Memorias de una geisha

Rob Marshall, 2005

Años 30. Chiyo, una niña de un pequeño pueblo nipón de pescadores es vendida por su familia, ante las dificultades para mantenerla. Al llegar a la ciudad de Kyoto es llevada a una casa de geishas, que invierte en ella con el fin de convertirla en una de tales, para que revierta posteriores beneficios.

La historia continúa por los tópicos derroteros que exploran los terrenos del aprendizaje, el sacrifico, la rivalidad, y por supuesto, el amor inconfesable e inconfesado. La trama es interesante, con la justa carga dramática como para atraer, pero sin pasteleo; los giros necesarios y bien colocaditos; y unos personajes seriamente trabajados, incluyendo los secundarios, con sus particulares universos. Pero repito, estoy hablando de la historia.

Otra cosa bien distinta es la película, cuya narrativa visual está lejos de la literaria en la novela, carece de la intensidad necesaria para enganchar al espectador, y recurre en exceso a la voz en off cargada y un poco cargante, que fílmicamente no aporta nada, sino que más bien trata de ocultar (sin conseguirlo) los abundantes vacíos que tienen esas dos horas y media.

Dos horas y media que pese a lo interesante de la historia, como ya he dicho, no consiguen otra cosa que aburrir, a medida que van cayendo los hechos uno detrás de otro, sin cohesión, y de manera más que artificial y recurrida.

Los actores están dentro de la discretita interpretación, para la contrastada calidad que ya han demostrado en otras ocasiones, incluso con casos como el de Watanabe, poco explotado en esta cinta, que podía haber aportado mucha más dimensión a su personaje, si se lo hubieran permitido.

En defensa de la cinta, destacar la excelente dirección artística, premiada con el Oscar; la sombra de Spielberg se nota desde lejos. Lo mismo ocurre con la foto, muy expresiva en los momentos adecuados, aunque huele un poco a búsqueda de premio (tanto que también se llevó el Óscar), con esas atmósferas muy bien conseguidas, pero un pelín innecesarias a veces.

Y la música, todo lo contrario, elegante y discreta, con la maravillosa cualidad de acompañarnos toda la cinta, sin desentonar, sin empalagar, y sin pisotear el trabajo visual. Una vez más, la virtud de Williams está en su falta de defectos.

En definitiva, una producción técnicamente correcta, pero narrativamente mediocre, que no hace otra cosa sino darme pena por toda la inversión presupuestaria, en la que además no han tenido en cuenta unos poquitos dólares más para ponerle a Ziyi Zhang y sobre todo a la pequeña Suzuka Ohgo unas lentillas más humanas, que no me hicieran preguntarme durante toda la película si era una actriz, o un clon alienígena.

Mi recomendación: los que hayan leído la novela, a excepción de los amantes de la decoración oriental, que se queden ahí.

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