Alatriste

Agustín Díaz Yanes, 2006

Confieso que pese a la objetividad de la que procuro alimentarme antes de ir a ver una película, en este caso no conseguí evitar cierto gusanillo que daba vueltas en mi interior, predisponiéndome a empaparme gustoso de buen cine épico, y esta vez español.

Error pueril. La decepción espera siempre oculta y agazapada, con la paciencia de una araña que ha terminado su tela, a que caiga en ella el pardillo insecto que se ha creído la campaña promocional, incluyendo el trailer (que también suelo evitar, pues cuando no confunde, cuenta la película entera).
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El hecho de no haber leído las novelas de Alatriste me aportaba además esa transparencia de agradecer, que permite ver la película sin patrones con los que compararla, aunque en los casos en los que sí tenía ese conocimiento previo de una obra homónima, he procurado siempre evitar el juego de las comparaciones. No me parece ecuánime discernir entre una novela y/o su representación fílmica, pues ambas son obras de diferente naturaleza, concebidas en distintos medios y con otras pretensiones en cuanto a las sensaciones o sentimientos que reportar. Sería como pretender que un retrato es mejor o peor que un busto de bronce del mismo personaje.

Volviendo al tema de la película, reitero mi decepción con la misma, y paso a explicar el origen de tal estado.

De todos es sabido la estructura que toda obra literaria o fílmica debe contemplar: exposición, nudo y desenlace. El no respeto a dicha estructura no garantiza el fracaso narrativo en todos los casos, pero le abre la puerta en la mayoría de ellos. Y es aquí donde reside el principal (y grave) problema de Alatriste.

El punto de inflexión necesario para pasar de la exposición al nudo, confiriendo la fuerza necesaria para enganchar y cautivar al espectador, no existen en ningún momento, por lo que estuve 150 minutos perdido entre subtramas desinfladas, espadazos desperdigados e intrigas palaciegas de relleno, buscando el conflicto principal del protagonista, que si no llega a ser por el título, todavía estaría pensando quién era (y no es una película coral).

La película está llena de pequeñas historias que no tienen suficiente cuerpo argumental ni juntas ni separadas para ofrecer un producto rotundo, con el empaque adecuado a un film épico. El transcurrir de los minutos provoca un viaje astral que va del interés inicial al tedio constante, apuntillándonos al final con los sucesivos cierres de puertas que Díaz Yanez tiene que ir haciendo, postergando con ello la agonía de la película y del espectador.
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En la parte positiva, cabe reconocer el excelente trabajo de ambientación que se ha realizado, tanto en vestuario, maquillaje o escenografía, así como en el excelente sonido.

La interpretación en general es notable, haciendo casi todos los personajes creíbles y auténticos, y cuando no es así, no es por los actores, sino por el guión, como ocurre con la relación entre Diego Alatriste y Angélica de Alquézar, carente de la química y pasión que deberíamos encontrar.

La fotografía no pasa de discreta, incluso los encuadres dejan qué desear más de una vez.

Un buen trabajo técnico en general, pero con un nulo resultado narrativo, que puede provocar cierta sonrisa irónica en los representantes de los organismos públicos correspondientes, la próxima vez que el grueso de la tropa de la Academia de Cine levante las cejas con cara de pobrecito para volver a pedir pan. ¿Para esto?

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