Golpe de timón en los Goya

Ayer domingo, a las 21:30 horas en el Palacio Municipal de Congresos, comenzaba la XXI gala de entrega de los premios Goya de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Una ceremonia no exenta de expectación, a saber, por el cambio de presidencia y consiguiente estilo que se venía barruntando; por el interesante nivel de películas presentadas en general; por el referente hollywoodiense, barómetro que no queremos evitar consultar, y este año menos aún, sacando el pechito algo más que en ediciones anteriores; por la ausencia de Pedro Almodóvar, oliendo a tozudez (hasta que no se ha sabido ganador, no ha declarado el por qué de su ausencia) o por la siempre morbosa bocanada de aire glamouroso, desfile de carrozas, escotes, tacones, poses, cenicientas recién bautizadas y otros monstruos ya consagrados y a vuelta de todo.

Efectivamente, había un interés manifiesto por ver si el cambio generacional que se venía olisqueando iba más allá de un pastel en el escaparate, al que muchos miraban relamiéndose, por si la revolución había derrocado por fin al estilo insulso, pobretón, ganso y lastimero de años anteriores, amén de los despropósitos organizativos que una vez sí, y otra también, teníamos que sufrir espectadores y asistentes.

Y así es, algo ha cambiado. Queriendo aportar un aire de seriedad y elegancia, el escenario amplio y no muy alto iba vestido en rojos, burdeos y dorados, con detalles clásicos como las peanas en forma de medias columnas, que mostraban las réplicas de los premios. Las luces a tono, y en la pantalla de video, tonos oscuros y dorados también. En cambio, la alfombra no pudo ser roja este año, teniendo que conformarnos con el verde Jameson, que para eso paga.

Corbacho realizó un buen trabajo con el guión. El objetivo estaba claro, ritmo y agilidad. Y de algunas cosas podremos quejarnos, pero no de eso. La ceremonia duró dos horas y cuarto, menos que algunas proyecciones en el cine, por lo que la gente no tuvo problemas para aguantar quietecita en su butaca.

No obstante, su presencia como conductor de la gala puede ser comentada, pues me da por pensar que no es el mejor showman que tenemos (de hecho no es un showman). Sin embargo, como vuela bastante por encima de Resines, por citar lamentables espectáculos pasados, aceptaré Corbacho como animal de compañía. Es cierto, el listón estaba muy bajo, y por tanto era presumible una mejora, pero la inercia pesa mucho, y también por eso no resulta fácil parar un tren descarrilado.

El de Homo Zapping es un buen guionista, además de tener pulso para dirigir TV, cine o eventos. Pero su estilo y su gracia salen están maquillados por un carácter duro, a veces incluso arisco, una voz a gritos y una ironía afilada que, a mi entender, no es la mejor manera de conectar con un público. En cualquier caso, insisto, no le estoy dando el suspenso. Virgencita de mi vida, que me quede como estoy.

Ese público, frío y escéptico al principio, parecía pensar lo mismo que yo, pues la aparición de la carroza portando a “Corbacho de Goya y Lucientes” no despertó mucho entusiasmo en las gradas, pese a lo ocurrente de la idea. Poco después, el segundo golpe de efecto provocó ya sí, algo más de calor al aforo, que empezó a relajarse. Y es que ya sabemos que los premiados no deben enrollarse demasiado, pero no hay mejor manera de convencerles que ejecutar en público al que no se atiene a las normas. Por lo visto, la broma en la sala de prensa debió coger a más de uno desprevenido, tragándose hasta las peladuras. Eso les pasa por no hacer los deberes, que a estas alturas ya deberíamos saber que no existe la categoría de “edición musical”.

Tras estos latigazos al caballo, el carruaje de la gala se puso en marcha, y a qué velocidad. Los premios se empezaron a despachar de manera vertiginosa, los seis primeros se otorgaron en un tiempo record, por debajo de los quince minutos.

Luego vino el discurso de la jefa. En contra de la postura habitual de los últimos años, de autocomplacencia por lo estupendos que somos, el mendigueo de ayudas, lo bien que iríamos si el público solo comprara DVDs a precios multinacionales, o hagamos crítica política partidista y tendenciosa, que para eso somos progres aunque no venga a cuento, este año el discurso se ha centrado en el cine, su creación y origen metafóricamente hablando, y las razones que llevan al espectador a verlo y al autor a crearlo, corolarizando con la sentencia algo quimérica de que el cine nos permite que nadie sea esclavo de las ideas ajenas, que es utópica pero queda bien. Aplaudo a González Sinde. Esto sí que huele a renovación.

Con el transcurrir de la ceremonia, llegué a echar en falta fue algún número musical, aparte del habitual homenaje, este año de Estrella Morentes, a los desaparecidos del panorama en el último año. Todavía titila en mi retina el número de Victoria Abril de hace un par de ediciones. A cambio, este año nos pusieron en el menú una serie de gags temáticos made in Corbacho, sobre las películas nominadas, un poco sosos reconozcámoslo, y con más sabor a autopromoción del género de la parodia televisiva, que a homenaje o reconocimiento a las películas.

Los premios iban cayendo, sobre todo para El laberinto. Parece que esta película estaba gustando a los miembros, pues las principales categorías técnicas y artísticas estaban yendo para sus anaqueles. Habría que preguntarse por qué no pusieron esta película entre la tripleta inicial para ir a los Oscar, en vez de Alatriste o Salvador, tan ninguneadas ayer en los premios. Tal vez estaba negociado con México, reconozco que lo ignoro.

Sin embargo, cuando llegaron los pesos pesados de los premios, hubo un cambio y entró en escena Volver, primero con Maura y poco después con Penélope, premio este último que no sorprendió a nadie, como tampoco sorprendía la muerte anunciada de Alatriste. Efectivamente, al final, los dos premios gordos fueron para Pedro I el Pellas, que para eso le habían dado en su día el billete para los Oscars.

Yo particularmente me quedo con una reflexión, y es que normalmente la máxima galardonada (director-película) debería contrastar su triunfo con un determinado acompañamiento de premios a las distintas áreas de su producción, que han sido las que precisamente le han hecho grande. Y digo normalmente, por supuesto dejamos que existan las excepciones. Pero en este sentido, Volver había sido premiada por dos actrices y por la música, mientras, el laberinto ha sido la mejor según la Academia, por una actriz, guión, fotografía, montaje, peluquería y maquillaje, sonido, y efectos especiales. Una película mucho más redonda, más completa, y más elaborada, sólo teniendo en cuenta los premios recibidos en este certamen.

Tal vez pese demasiado la acogida que ha tenido en Hollywood el Fauno, tal vez pese también la decisión de haber mandado Volver a los Oscar. En cualquier caso, eso es la competición, y eso es el sistema de votaciones, que este año ha cambiado, permitiendo votar a todos los miembros de la Academia en todas las categorías. He oído por ahí que el cambio ha sido para mejor, discrepo abiertamente.

En general terminé satisfecho, teniendo en cuenta que me dispuse a ver la gala muy a la defensiva, con poca fe, y con bastante acritud. Creo que la presi ha dado un giro al barco de la Academia, un giro interesante, adecuado y necesario, y ahora lo importante es que ese giro no se quede ahí, sino que se siga remando. Mis felicitaciones para ella.

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