Estrenada en Zaragoza en el cine Rex, en 1964
A modo de prólogo:
Existen muchas versiones de “El gatopardo”. La que se estrenó en el cine Rex fue la de la Fox. Con una duración aproximada de 160 m., doblada y con el color bien distinto a la original. Para colmo el personaje de Tancredi (Alain Delon) pasó a llamarse Alfonso. La versión original e integra, sin doblar y con el color pensado por Visconti, solo se pudo ver en Zaragoza muchos años después en los Multicines Buñuel y en la Filmoteca. Rebasa los 200 minutos y precisa de una pantalla grande (que no de 70mm. como la del Rex en aquel año), por lo que podemos afirmar que nunca hemos visto esta obra maestra imperecedera en las condiciones idóneas. Exactamente igual sucede con “Ludwig”, en este caso incluso con más versiones todavía.
EL GATOPARDO
I) …“Y después será distinto, pero aún peor. Nosotros fuimos los gatopardos, los leones; los que nos sustituyan serán los chacales y borregos, y todos: gatopardos, leones, chacales y borregos seguiremos creyéndonos la sal de la tierra”. (Don Fabrizio de Salina).
Unicamente Luchino Visconti podía llevar al cine la celebrada (1) novela de Lampedusa. Ambos procedían de la antigua aristocracia italiana; de Milán el uno, de Sicilia el otro. Así que no es de extrañar que esta, y no otra incluso más personal (“Muerte en Venecia”, “Confidencias”), sea la la cumbre del cine de Visconti. La violenta ruptura que supuso en 1.953 “Senso” (2), respecto al Visconti de las urgencias neorrealistas (“Obsesión” 1942, “La terra trema” 1948, “Bellísima” 1851), anunciaba claramente que una etapa había terminado y otra comenzaba. En 1.961 el cineasta italiano concibe su “Gatopardo”, en muy importantes aspectos bien distinto al de Lampedusa. Habría que considerar opiniones como la de Jaime Picas (excelente crítico del “Fotogramas” de los sesenta, nada que ver con los actuales) en el sentido de que “Senso” habría supuesto una especie de ensayo general de “El gatopardo”. La novela de Lampedusa serviría entonces de punto de partida para que Visconti articulase su propio discurso sobre la decadencia de la nobleza a la que él pertenecía –y amó hasta el final de su vida– sin por ello traicionar su ideología marxista. Complejo asunto solo plausible en la “vividora” Italia. El Conde de Modrone enviando el definitivo guión al entonces secretario general del PCI Palmiro Togliatti quien, naturalmente, le dio el visto bueno para estupefacción –y no poco espanto– de Guido Aristarco (3). Tranquilo, seguro de si mismo y en plena posesión de sus medios artísticos, el genial director podía expresar un sueño largamente acariciado; la plena asunción de sus contradicciones con el máximo grado de lucidez. El príncipe Don Fabrizio de Salina (excepcional Burt Lancaster en una poco presumible “a priori” transformación que deviene interpretación que, por sí sola, justifica toda una carrera) sería el primer portavoz de Luchino Visconti, conde de Modrone, antiguo partisano y con carnet del Partido Comunista.
II) …”Todo queda como está, es tan solo una imperceptible sustitución de clases. Los burgueses no nos quieren destruir a nosotros, sus padres. Unicamente quieren ocupar nuestro sitio. Con dulzura, con buenos modales, tal vez poniéndonos en los bolsillos algunos miles de ducados”. (Don Fabrizio de Salina).
El Risorgimiento. La unificación italiana bajo el reinado de los Saboya. Una Revolución traicionada (Garibaldi) que condujo a una Monarquía Constitucional de signo marcadamente burgués. Don Fabrizio de Salina –inteligente, burlón, rijoso– traicionará sus más íntimas convicciones con tal de perpetuar un aposentamiento para una aristocracia que va a ser despojada de sus antiguos privilegios de clase. Este príncipe renacentista “ma non troppo”, concertará el matrimonio de su sobrino, el arribista e inmoral Tancredi (Alain Delon), con la bellísima Angélica (Claudia Cardinale, radiante como nunca) hija del alcalde de Donnafugata (Sicilia) don Calogero Sedara (Paolo Stoppa, excelente como casi siempre), buen burgués, riquísimo, deslumbrado por los fastos y protocolos de la Casa Salina, y que se sentirá integrado en una “clase superior” aunque ello le cueste esos miles de ducados. Consciente de su dimisión moral, Don Fabrizio camina hacia la vejez y la muerte reflexionando serenamente sobre el destino político de su familia, de su clase, de la misma Italia (“este es el país de las componendas”). La culminación de este doloroso y lúcido itinerario será la larga y prodigiosa secuencia del baile en el palacio Ponteleone, trágico desfile de máscaras agonizantes en tonos rojos y negros.
III) …“Para que todo siga igual es preciso antes que todo cambie”. (Tancredi).
“El gatopardo” es uno de los escasos films históricos que no traiciona la verdad y esencia de la Historia. Nada extraño en Visconti (“La caída de los dioses”, “Ludwig”), pero frente al melodrama operístico, “El gatopardo” está exento de convulsiones, desenfrenos o decadentismo ornamental. Muy al contrario, esta absoluta obra maestra (acaso “primus inter pares”) (4) nos es presentada como una crónica fría, distanciada, objetiva –a pesar de las obvias afinidades electivas de Visconti- , clarificadora. Y en la que no está ausente la ironía, matiz este por demás insólito en un autor s-e-r-i-o donde los haya. “El gatopardo” es una suntuosa superproducción en la que se explora un discurso intimista y un período histórico que abarca a, prácticamente, toda la Europa de finales del siglo XIX.
IV) …“Nos hemos casado entre nosotros y hemos dado lugar a una raza de idiotas”.
(Don Fabrizio de Salina).
“El gatopardo” (Palma de Oro en Cannes 1.963 y definido por Jean Paul Sastre como “un Himalaya de belleza”, es el film más perfecto de Visconti. Su hermosura pude arrebatarnos menos que la de “Muerte en Venecia”, mas su energía es muy superior. Ninguna vacilación ni secuencia innecesaria. Acaso el travelling más bello jamás filmado (el que recorre las figuras blanquecinas y terrosas de los miembros de la familia Salina en la iglesia de Donnafugata). “El gatopardo” es implacable y no hay en él decorativismo o decadentismo que no sea mera funcionalidad. Desde la excelsa partitura de Nino Rota (con ayudas de Verdi) hasta la magnífica fotografía (en la versión italiana completa, no en la mutilada de la Fox) de Rotunno en ocres, amarillos, rojos, azules y negros. Un visillo se agita suavemente al principio de la película antes de que la cámara penetre en el palacio Salina. Visconti anuncia ya que ha destapado el tarro de las esencias.
Luis Betrán Colás
1) El tardío descubrimiento del manuscrito de Lampedusa y el impulso mediático de Feltrinelli, consiguieron que esta desigual novela fuese, y sea, considerada una obra maestra de la literatura italiana del siglo XX. Discrepo. Por una vez (hay otras aunque pocas) una novela famosa es superada por su versión cinematográfica. Visconti jamás hubiese filmado párrafos como este “viajaban a Donnafugata en vetustas calesas, hoy lo hubieran hecho en aviones a reacción”, amén de prescindir de la historia de amor/desamor de la pareja Angelica-Tancredi después de la muerte de don Fabrizio, y carente del menor interés en todos los aspectos.
2) “Senso” (1.953), el que fue llamado “film-ópera” es, en si misma, otra de las obras maestras absolutas de Visconti.
3) Guido Aristarco, sumo pontífice en los 50, 60 y 70 de la crítica italiana. El que decidía lo que era neorrealismo y lo que no. El que detestaba a Rossellini y a De Sica por su catolicismo (él era marxista, claro). El que aplaudió a rabiar “Senso” considerándola la mejor película de la historia del cine italiano (hecho que se repitió con “Rocco y sus hermanos”, 1960) y, paradójicamente, se sintió decepcionado por “El gatopardo”. El inventor de la denominación “realismo crítico” para el cine de los mejores Rosi, Zurlini, De Seta, Olmi (¿?), Maselli, Lizzani… Particularmente odiado por “Cahiers du Cinema” y su sucursal española y casposa “Film Ideal”. O sea, interesante.
4) Hace algo así como unos diez años o más, la revista “Dirigido por…” llevó a cabo una encuesta entre sus redactores para elegir la mejor película de la Historia del Cine. “El gatopardo” fue la vencedora. El voto debió de ser muy secreto porque José María Latorre confesó que no lo esperaba. ¿Cómo era posible que no hubiese salido elegida una de Ford o una de Hitchcock?… Por mi parte añadiré que me importan poco esos maximalismos, sin ocultar que se trata de la película que más me ha gustado en mi larguísimo y mantenido idilio con el cine.
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