Sin Perdón, una revisión del mito

ARGUMENTO
1880, Big Whiskey, Wyoming. Unas prostitutas ofrecen una recompensa a quien mate a dos malhechores que agredieron a una de ellas.

William Munny, antiguo criminal asesino redimido, ante la propuesta de Schofield Kid, joven e inexperto pistolero, decide tomar las armas una última vez pese a su actual retiro de la violencia, para resolver su precaria situación económica.

EL WESTERN
El western, uno de los principales géneros de la historia del cine, que se encuentra en vía muerta desde hace décadas, se despereza de vez en cuando, para abrir el tarro de sus esencias, y tras volverlo a cerrar, seguir durmiendo plácidamente el sueño de los justos.

Eso parece ser lo que nos encontramos con Sin Perdón, un film revisionista y desmitificador, que actualiza conceptos y pone al día el género, sin traicinarlo ni quitarle un ápice de su esencia.
En efecto, Sin Perdón tiene todos los elementos típicos del género: El Sheriff “Little Bill”, que utiliza la autoridad que le confiere la estrella, para convertirse en todopoderoso, independientemente de su falta de juicio y ecuanimidad. Bill es aquí un personaje vanidoso, cruel, corrupto, que se ampara tras una placa, y bajo un tejado con goteras.

El fuera de la ley, William Munny, perseguido y moralmente autocastigado por los pecados de su pasado, como reconoce ante su montura. Siempre contra su voluntad, es buscado por la justicia o por idólatras, que lo encumbran como mito, etiqueta de la que huye continuamente. El fuera de la ley siempre encuentra una razón (o la razón le encuentra a él) para continuar alejándose de esa ley, sobre todo si está corrompida.

La mujer, por antonomasia, siempre bien tratada en este género, ya sea como madre, como esposa o como la tópica prostituta, que en este caso también aparece humanizada, con sentimientos claramente buscados, como la justicia, la indignación o la bondad. Además, no solo están socialmente aceptadas, sino incluso son necesarias, tal como se muestra con términos como “hacer servicios”, “contrato” o “producción”, que aparecen en referencia a ellas a lo largo del film. Llegan incluso a cumplir una labor casi humanitaria de válvula de escape a los problemas de sus clientes, metaforizadas a través de la ventana por la que acaban huyendo.

El film cuenta con otros elementos habituales, como las referencias a las armas (se nombran continuamente los rifles), el engrandecimiento de la naturaleza mediante panorámicas de los paisajes, que en este caso no son desérticos, sino fértiles, los exteriores luminosos frente a los interiores oscuros, o localizaciones tan imperdonables como la barbería, el salón o la oficina del sheriff, celda incluida.

LA VIOLENCIA Y EL HONOR
La película avanza con un ritmo lento, a base de diálogos largos y discursos trabajados como los de “Bob el Inglés” o “Little Bill”, ausencia de caballos al galope, y escasas escenas de violencia, aunque algo intensas.

En los inicios del western, la vida del hombre, ya sea blanco o indio, no valía un dólar, y tras el conocido “yo que tu no lo haría” siempre acababa muriendo alguien. Más tarde, con el espagueti western llegó el esperpento, y la casi ridiculización del género y su contenido, como ocurría con la muerte, también fácil. Incluso Sam Peckinpah llegó a encumbrar la violencia, recreándose en ella de forma lírica, con cámara lenta, etc.

A este respecto, la violencia en Sin Perdón no es gratuita, sino que estalla en momentos puntuales, denotando la falta de motivos para ella, y sus consecuencias cuando ocurre. Por ejemplo, podemos ver que la primera pelea se ve pasada la primera hora de cinta. Sin Perdón nos muestra cómo la violencia puede cambiar a la gente. Los tiroteos son los justos y necesarios, y esa paliza de Bill a Bob el Inglés, aunque algo cruel, más que sangrienta es humillante, al tratarlo a puntapiés, como a un perro.

No olvidemos que Clint Eastwood, en 1992, estaba de vuelta de su personaje más conocido: Harry el Sucio, un policía justiciero fascista, que imponía el orden por encima de la ley, a cualquier precio.

Otro elemento que Clint Eastwood repesca del género, y que se encuentra totalmente desaparecido del cine contemporáneo, es el del honor de caballeros característicos de los personajes masculinos. Las miradas a la cara, el estigma impuesto al asesino a traición, el respeto a la mujer, se respira durante toda la película, alcanzando su punto más explícito en el tiroteo del desfiladero, cuando William Munny invita a sus enemigos a que den agua a su moribunda y reciente víctima, al que acaba de disparar.

LOS MITOS Y SUS FANTASMAS
Un elemento del que Eastwood hace una revisión y nos presenta una nueva lectura es el del mito presente en todas las películas, el héroe que aquí es desmitificado, haciéndolo más humano con sus virtudes y sus miserias, desnudándolo para que veamos su carne y sus huesos, con fiebre, pesadillas y miedos, remordimientos…

El trabajo de Eastwood sobre esta desmitificación empieza con el primero de los mitos que nos presenta: Bob el Inglés, un hombre elegante, culto y versado, de porte aristocrático, gran pistolero con encomiables historias de contiendas que lo encumbra a esa categoría de mito, a través de los relatos de su biógrafo. A continuación vemos sus primeros defectos, la prepotencia al manifestar no portar armas, a la vez que muestra su revólver desafiante, la vanidad en la barbería, y finalmente asistimos a su humillación a patadas por “Little Bill”.

Por si esto fuera poco, el mayor descalabro de este mito tiene lugar cuando descubrimos que sus hazañas eran falsas, que su carácter noble no era tal como se lo había relatado al escritor, y sobre todo, cuando desde el otro lado de las rejas de la celda, rehusa el enfrentamiento con “Little Bill”. El mito de Bob es entonces fagocitado por Bill que permite marcharse a su adversario derrotado y ridiculizado una vez más al entregarle su revólver extravagantemente retorcido.

A partir de ese momento asistimos al crecimiento del nuevo mito “little Bill”, con sus historias relatadas al chaquetero escritor, que estaba mal informado antes y podemos sospechar que lo va a estar ahora, con los relatos que el sheriff le hace en su casa con goteras.

En medio de esta desmitificación por un lado, y automitificación por otro, de ambos personajes falsos, asistimos al conflicto del único mito verdadero, el fuera de la ley, cuyas hazañas no son relatadas por ninguna pluma mal informada, sino que son conocidas por el pueblo, representadas en las figuras de sus acompañantes Kid y Ned. Ellos le alientan a dar detalles de sus gestas, y a reconocer esos hechos que él por otro lado intenta dejar atrás. Es la lucha del héroe real, del mito cierto, por no alimentarse de su monstruo y negarse a sí mismo, frente a la sed de gloria y la necesidad de un icono que tiene Kid, que lo idealiza continuamente.

De este modo tan soberbio, Clint desmonta el histórico mito, el héroe idílico y perfecto que el western nos ha retratado durante tanto tiempo, y que probablemente no era más que el escaparate adornado de cualquier persona normal y corriente, con sus grandezas y miserias.

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Una respuesta

  1. Magnífica reflexión y análisis sobre la película y sus personajes.

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