Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg)

Les parapluies de Cherbourg (Jacques Demy, 1.963)

Estrenada en Zaragoza, en 1964, en el cine Coso

En 1963 se ha producido ya la diáspora de la “nouvelle vague”; los lazos comunes de los Godard, Malle, Truffaut, Varda, Rivette, Chabrol, Rohmer… se refirieron al punto de origen nunca a sus trayectorias. Demy en algo conectaba con sus correligionarios, pero ese algo era nada cuatro años más tarde. “Los paraguas de Cherburgo” debe más al denostado cine francés de antes de la guerra de Argelia que al nacido con la V República. Estos paraguas protegían contra la lluvia del realismo a un mundo poético y algo cursi, cercano a aquel naturalismo poético de los años 40 que convivía en armonía con el existencialismo. “Les parapluies…”, hereda antes a Cocteau que a Becker, y mucho más a René Clair que a Jean Renoir. Y, por supuesto, ninguna relación con Godard (alabado sea Nantes). Demy elige la escala musical para narrar “Los paraguas…”, pero ¡más difícil todavía!, en cuanto a cineasta reduce todas las posibilidades de esa escala a una sola nota (lírica y romántica, bien sur). Casi enfermizamente sentimental deviene esa nota a la que somete a todas las distorsiones de que es capaz, para encontar una unidad de estilo que no le abandona hasta la última imagen. “Los paraguas…” del desaroollo lineal acabado, que unos verán como la apoteosis del mal gusto -el kitsch a lo Milan Kundera (1)- y otros calificarán de sublime.

Desgraciadamente para Demy, estos últimos lanzaron sus alegres elogios muy cerca del día del estreno (en Francia, claro). Y el sombrío tiempo parece haber agriado el azucar y desteñido el hermoso cabello de Catherine Deneuve. Pero como la historia del cine cabalga a lomos de “vagues” más o menos nuevas, nadie podrá impedir que los colegas de su autor –que utilizaron las películas de las que eran directores como arma disuasoria frente a los auténticos antecesores de “Los paraguas”– vean de nuevo ante sí aquellos viejos films invalidados por su cháchara (ja, ja, eso pensaban ellos), resucitados, no milagrosamente, por una apreciación del cine siempre oculta tras la exposición brillante de la moda. Y siempre dispuesta a resurgir con una carga de virtudes y defectos que, mezclados ambos, forma parte de un patrimonio artístico tan insumergible como la Molly Brown del folklore americano (2).

Los sonetos de “Los paraguas de Cherburgo” son de una sencillez de cuento de hadas. Parece que la única historia que Demy se sabe, a nivel de su mundo creativo, constituye “Lola”; y la intensifica en aquello que juzga la médula de su creación. Retratarla sí; pero que cumpla satisfactoriamente para el fin propuesto: agotar la inspiración del supuesto artista. Se podrá argumentar que escaso bagaje era ese para quien busca el calificativo de autor, pero el mundo de Cherburgo es el Macondo de Demy. Fuera de él la vida se desarrolla difícilmente. Solo en él los personajes viven, la historia fluye y las melodías devienen clásicas. Es el mundo de Peter Ibbetson, el Shangri-La de la provincia francesa. Fuera está la guerra, el dolor y el olvido al país del pan y la miel, donde llegó Jacques Demy tras escarbar entre todas las historias y personajes de “Lola”, para hallar aquellos que fueran capaces de materializar sus sueños adolescentes.

Que la película sea cantada no hace sino añadir un elemento accesorio a algo que ya aparecía previamente determinado en la concepción del film. Y, de alguna manera, las melodías de Legrand, escasas para una audición de hora y media, no hacen más que añadir nuevas limitaciones a una obra nacida tras un proceso depurador que trajo como resultado un desarrollo en un nivel monocorde y de por sí limitado: como para que el juego sentimental apareciese con mayor fuerza, si cabe, y no existiese infiltración alguna de la realidad que impidiese la intensidad lírica pretendida por el director.

Cine vulnerable, como todo aquel que procede de lo más profundo de un ¿artista? que, sin por ello dejar de serlo, se ve incapaz de complejizar la obra al nivel requerido por la demanda, acostumbrada a unos temas y a una gramática en las antípodas de este “petit poéte” sincero, provinciano. Sin más vuelo que el remonte de la torre de la catedral de Nantes (3).

Deliciosa flor de estufa que, aún algo marchitada por los años, no ha perdido del todo su gozosa fragancia.

Luis Betrán Colás
El ojo del diablo

  1. En su magnífica novela “La insoportable levedad del ser”, Milan Kundera se permite una digresión sobre lo “kitsch” realmente memorable.
  2. Los cineastas anatematizados por la “nouvelle vague” y su revista “cultural” -los famosísimos Cahiers du Cinema, en mi discutidisima opinión la más nefasta y, desgraciadamente, tambien influyente de las publicaciones especializadas– fueron Julien Divivier, Claude Autant-Lara, René Clair, Ives Allegret, Marcel Carné y un no corto etc.
  3. Nantes es la ciudad en la que nació Jacques Demy y en la que se vive en el film. La esposa del directot, la notable Agnés Varda, compuso un sentido homenaje a Demy (fallecido en 1.990) en “Jacquot de Nantes”, excelente y emotiva película de una viuda sin consuelo posible.

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