacíos, que en un país en el que todo es grande, se convierten en interminables rectas grises apuntando hacia el horizonte.

En uno de esos desiertos o secarrales parezco encontrarme en estos momentos, en cuanto a inspiración se refiere, pues tras tener todo preparado para empezar la preproducción de mi siguiente rodaje, me he dado cuenta, afortunadamente a tiempo, de que no voy a quedar satisfecho en caso de rodar el proyecto tal como lo tengo en mente. De que no lo voy a disfrutar. De que no me pone, vamos…

La historia me gusta, el mensaje me atrae, la producción parece a priori sencilla… entonces, ¿qué es lo que ocurre? Ni más ni menos que la consumación del peor de todos los males que un hombre puede esperar: el gatillazo.

Cuando todo está preparado, la productora buscando calendario para rodar, el guión técnico prácticamente acabado, el presupuesto reservado en mis arcas patrimoniales, va y resulta que la erección no se consuma. El miembro artístico, el pene creativo está callado, no dice nada, ni se yergue majestuoso, con su soberbia explosión de majestuosidad, aunque la joven sea bella y atractiva.

Llevo lo que ya se puede empezar a contabilizar por meses con esa sensación de poder empezar a rodar un corto del que luego me quiera olvidar enseguida, y es como si lo aprendido con el anterior me estuviera exigiendo estar a la altura de un listón que desde luego no existe, aunque mi subconsciente, o ese bendito canalla llamado amor propio, se empeñen a veces en hacerme creer que sí.

Sumido en una niebla gris, espesa y sucia como el ponzoñoso aire de un bar del casco a las tres de la mañana, me levanto cada día con la renovada esperanza de que recibir la nueva luz, mirando por la ventana antes de lavarme la cara.

Me reconforta saber que esta desazón se me ha presentado antes de empezar, como el augurio a tiempo de un mal presagio o el sueño interpretado de las siete vacas flacas. Igual que en un adelantamiento en carretera, si no estás totalmente seguro, no lo hagas. Probablemente, tras la siguiente curva aparecerá el momento adecuado para iniciar la maniobra. Y entonces me pondré el condón, y a disfrutar.

Os mantendré informados.

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