Apocalypto

Mel Gibson, 2006

Centroamérica precolombina. Un poblado indígena es atacado por los mayas, que secuestran a sus habitantes para ofrecerlos en sacrificio a Kukulkan, dios del sol, y aplacar así sus iras. En pleno sacrificio, se produce un eclipse que oculta momentáneamente el sol, lo que hace que el chamán concluya las ejecuciones, diciendo a su pueblo que el dios ya está satisfecho.

Ahora bien, los mayas fueron un pueblo evolucionado, con una cultura tan desarrollada en campos diversos, sobre todo el de la astrología, que sus sacerdotes eran capaces de predecir un eclipse de sol con antelación, sobre todo si era con la luna llena.

Sabido esto, la de Apocalypto es la historia de una civilización relativamente avanzada, que sufre de sequías y enfermedades, y cuyos líderes ofrecen a su población falsos, crueles e inútiles sacrificios de inocentes de otros pueblos, para acabar con la falsa amenaza de unos designios divinos, y mantenerlos, a través de esa amenaza y de ese miedo, tranquilitos y controlables. Creo que algo de todo esto me suena.

La película no es del género épico, su argumento no habla de héroes manifiestos, ni de gestas populares, ni de mitos ni leyendas, sino de un hombre capturado que escapa y es perseguido por la selva. Insisto, su argumento. Tampoco es histórica, pues aparte del cuestionado rigor, no aporta nada relevante sobre los hechos que aportaron trascendencia en la historia precolombina. Ni es una película marcadamente moralista, dado que su mensaje solo es proclamado en unos escuetos diez minutos, allá por la mitad del metraje (la escena del sacrificio).

Así pues, y por eliminación, podríamos encuadrar Apocalypto (nombre griego que significa “comienzo”) en el género de aventuras: Un hombre capturado, que consigue huir y es perseguido a muerte.

En ese corsé, como película de aventuras, es más bien flojita. Plantea un personaje bueno, un personaje malo, y un escenario adecuado: la selva. Y a partir de ahí, a correr. Esquema básico, simple, y repetido hasta la saciedad en la mitad del cine de acción conocido hasta la fecha, que pasa por ahí con mayor elegancia y recursos narrativos la mayoría de las veces. La subtrama de la segunda parte, la gymkana, no me ofrece nada nuevo, salvo un verdor frondoso bien retratado (los hay mejores), y una parodia del anuncio de Movistar protagonizado por Ronaldinho. En la primera parte la cosa fue peor aún, el ataque al poblado está filmado con torpeza y atropelladamente, ni un solo plano general de situación, y con reiteraciones continuas.

El desequilibrio y la irregularidad predominan el ritmo y la trama de esta película. Esa primera parte describe a las civilizaciones: el bueno y el malo, la paz y la armonía con la naturaleza de un pueblo versus el otro con su decadencia, la explotación humana y forestal, las desigualdades sociales y la enfermedad. En este retrato de la sociedad maya, que nos es mostrado sin profundidad, sin apenas rascar más allá de esa superficie polvorienta, sin conceder tiempo a la reflexión, vemos la escena del sacrificio ritual, para inmediatamente después, atarnos las zapatillas y ponernos a correr.
Nuestro personaje, Jaguar Paw, se ha escapado, y pasamos en cuestión de segundos a ver una mala imitación de “Depredador”, “El fugitivo” o “Rambo”, donde el protagonista, cansado y desnutrido por su previo peregrinaje en la caravana de esclavos, en la que estuvo varios días atado de manos y cuello, se regenera milagrosamente de una herida de flecha en el costado, es capaz de correr la distancia que separa ambos poblados con sus captores todo el tiempo a tiro de piedra, se salva en un intenso sprint de la hambrienta pantera con la que compartía rama en el árbol, emerge de un pozo de arenas movedizas después de hundirse totalmente en él, o salta una cascada de cincuenta metros como yo el escalón del autobús. Todo esto mientras llueve lo suficiente como para que se llene un pozo de diez metros de profundidad, que se llena, oigan. Una retahíla de trampas y engaños al servicio de la acción, que contrasta con el rigor histórico que parece haber querido darle Mel a la cinta como contrastan el hielo con el fuego, y que solo funciona si creemos en los reyes magos o en la tercera edad de Elvis.

El final de la historia, renacimiento asentado en falsas esperanzas (el espectador ya sabe que la civilización desaparecerá), vuelve a ser otro plagio, esta vez de “Bailando con lobos”, quedándose sin embargo, bastante lejos de la obra de Costner, no solo el final, sino por supuesto, la película entera, a pesar de tener un fondo primo hermano.

Si Kill Bill estaba cargada de referencias a los clásicos de las artes marciales, Melvin ha hecho parecido, copiando descaradamente (a veces plano a plano) de Depredador, Tin tín, El Fugitivo, Un Yankee en la corte del rey Arturo, El último mohicano, Indiana Jones… con la diferencia de que el de Tenessee avisó abiertamente que había querido hacer ese homenaje (incluso ofreció una recompensa al que encontrara las cien referencias que dijo haber metido en Kill Bill), y Gibson va de autor por la vida, llamando inculto al espectador.

El reparto cumple, para estar formado por actores novatos o aficionados. Rudy y Dalia llevan casi todo el peso de la película, con más bien poco esfuerzo, ya que Gibson no les exige gran cosa. Son unos personajes totalmente planos; los buenos, muy buenos, y los malos, más malos que un dolor. Ni siquiera vemos el sufrimiento del protagonista, ni su preocupación, ni su lucha contra el miedo, debilidad humana que centra el discurso de la cinta, presentado al principio de la proyección con la cita de Will Durant: una gran civilización no es destruida desde fuera hasta que no se destruye a sí misma desde dentro.

En la parte destacable, el diseño de producción es digno, desde el esfuerzo del idioma maya, hasta la ambientación selvática (nada que ver con Malik, maestro botánico donde los haya), pasando por primeros planos de miradas o expresiones penetrantes de algunos personajes-recurso. El discurso fílmico está bien compuesto a partir de la mitad y sobre todo en la persecución, con un ritmo in crescendo y algunos planos de bella factura fotográfica, incluidos preciosos cenitales. y pese a ciertos abusos, como el del ralentí, consigue lo que se propone el director.

Como en anteriores trabajos suyos, Gibson vuelve a mostrarnos la decadencia moral de las clases o pueblos superiores como un lastre para toda civilización, sea maya, escocesa o aramea (esto también era el punto de partida en Mad Max). En este caso, se trata de una civilización en claro declive, obesa, materialista, y probablemente ultrapromiscua. Ahí aparecen los líderes manipuladores de un gobierno teocrático, cometarros de plebes que, para vender indulgencias a los ignorantes creyentes, utiliza sus avanzados conocimientos astrológicos.

Hasta ahí la intención parecía buena, pero la vaca no da para más, y lo que en principio iba a ser una fábula moral, con disertación sobre el autodestino de las civilizaciones, y sobre la manipulación ideoteológica acaba convertido en (y vendido como) una película de aventuras mal rematada. Queríamos hacer paella, pero nos ha salido arroz a la cubana (por cierto, con menos tomate del que pone a la entrada), que también nos gusta, pero no es lo mismo. Y del postre final, mejor ni hablo, a mí no me entra.

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Una respuesta

  1. felicidades por la nueva apariencia del blog, ahora es mucho más actual y menos cavernicola

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