Buenas noches, y buena suerte

George Clooney, 2005

La película narra el duelo mediático que a principios Edgard R. Murrow, un presentador de la CBS, mantiene contra el senador McCarthy y su famosa caza de brujas.

Nadar contracorriente es algo a veces tan estimulante como arriesgado, y esa es la sensación que tengo cuando comento esta película: me parece muy sobrevalorada.

Empezaré por lo innegable. La cinta es de una factura técnica impecable, sólo por eso ya debería retractarme de lo anterior. Con una excelente dirección artística, nominada al Óscar, nos transporta al mundo de la realización televisiva de los 50, hasta el punto de sentirnos dentro de los estudios, más que viéndolos. La fotografía, dura, casi agresiva, en un blanco y negro que esta vez no recrea, y poco tiene que ver con el del cine de hace medio siglo, pero que concuerda muy bien con la dureza de la contienda, recortando los primeros planos contra la oscuridad del segundo plano.

La interpretación de Davis Strathairn es buena, sobria, mostrando toda la tensión y la guerra perfectamente premeditada y de alto riesgo que está encabezando su personaje.

Y por último, esos momentos musicales como pausas, como televisivas cuñas digestivas (que la película necesita para que su trama no se nos atragante), son absolutamente deliciosos.

Todo esto, a mi juicio, no compensa al film allí donde flaquea. La parte negativa es la propia historia en sí, que pese a su contundencia histórica, no consigue hacerme vibrar. No por falta de fuerza, que la tiene, sino por falta de narrativa, pues Clooney trabaja el argumento como un documental. Los hechos no son fílmicamente creados, sino que asistimos a su retrasmisión, lo cual está muy bien, pero aporta un escaso lenguaje audiovisual, por no decir nada de emoción, de sentimiento de in-justicia o de victoria ante la mentira.

La inexistencia de subtrama alguna (la historia del matrimonio clandestino no aporta nada, además de estar metida con calzador) desnuda los 93 minutos de cinta de cualquier contenido que pudiera desviar la atención del espectador, consiguiendo un indeseado soporífero efecto secundario en algunos momentos; vi demasiada gente en la sala carraspear, moverse en sus asientos, o levantándose al baño, y eso que es la más corta de la cartelera actual.

En resumen, me parece una película interesante, pero poco más, sobrevalorada, y excelentemente cobijada por la sombra de una buena campaña promocional.

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