Declaradme culpable, o cómo sacar a un duro de sus casillas

Sidney Lumet, 2006

Ayer caí en una de esas trampas que a veces se te aparacen disfrazadas de casualidad, que fue la de ver una película sin previamente saber nada de ella, una experiencia la mayoría de las veces interesante, pero que a mí suelen descolocarme, como vais a ver. A mis manos llegó “Declaradme culpable”, de la cual yo no poseía información alguna; supongo que algo de ella oiría cuando la estrenaron, como de tantas otras, pero los anaqueles de mi disco duro neuronal son muy limitados, y como para base de datos ya están imdb y algunos amigos a los que desde aquí mando un saludo, supongo que la mandé directamente a la papelera de reciclaje de mi cerebelo. La carátula de esta copia no aportaba nada, únicamente la persona que me la prestó me dijo que iba sobre mafias y un juicio, y que le había gustado. La tarde de domingo invitaba a esa cerveza en una mano, y el mando a distancia en la otra, cual Hommer Simpson, así que sin más preocupación que la de pulsar Play, me puse a verla.

Debido a mi pésima memoria visual (también), soy un nefasto fisonomista; si alguno de los que me conocéis me veis por la calle (excepto círculos íntimos, evidentemente), no os enfadéis si no os saludo: el antipático es mi altzeimer, no yo.

Por ello me costó tanto reconocer al protagonista, tanto que no fui capaz de ello, aunque no conseguía quitarme de la cabeza ese machacante “me suena esa cara” que a veces nos agobia hasta aburrir. No me quedó más remedio que hacer pausa y salir corriendo al imdb, para descubrir en mi sorpresa, que estaba ante el mismísimo Riddick, que se había dejado crecer el pelo, enchironar por la bofia, y enfundarse un traje de 150 $ (o menos) que le sentaba peor que a mí un disfraz de Lara Croft.

Nunca me ha parecido mal actor el señor Diesel (ni grandioso tampoco), pero sí lastrado de cierto encorsetamiento por la inevitable asociación con el matón calvo, de ciencia y de ficción, de la que intentó salir cuidando niños, mal camino en mi opinión. En esta ocasión, el paso dado para salir de ese callejón ha estado más que acertado por varias razones: porque la historia es un thriller jurídico, lejos de fantasías y comedias hiperfacilonas, y basado en hechos reales; porque su personaje mantiene la ironía y el sarcasmo típicos de él, pero supeditado a unas normas legales (el juicio) y sometido a una autoridad (el juez) ante los que debe comportarse e incluso disculparse educadamente; y sobre todo, porque su personaje, Jackie DiNorscio, es notablemente más profundo que los anteriores, y a Vin no le pesa en absoluto cargar con él, con su fracasado matrimonio, con su honesta camaradería, con su marcado sentido fraternal, y con su caliente sangre italiana.

Jackie es el duro, grande, y contundente personaje, pero con sus debilidades y sus miedos perfectamente equilibrados: sus problemas de espalda no le dejan dormir si no es en su sillón, o lo paradójico de que el portavoz y líder de los abogados, y quien tiene que controlarlo e incluso llevarlo de la mano durante todo el proceso, es el actor de reducida estatura Peter Dinklage, algo que también contrasta irónicamente con la grandeza física del protagonista.

Diesel hace un gran trabajo interpretativo que no recuerda al pasado, y que le va a servir para poder abrir la primera página de muchos más guiones que los de quebrantahuesos, o convicto semiciego por los que más se le conoce.

Esto es algo que muchos actores no consiguen hacer con soltura, bien por el impacto visual de sus personajes (superproducciones como “El Señor de los Anillos”), y/o por la pescadilla que se muerde la cola de tener que aceptar los únicos y sempiternos perfiles de personajes speudoclónicos porque ningún avezado productor se atreve a darle otros, o porque ellos mismos no se bajan del burro para reorientar su carrera buscando alternativas, aunque sea de manera paracomercial, contribuyendo así a afianzar la etiqueta rolera.

El encasillamiento, ese fenómeno habitual y frecuente en los contrapuntos de la personalidad humana (dura o blanda, agria o dulzona), lo podemos encontrar, aparte evidentemente de las teleseries, en casos como Sandra Bullock o Meg Ryan con sus melodramas, Matt Damon como tipo duro de conflictivo carácter, Sean Bean, el casi-bueno, siempre malo por poco, o Jim Carrey y el mismísimo Nicholson, dos histriones con piernas. Todo esto hablando de actores de contrastada reputación, pues no me parece pertinente en este artículo volver la vista hacia aquellos otros, mediocres abundantes, encasillados de por vida por no saber hacer otra cosa que interpretarse a sí mismos una y otra vez.

En resumen, una interesante película, y un lavado de cara para un actor que tal vez no lo parecía demasiado. No obstante, a primeros del año que viene lo volveremos a ver por sus fueros habituales, esta vez de guardaespaldas, en Babylon A.D., de Mathieu Kassovitz (Gothika, Los ríos de color púrpura), para después embarcarse a protagonizar Anibal el conquistador, en la que además se dirige a sí mismo.

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