2.OO1, La odisea espacial de Stanley Kubrick
Hace unos días se cumplían cuarenta años del estreno de esta película de Kubrick, justo poco después del fallecimiento del autor de la novela en la que se basó. Aprovechando semejante onomástica, aquí os dejo un interesante estudio sobre esta fascinante película.
Hay en la utopía un juego cerebral, un juego vertiginoso que, sin remedio, tendría que seducir a Kubrick antes o despues. Y situar una acción en el año 2.001 es situarse más allá de ese derrumbamiento de la civilización que Kubrick ha ilustrado en “Dr. Strangelove” con tintas negrísimas. Tambien significa situarse
en un mundo dominado por la técnica. El objetivo de la cibernética está en la sustitución del hombre por la máquina en todos los trabajos inferiores, en todo cuanto es mecánico o intermediario. Si no es posible traspasar lo humano, en cambio sí es posible reabsorber o destruir lo que es inhumano y reemplazable por la técnica, hasta reducir a su 0,01 por 100 la parte intelectual del ser humano. Entonces el hombre sería totalmente mecanizable y ya no habría hombre en sentido estricto. Era inevitable que una ciencia como ésta inquietase a Kubrick a causa de su pasión por la “acción conducida”, por la mecanización del ser vivo. Tal es lo que expresa en “2001″. Encontramos la angustia del artista ante la mayor interrogante del hombre, la que ya formuló Pascal: “¿Por orden y por conducto de quién me ha sido destinado este lugar y este tiempo?”.
Es a partir de estas preguntas que le atormentan -las sempiternas ¿de donde vengo, quién soy, a donde voy? -desde donde Kubrick ha compuesto su sinfonía visual, ese misterioso poema que es “2001″. Kubrick ha concebido un film que trastorna y envejece -hoy y para siempre- a toda la ciencia-ficción.
Una de las trampas que con más frecuencia acechan a la ciencia-ficción es su incapacidad para salir de una visión antropomórfica del cosmos. Hay cien millones de millones de estrellas en nuestra galaxia y hay cien millones de millones de galaxias en nuestro universo visible y, en este panorama, uno de los temas privilegiados es el de la existencia de otras civilizaciones. Sin embargo es dificil imaginar mundos diferentes sin recurrir a “medidas humanas” y, por ello convertir las medidas reales o posibles de esos mundos en algo irrisorio. Kubrick señala que el pensamiento humano es, frente a la posibilidad de existencia de otras civilizaciones no humanas, completamente impotente. Kubrick dixit: “Algunas palabras deben situarse a un nivel en el que lo humano no puede situarse. Estos seres es posible que tengan poderes incomprensibles. Muy bien podrían estar en comunicación telepática a través del
universo entero. Es posible que posean capacidad para enfrentarse y para condicionar los acontecimientos de una manera tal que a nosotros nos parezca divina. Incluso podrían llegar a representar una especie de conciencia inmortal que forme parte del universo. Cuando uno comienza a interesarse por este género de temas, las implicaciones religiosas son inevitables, porque todos esos caracteres a que me referido son los que generalmente se atribuyen a Dios. Es asi como nos encontramos con una definición de Dios perfectamente científica”.
La fuerza de “2001″ reside en la confrontación de nuestra civilización con otra, conservando el misterio de ese enfrentamiento. El monolito negro aparece al mismo tiempo como una amenaza y como un signo de esperanza en los tres momentos decisivos de la evolución humana: vemos al mono aproximarse de manera temerosa a él y, acto seguido, le vemos descubrir el uso del hueso de un esqueleto como arma, primer paso de un dominio técnico del mundo. Pero ese descubrimiento, llevado a cabo bajo el signo del miedo, le conduce a servirse del hueso para matar a otro mono. Las relaciones entre el miedo y la agresión, omnipresentes en la obra de Kubrick, se encuentran expresadas en esta escena de una manera cautivadora. Ese hueso lanzado al aire por el mono convertido ya en hombre (porque el miedo animal ha cedido su lugar a la angustia humana) se transforma, en la otra punta de la civilización, mediante la más genial elipsis de la historia del cine, en una nave espacial que se dirige a la Luna. El misterioso monolito vuelve a aparecer en la superficie lunar emitiendo extrañas señales, siendo objeto de estudio de los astronautas y precediendo esta vez a ese gigantesco salto en lo desconocido que es el viaje hacia Jupiter. Es finalmente, en otra dimensión del tiempo y del espacio donde el monolito vuelve a aparecer, mientras que un anciano dirige sus dedos hacia él, gesto que preludia el nacimiento de un nuevo hombre. “2001″ es una demanda de respuesta a la suprema interrogación del sentido de la vida.
El oratorio de Ligety que sirve de leit-motiv musical a la presencia del monolito abunda en la idea de que toda tecnología suficientemente avanzada es inseparable de la magia y, curiosamente, de una cierta irracionalidad. Ese acompañamiento de coros nos introduce en lo desconocido, como la utilización por Kubrick de los primeros compases de “Asi hablaba Zaratustra” nos orienta sobre sus intenciones profundas. El poema sinfónico de Richard Strauss no es más que una maravillosa ilustración de la visión de Nietzche, como lo es de la película de Kubrick, a su vez otro poema sinfónico. Ambos poemas sinfónicos prolongan el eco de una recreación artística completamente autónoma. La muerte de Dios debe comprometer al hombre a superarse a si mismo, y “2001″ propone la misma progresión que existía en la obra de Nietzche; el pasaje del mono al hombre y, despues, del hombre al superhombre. El título que precede a la primera parte del film, “El amanecer del hombre”, puede valer para la obra entera. El feto que aparece al final confundiéndose con el planeta, ese nuevo ser al borde de un alba nueva, es la expresión de un eterno retorno. Puede comprobarse hasta qué punto Kubrick despoja al hombre de su individualidad; lo más singular de “2001″ ocurre en el momento en que Kubrick plantea la interrogación humana fundamental y, entonces, priva a su universo de personajes. Esta búsqueda metafísica es llevada a cabo únicamente por David Bowman despues de la muerte de su compañero Frank Poole y de los tres científicos en hibernación. Conocemos a los padres de Poole, hemos visto en la televisión de la plataforma giratoria a la hija del dr. Heywood, pero ignoramos todo acerca de Bowman, nada sabemos ni de sus gustos ni de su pasado. Es el hombre abstracto, el hombre tal como lo imaginó Nietzche, como puente y no como fin, como una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una
cuerda sobre el abismo. El tema de Richard Strauss es conocido como el de “El enigma del universo” y es introducido en la banda sonora del film por una linea ascedente de tres notas, cifra tres que volvemos a encontrar en la evolución de la humanidad vista por Nietzche y por Kubrick, y a reencontrar en la presencia de las tres esferas que siguen a los títulos de crédito; la Luna, la Tierra y el Sol, cifra tres que es una clave de la película, número mágico que es tambien el número de las dimenciones conocidas y que finalmente es abolido en el paso a la cuarta dimensión anunciada por el monolito cuando aparece entre las tres esferas.
El paso a la cuarta dimensión acarrea un desplazamiento en el espacio que a su vez acarrea un desplazamiento en el tiempo, y es para David Bowman el momento de la gran prueba, esa prueba final que conocen todos los personajes de Kubrick. Bowman, repentinamente envejecido, reencuentra a su doble, despues a un otro-yo más viejo aún acostado sobre una cama y respirando dificilmente (la respiración entrecortada es una de las obsesiones del autor). La muerte del hombre es un nuevo comienzo. Y los ojos inmensos del feto que camina en el espacio reflejan la misma mirada angustiada que vimos en el mono de los primeros tiempos. Un rostro inquieto que sueña entre los astros.
El humor es uno de los elementos esenciales de “2001″. En una primera parte, por demás impresionante, con sus paisajes inmensos y desérticos en los que los leopardos atacan a los monos y velan durante la noche sobre el esqueleto de una cebra, se va imponiendo poco a poco una mirada irónica que nos ofrece, sin dejar la prehistoria más arcaica, un resumen bastante fiel de la historia de la humanidad. No necesita Kubrick reconstruir los miles de años que separan el origen de la especie al descubrimiento del Cosmos; en algunas etapas (señaladas por fundidos en negro) que conducen del mono al hombre, plantea el conflicto del débil y el fuerte, la lucha por la posesión de un manantial de agua, la búsqueda del alimento, la organización en bandas rivales y las querellas territoriales. En el hotel H
ilton de la plataforma orbital, o a bordo de la astronave Discovery, el hombre es visto y analizado con el mismo sentido irónico que Kubrick empleó para exponer el mundo del mono. El intercambio de banalidades, las formas vacías de la cortesía, los discursos huecos, la sospecha recíproca entre sabios rusos y americanos, las fotosouvenirs de los exploradores en la Luna, el ridículo “feliz aniversario” entonado por los padres lejanos y orgullosos de su vástago cosmonauta, o el papá que no sabe qué decir a su hijita a través de la televisión, los gags alimenticios, los retretes sin gravedad, etc. El mundo de “2001″ es el universo de la separación, en el que cada ser es sorprendentemente indiferente, prisionero del papel que le han atribuido, viviendo en una soledad helada que ya anunciaban las obras precedentes de Kubrick -y que ya es reconocible como “modus vivendi” generalizado en el inicio de los noventa-. Los fantásticos progresos de la técnica no están acompañados por una evolución moral ni emocional comparable, y la inadecuación se hace mayor aun entre el hombre y el mundo que ha sido capaz de crear. La audaz idea de utilizar “El Danubio Azul” permite sugerir la atmósfera de las estrellas y de los planetas, con un humor eufórico que desliza soterradamente ese punto de nostalgia que tanto le gusta a Kubrick hacia una época en que las notas de Johann Strauss acunaban a los ocupantes de la gran noria del Prater vienés.
Podemos ver por qué serie de ecuaciones Kubrick puede igualar el mono al hombre, el hombre a la máquina, para trastornar más fuertemente la buena conciencia satisfecha de los espectadores. Si en su film precedente, el dr. Strangelove se convertía en un autómata inquietante -como años despues los marines convenientemente adiestrados de “la chaqueta metálica”-, gobernado por reflejos condicionados, aqui lo que se convierte en algo humano es la máquina. Hal 9000, el computador encargado de controlar el viaje a Jupiter, único ser que conoce el fin fijado por los sabios, es un ser emocionante, a la vez dulce e insinuante, curiosamente asexuado, gran aficionado al ajedrez, y que termina por romper el delgado hilo que permitiría llevar a buen fin la exploración. En “2001″ tambien aparece el error, el “fallo, el desorden se instala en ella con la vertiginosa caída en el espacio y en el tiempo que es el preludio de una regeneración. Esta vez Hal es
el autor; la máquina y no el hombre, pero una máquina que se revela contra su misión y, tal vez a causa de su angustia, se venga de los que no se fían de ella. La muerte de Hal, esa lobotomía que lleva a cabo Bowman en los circuitos pensantes del computador, es una de las secuencias más agudas y percutantes de toda la obra de Kubrick, acaso insuperada en más de veinte años de cine. Las palabras suplicantes: “Tengo miedo Dave, mi espiritu se me escapa, puedo sentir como se me va. Buenas tardes señores. Yo soy un buen computador. Me hice operacional en enero de 1.992″, y despues la canción melancólica de su juventud: “Daisy, Daisy, dame tu mano, estoy loco por ti”, y la voz que se extingue lentamente, cada vez más grave, para morir en un estertor interminable. Por un admirable sentido de la dosificación, Kubrick prohibe al humor subyacente en la escena destruir la emoción que rodea la agonía del computador paranoico. Esta escena indescriptible es la clave de la obra entera del gran cineasta: asistimos en ella al asesinato de las funciones cerebrales, a la agonía del pensamiento abstracto (tema del penúltimo opus de Kubrick, “La chaqueta metálica”, tan groseramente incomprendida), y todo ello en medio de una canción que evoca el amor, la muerte y la locura (las canciones de amor, muerte y locura con que finalizan “Senderos de gloria”, “Dr. Strangelove”, “El resplandor” y “La chaqueta metálica”). Paradójicamente Hal es el único personaje verdadero de la película, heredero en su inquietud y su demencia de anteriores personajes del autor. Los dos astronautas son prisioneros de su nave, están espíados por la mirada omnisciente de Hal, e incluso cautivos del espacio, como Bowman cuando se encuentra en el exterior de la nave. Entrando en ella a través de una salida de emergencia, Bowman emprende la tarea de liberarse, de poner fin al acoso afrontando su destino solo él a bordo.
Para Stanley Kubrick, “2001″ es un salto capital en su carrera y una cumbre que nunca podrá remontar, aunque en la maravillosa y gélida “Barry Lindon” escaló otra cima menos revolucionaria, pero bellamente decantada en su inmutable clasicismo. La preparación literaria le llevó un año, la organización del films seis meses, el rodaje con los actores cinco y, finalmente, el trabajo sobre los efectos especiales un año y medio. Lo habitual en el Kubrick posterior a “2001″, maníaco perfeccionista tan paranoide como el mismísimo Hal 9000. Sería inútil detenerse sobre las garantías científicas obtenidas por Kubrick. Lo que hace singularmente dificil el acercamiento crítico a “2001″ es su carácter específicamente visual que le hace escapar a todas las categorías conocidas del cine. Con “2001″ Kubrick aniquila la dramaturgia clásica; la forma es el fondo del film, en si mismo un viaje en el espacio, una experiencia sensorial o el más bello film “underground” jamás realizado. Kubrick ha cuidado que el espectador se oriente más hacia las imágenes que hacia las palabras. Los que no creen en sus ojos no serán capaces de apreciar esta película.
La letanía de adjetivos que ha saludado el éxito estético del film (y la no menos larga de estúpidos denuestos, particular y casi exclusivamente celtíberos, sobre su pretenciosidad y “carga seudointelectual” (ya se sabe, las buenas películas pertenecen “en exclusivité” a los profundos pensadores Hitchcock, Hawks and. co.), el esplendor de sus decorados y de sus colores, no ponen en duda su soberana belleza. Todo lo más puede decirse, con Arthur Clarke, que si el próximo film de ciencia-ficción debe ser mejor que “2001″ no tendrá mas remedio que rodarse en escenarios naturales. El paso del tiempo, las mentecatas sagas galácticas, las millonarias niñerias de mr. Spielberg, los diversos terminators, han demostrado este aserto con creces.
Si el hundimiento de la galaxia, la entrada en el agujero negro, la evocación del “big bang”, los muros de luz que se desgajan, sus polvaredas infinitas, sus emanaciones glaucas, incandescentes, seguido de la llegada sobre un suelo verde y malva con el mismo ruido de viento y olas que tambien acompañaba el alba de la humanidad, son experiencias “alucinantes”, la verdad es que escapan a todo intento de descripción. Al término de este viaje sicodélico, de este descubrimiento del infinito, el crítico-espectador se encuentra sin esperanzas de comunicar su experiencia, su soledad absoluta, drogado, emocionado, saboreando su felicidad y, finalmente, despues de toda esta palabrería, reducido al silencio.
Post’scriptum:
Estas reflexiones siguen el hilo del recuerdo nostálgico de una gran sala de cine con estereofonía e inmensos 70 mm. La visión de “2001″ en TV es una dolorosísima reducción que empequeñece la más sublime grandeza y la enlata en infame conserva, llámese VHS o DVD.
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Fascinante Kubrick… :)
Saludos
Doctor,
Crítico de blogs