Ratatouille, alta cocina en París

El cine de animación tiene algo que me deslumbra, y que lo va a seguir haciendo en el futuro, y sospecho que cada vez más. Desde la puerilidad de mi desconocimiento sobre las técnicas de creación de este género, me fascina comprobar cómo cada vez que se estrena una obra de este estilo, salida del horno de alguna de las grandes majors dedicadas a ello, el rizo del detalle visual está más rizado.

En esta ocasión, Pixar se ha dejado los ratones (informáticos) en la recreación de una de las texturas, que por lo que yo sé, más difíciles son de plasmar en la animación, como es el pelo de los animales. La rata protagonista, y sus congéneres secundarios, están magníficamente pixelados en cuanto a su pelambrera se refiere. Pero no es lo único que deslumbra en Ratatouille; a lo largo de los 110 minutos que dura, me he quedado con la boca abierta con los movimientos perfectamente estudiados de sus personajes, los brillos al amparo de luces, fogones, noches y sombras, así como las texturas que hacen casi real ese torrente de agua por las alcantarillas, aquél libro mojado cuyas páginas son pasadas con un movimiento increíblemente real, o ese viejo parís, cuyo retrato en algunos planos generales recuerda a las películas del dorado Hollywood.

Un trabajo que como todos sabemos se va a quedar pequeño en la medida que ordenadores más potentes o programas infográficos más desarrollados ofrezcan a los diseñadores más prestaciones en un campo que pese a los años que tiene, sigue siendo nuevo cada día.

El argumento se centra en Remy, una rata, que gracias a su desarrollado olfato y gusto por la comida, recala en la cocina de un restaurante de lujo parisino, convirtiéndose en el chef secreto que ayudará al joven y patoso Linguini a mantener su puesto de trabajo en la misma, y a recuperar el prestigio que el local había ido perdiendo.

Como todo cine de animación actual, Ratatouille adolece en algún momento de un eterno defecto, aunque no muy acusado, que es el mal matrimonio entre un formato infantil y un contenido adulto. Y es que el éxito debería consistir en dar con la fórmula que anime a los padres a llevar a sus hijos a ver una película que no les resulte aburrida.

En este sentido, nos encontramos con un producto que remonta el bajón que supuso la fláccida Cars, y que consigue entretener a los pequeños, salvo tal vez hacia el final, y por lo excesivo del metraje para un film de animación, a la vez que provoca la sonrisa adulta, y la reflexión transparente, en más de una ocasión.

La trama está bien llevada bajo la batuta de Brad Bird, sin falta de ritmo excepto como digo hacia el final, donde el crescendo no es todo lo acentuado que debería, los momentos de acción y un par de persecuciones son brillantes, los personajes principales y secundarios están bien definidos, y el mensaje de fondo bien clarito, para que a ningún enano en su butaca se le pase que hay que ser bueno con los demás, o que la comida rápida es mala.

Otro par de cosas que llaman la atención son por un lado el vampírico personaje Antón Ego, el antagonista, por si alguien no ha pillado el juego de palabras, crítico gastronómico de aspecto mortecino y residencia con forma de ataúd (atentos al plano cenital de la misma), que tratará de poner en jaque a Remy, con su afilada y rencorosa pluma, y que acaba dejándonos al final una lectura más que interesante sobre el papel de los críticos y su tópica figura; por desgracia no pude disfrutar de la voz que Peter O’Toole le pone en la versión original, teniendo que conformarme con el doblaje español, algo que ocurre siempre en Zaragoza. Y por otro lado, la magnífica recreación de la cocina de un restaurante, en cuanto a su funcionamiento, disposición de elementos, utensilios y, por supuesto la personificación de los trabajadores del lugar. Para ello, se ha contado con la labor asesora de Ferrán Adriá, que además le acaba poniendo la voz a uno de los personajes de breve aparición.

Una interesante, divertida y entrañable película, recomendada para los fans del género y sus vastaguillos.

Y para regusto de vuestros paladares, aquí os dejo la espectacular escena de la llegada de Remy a la cocina, de 9 minutos y medio (VO sin subtítulos).

[http://www.youtube.com/watch?v=KFB1UhV7APs]

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3 comentarios

  1. Tu crítica me ha gustado mucho al igual que el film. Creo que tiene una mirada intersante sobre la industria del cine metaforizada a través de un restaurante. Saludos!

  2. Para mi Pixar son los mejores, en absolutamente todas sus películas. Los más directos y dignos herederos del cine clásico. Y un ejemplo de como calidad y comercial no son términos incompatibles sino que pueden ir perfectamente unidos. Por cierto, ¿y qué me dices del corto que abre la sesión? Sencillamente magistral.

    Abrazos

  3. Budokan:
    En efecto, yo también pienso que es una metáfora, aunque extrapolable a casi cualquier actividad. Insisto en lo interesante que me pareció la crítica hacia el crítico, mediante el personaje Antón Ego, el vampiro que vive de picotear y chupar la sangre de los demás, así como el evidente toque de atención a todos los creadores que viven de la fama y del prestigio de los demás, sin estar a la altura de las circunstancias (me refiero al chef enano que necesita esa escalerilla para ponerse “a la altura”).

    Toni:
    Coincido contigo con respecto al corto del inicio. Lástima que no sea una práctica empleada también en el cine convencional.

    Muchas gracias por vuestros comentario.

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