Salvador

Manuel Huerga, 2006

Salvador es la historia de un hombre condenado a muerte y ejecutado en una de las últimas sentencias de este tipo dictada en España el 2 de marzo de 1974, y que está basada en el libro “Cuenta atrás: La historia de Salvador Puig Antich”, de Francesc Escribano.

La cinta se divide en dos partes claramente diferenciadas. La primera es el biopic, descriptivo del protagonista desde el nacimiento de sus inquitudes anarco-revolucionarias hasta el momento de su arresto. Este hecho es el que marca el comienzo del film, y dicho biopic nos lo cuenta el propio Salvador en flash back, a través de la entrevista que mantiene con su abogado Uriol, magníficamente interpretado por Tristán Ulloa.

En esta serie de flash backs, conducidos con una espléndida batuta que les aporta un ritmo preciso, ágil y dinámico, haremos un recorrido por la España de los primeros setenta, y llegaremos al interior del vientre donde se gestaba el germen de la lucha antifranquista. Conoceremos a los personajes que rodearon y acompañaron a Salvador en sus escarceos frente al sistema, y compartiremos o no sus ideales y causas, dependiendo de lo inmunizados que estemos frente a los latigazos de empatía que los directores a veces nos administran. Y no estoy criticando esta actitud en Huerga (Antártida, 1995), pero sí que es cierto que nos tenemos que quedar con la versión que nos ofrece del protagonista de la historia: un joven idealista, culto, amable, simpático, encantador, guapo, cariñoso, etc., demasiado perfecto, que los que lo conocieron podrán decir si era así. Yo no.

Una vez conocido el entorno social, político, cultural, la bomba de relojería que el franquismo tenía debajo del asiento (buen trabajo argumental), pasamos a ser testigos directos de la evolución que lleva el proceso contra Salvador Puig Antich por el asesinato de un policía. Nosotros, que sabemos el desenlace de la historia, asistimos a la tensión que la sombra creciente de la pena de muerte proyecta sobre todos los personajes, tanto el acusado y simpatizantes, como todo el colectivo acusador, bien sean detonantes o parte de la maquinaria judicial. Cada uno, desde su pellejo, sufre o contempla el paso de los meses, los días y las horas que llevan a Salvador hasta su ejecución.

Las dos partes diferentes de la película, no obstante, no provocan ningún cambio de ritmo, la línea narrativa no se rompe en ningún momento, no hay una dicotomía que distraiga o confunda al espectador, sino que el saber hacer de Manuel Huerga, con su demostrado dominio del ritmo (atención a su currículum en TV y organizando eventos y grandes espectáculos escénicos) dota a la película de un cuerpo y un sabor digno de un buen reserva. Incluso se atreve a jugar con ciertos elementos audiovisuales en algún momento, que le dan a la cinta una frescura y originalidad de agradecer, sin que su formato se resienta y deje en ningún momento de ser lo que es, una película.

David Omedes (A mi madre le gustan las mujeres, Haz conmigo lo que quieras) nos ofrece una foto pastosa, ocre, algo deprimente pero con cierto brillo, como la España de principios de los 70. La banda sonora, muy acertada y pese a evocativa, no suena a gastada. Y una ambientación muy trabajada en lo que a vestuario y dirección artística se refiere, junto a una excelente dirección de actores y perfilado de personajes, hace de Salvador una gran película.

En cuanto a los personajes, cabe destacar el papel que juega en la historia el funcionario de prisiones (Leonardo Sbaraglia) que se atreve a mirar más allá del asesino, y consigue encontrar a la persona, tal vez demasiado fácilmente, representando a ese sector de la España conformista y ciega, que poco a poco empieza a abrir los ojos llegando al final incluso a abrir la boca para decir lo que piensa. En su acercamiento al preso, aprende de éste que no es malo escribir con la izquierda, que no es el defecto que hasta entonces se creía.

Igualmente, el resto de personajes cumple su función no sólo argumental, sino narrativa, como Merçona, la hermana pequeña de Salvador, que como las nuevas generaciones, vive el drama casi de refilón y solo hacia el final del mismo; su padre, con una personalidad anulada para pronunciarse, por el miedo al pasado; o Montse, su primera novia, que pese al costumbrismo que marca su conducta, encierra dentro un deseo furtivo de libertad.

El final, triste, tenso, estirado sin romperse, y con el necesario nivel de dramatismo que la propia historia demanda, nos lleva a la emotividad, tal vez fácil pues el tema es propicio, pero no barata ni carente de sentido.

En mi opinión, es la película que debería haber viajado a Hollywood, antes que la ya comentada Volver, o por supuesto, la decepcionante Alatriste.

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