La masai blanca

Hermine Huntgeburth, 2005

En 1986, Corinee Hoffman, ciudadana suiza de turismo por Kenia con su novio, conoció a Lemulian, un guerrero (reconvertido a pastor de cabras en tiempos de paz) de la tribu o etnia samburu, similar en aspecto y costumbres a los massai, y cayó platónicamente enamorada de él. Allí mismo despachó al novio que volvió solito y con las orejas gachas a la tierra de los cantones, y se fue en busca del nómada. Tras un agotador viaje a través del paisaje africano, Carola llegará a Barsaloi, el pueblo de la tribu de Lemalian, con el objetivo de reunirse con él.

Pero lo que ella alguna vez sintió como el amor más grande de su vida, se convierte en una dura prueba, un choque terrible de culturas en la que ella, en una tierra machista, deberá enfrentarse a su condición de mujer. Años más tarde escribió su autobiografía, que se acabó convirtiendo en un best seller traducido a 16 idiomas, y dando pie a las 2 horas y 11 minutos de película que nos ocupa.

Hermine Huntgeburth, conocedora de aquél país, quedó prendada con la novela, y decidió hacerse cargo de la dirección del film, que protagonizarían Nina Hoss, en el papel de la suiza, aquí llamada Carola, dándole una gran profundidad real y sensitiva, y el francés de origen africano Jacky Ido, en su primer papel principal, dando vida al samburu que atrae la atención de Carola.

La película, lejos de conformarse con la historia de amor, utiliza este pretexto como motor de arranque, para luego, sin dejar de lado la lucha de la protagonista por mantener este sentimiento, adentrarse en el contraste de pensamientos y de culturas que separan ambos continentes. Carola descubrirá que en aquella sociedad ancestral, la mujer es sometida al hombre por derecho, castrada en la adolescencia y fornicada como un animal para mera satisfacción del marido. No obstante, este descubrimiento no es tan traumático como parece, pues lejos de retratar a los indígenas como salvajes, la película los define al amparo de una sociedad establecida, con unos cánones y principios de justicia, respeto (siempre según su cultura), y fraternidad, o incluso con ciertos lastres como la corrupción, muy habituales por aquí arriba. En este escenario, ella pretenderá actuar de occidental, de colonizadora, más dispuesta a anteponer a menudo sus convicciones, su sofisticación primermundista, y su mentalidad empresarial sobre la silvestre y selvática realidad del pueblo indígena, que a asumir su papel de invitada y aceptada, pero aún así extraña, en un mundo que ya estaban allí con su propia idiosincrasia, siglos antes de que ella llegara. El indígena, y por ende su pueblo, demuestran tener más capacidad de aguante y de sacrificio en pos de ese intercambio que, por lo menos al principio, a ambas partes satisface y enriquece. Los momentos difíciles se suceden, y cada uno desde su prisma hará los deberes que crea oportunos mientras no aparezca el “hasta aquí hemos llegado”, y la historia termina con un final que cada uno decidirá si es feliz o no, en base a los acontecimientos vividos por ambos protagonistas.

El rodaje, efectuado en localizaciones reales de Kenia, da lugar a una obra que transmite emoción en cada minuto filmado, con un ritmo muy acertado, y una estupenda recreación de aquellos parajes, tanto en la sabana, como en los núcleos urbanos. La fotografía está bien conseguida, sobre todo en los interiores y en las poblaciones, donde el color prácticamente se respira.

En algún momento la película acusa ligeramente el uso de ciertos clichés o tópicos sin terminar de hilvanar, como el propio conflicto humanitario de Carola ante la práctica de la ablación; o la amistad nacida con Elisabeth (Katja Flint), la única mujer blanca que encuentra, personaje éste último, que junto con el Padre Bernardo (Antonio Prester), están poco perfilados, y resultan casi planos.

El productor berlinés Jürgen Tröster (En un lugar de África 2001), que tiene predilección por este continente, renunció a participar en El Perfume por volver a trabajar en África. Para preparar el rodaje vivió durante meses en Kenia. Se construyeron 60 kilómetros de carretera para poder trasladar todo el material hasta la localización, gracias a lo cual, el pueblo de Barsaloi tiene ahora el mercado más frecuentado de la zona.

Por ello, y por haber creado en 2004 la ONG Samburu Kids, en pro de la escolarización y el tratamiento médico de los niños y adolescentes de estas tribus como objetivo, varias tribus han nombrado a Tröster ‘samburu de honor’, como muestra de agradecimiento.

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