CAMPANADAS A MEDIANOCHE (Título inglés “Chimes at midnight”), de ORSON WELLES. Producción española de Emiliano Piedra y Angel Escolano, rodada integramente en España.- Estreno mundial en el cine Coliseo Equitativa de Zaragoza
Vaya por delante que “Campanadas a medianoche” puede que no sea el mejor film de Orson Welles, puesto reservado por los siglos de los siglos a “Ciudadano Kane” (Citizen Kane, 1941). Para el que suscribe, y aún reconociendo que la tantas veces proclamada mejor película de la historia del cine le parece una revolución absoluta en las formas estéticas del Séptimo Arte y, faltaría más, una cumbre casi inaccesible, el mayor film que se hizo nunca basado en Shakespeare (y los hay excelentes firmados por cineastas tan diversos como Max Reinhardt, Kozintsev, Kurosawa,
Manckiewicz, Zeffirelli, Kautner, Branagh, el propio Welles….) que no es otro que “Campanadas a medianoche” le produce una emoción suprema y le parece la obra más sentida de Orson Welles. Concluyendo el prefacio: una de las películas que me llevaría a la isla desierta. O sea, bellísima. O sea, una obra maestra (y perdón en esta ocasión por la redundancia de un término que me disgusta utilizar sin justificada causa) tan grande o más que el inmortal ciudadano. Cuando se estrenó en Zaragoza, Joaquín Aranda empezaba su crítica en “Heraldo de Aragón” con la más obvia de las frases: “grande es Orson Welles pero más grande fue William Shakespeare”. Amén.
La vejez aparece como uno de los temas más queridos por Shakespeare. A lo largo de su incomparable galería de “dramatis personae” destacan dos ancianos tremendos: el rey Lear y sir John Falstaff (“Enrique IV”, “Enrique V”, “las alegres comadres de Windsor”). Si el primero es un perfecto cerdo al que llegamos a querer porque también es la dolorosa imagen de la majestad caída, Jack Falstaff es un redomado bribón, resabiado, ladino, sin escrúpulos, grosero, borracho, lujurioso, egoísta y cobarde. Un auténtico “hideputa” como le llama Jeanne Moreau. Los dos terminan malamente sus días: Lear traspasado de dolor y de locura ante el cadáver de Cordelia, su única hija leal. El gordinflón Falstaff víctima de la soledad y de su propia decrepitud tan maltratada y brutalmente evidenciada por la traición de su antiguo amigo y compañero de juergas, ese príncipe Hal ya convertido en Enrique V. La ausencia de amor iguala en la muerte al soberano antipático y al granuja simpático.
En varias ocasiones Orson Welles había manifestado su deseo de concluir su filmografía shakespeareana con “Falstaff” y “King Lear”, rematando así un ciclo iniciado con “Macbeth” (1948) y “Othello” (1952) y que constituiría un homenaje al mayor poeta dramático que haya conocido el teatro y la literatura. Al isabelino vate de Straford. Al genio que se representa hoy como hace quinientos años y que así será y seguirá en todo el orbe porque nadie como él explicó los mil y un aspectos de la condición humana.
Como siempre en Welles, artista brillantísimo y desordenado, el ciclo ha quedado inconcluso(1). “Campanadas a medianoche”, magnífico guión que usa elementos de los dos dramas y la comedia antes mencionados, ha resultado ser la última obra del tándem Shakespeare/Welles. Y la mejor con notable diferencia, dicho esto sin menosprecio alguno hacia la notable “Macbeth” y la excelente “Otelo”. “Campanadas a medianoche”, no obstante, se erige como la cima del gran Orson y una maravillosa película impregnada de inigualable poesía.
Este grandioso film no evita participar del narcisismo wellesiano, entendiendo por ello que Shakespeare es el punto de partida para que Welles se apropie del personaje bombón (bien lo sabía asimismo el octogenario Verdi cuya postrera ópera no fue otra que la estupenda “Falstaff”). Se presenta por otra parte como una suerte de modesta y disparatada “superproducción” –como todas las películas del cineasta de Wisconsin, salvo “Kane”- rodada en nuestro país al igual que la desquiciada “Mr. Arkadin” (Confidential report, 1955 y el muy hermoso mediometraje “Una historia inmortal” (The inmortal story, 1968). Y a fe que el director/actor ejerce el derecho de pernada. Su prodigiosa inventiva, su desbordante imaginación visual hacen milagros. Monasterios románicos travestidos de castillos ingleses y el ralo paisaje de la Casa de Campo madrileña metamorfoseado en campiña británica y escenario de la más impresionante batalla que uno recuerde en una pantalla de 35 mm. Un combate sucio, confuso, lleno de sangre, sudor y lodo, en el que perece lo más noble de Old England o Merry England (vieja y alegre Inglaterra).
Como es sabido, la necesidad hace virtud y el cineasta agudiza el ingenio sirviéndose de lo que dispone. Como un rechoncho y vanidoso emperador del cine, mezcla de Napoleón y Ubú, pasa imperturbable por encima de adversidades, filma larguísimos monólogos –de arrebatadora belleza aquél que empieza por “Oh sueño, dulce sueño” recitado por un inconmensurable sir John Gielgud (Enrique IV) con el rostro iluminado por cegadora luz cenital, o el de mrs. Quickly (entrañable Margaret Rutherford) narrando emocionada la muerte de aquella bola de sebo que siempre le debía dinero-. “Campanadas a medianoche” es un film sereno, inmerso en las pequeñas alegrías y las grandes tristezas de la senectud, lejos de las puestas en escena barrocas que tanto gustaban habitualmente a mr. Welles. Conmovedor el artista en esta triste y bufa historia o en esta divertida comedia arrasada por la morbidez. Como sir John falstaff, la mejor prestación actoral del ya maduro Orson. Gordísimo, lleno de arrugas y lobanillos, lascivo y borrachuzo, adorable lechoncillo como otra vez le insulta Jeanne Moreau (la mejor actriz del mundo según Welles). Esta vez el actor tan pagado de sí mismo o tan caricaturesco que fue Welles, me cae irremediablemente simpático. Cosa que no me sucede ni con Charles F. Kane, ni con Macbeth, ni con Otelo, ni con Hank Quinlan, ni con Gregory Arkadin. No deja de ser un agradecible gesto de humildad en tipo tan fatuo el hecho de que su “héroe” muera sin que nosotros lo veamos, evitando el tentador “morceau de bravoure”.
Esta película brillante es de Welles sin dejar de ser gran Shakespeare. El estilo del monstruo de Wisconsin se expande generosamente en la fábula, poco fabulosa, de la amistad traicionada por el poder. Los momentos álgidos del gran bardo se traducen en secuencias que les hacen justicia. Las hemos citado; añadamos la partida de lord Percy hacia la guerra (Norman Woodland y Marina Vlady), el rechazo del ya coronado Enrique V (Keith Baxter) al anciano y derrotado Old Jack. Escenas que constituyen los instantes más bellamente líricos de toda la filmografía del gran cineasta.
Esta dolorosa elegía concebida por Shakespere y re-creada por Welles contiene en sus imágenes en blanco y negro toda la sabiduría del mundo.
Y es que como dice maese Robert Shallow a sir John Falstaff “Jesús, Jesús, las cosas que hemos visto”.
Luis Betrán Colás
1) Simplemente a beneficio de inventario ahí van las más llamativas películas inacabadas de Welles. Algunas se han remontado el celuloide y otras ni aún eso.
It’a all true (hay montaje de lo filmado por Welles en Brasil)
Don Quijote (montado lo filmado por Welles por Jesús Franco)
The deep
The other side on the wind
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film ni cálido ni cordial, resulta menos distanciado que “Senso” e infinitamente más amplio en su registro analítico. La muerte de la aristocracia en tanto que clase dirigente, pocas veces ha sido expresada con la exactitud, la sensualidad y la fúnebre belleza del infinito baile final que remata esta cima del cine de todos los tiempos. Un “Himalaya de beauté”, en palabras de Jean-Paul Sartre.
Oro” en el Festival de Venecia “Vaghe stelle dell’Orsa” decepcionó a los que esperaban un segundo “Gatopardo” o un “nuovo racconto” meridional. El cambio -indudablemente brusco- hacia un mórbido lirismo hizo de esta película una obra frágil, sólo apta para los amantes de la poesía (salvo la poesía social). Ya están cerradas para siempre las puertas que conducen a la interpretación dialéctica de la Madre Historia. Ya nunca asomarán las orejas los N’Toni Valastro, Rocco Parondi, Livia Serpieri o don Fabrizio de Salina. “Vaghe stelle dell’Orsa” nos habla de Orestes, de Electra, de los etruscos… y de la propia madre del realizador que fue quién le enseñó a tocar el “Preludio, coral y fuga” de César Franck (¿acaso la sonata de Vinteuil del tiempo perdido de Proust?). Quien no esté dispuesto -y está en su perfecto derecho- a tolerar el abandono de Marx y su sustitución por las decadentes elegías, que se olvide, a partir de 1.965, de Luchino Visconti. Porque éste ya no va a volver a bajar a la tierra y a mirar lo que en ésta sucede. Si la sinceridad y el lirismo de “Vaghe stelle…” emocionaron a muy pocos, Visconti sabrá mediante una hábil pirueta (“
ver Visconti con Albert Camus). Lo que sucede es que la toma del poder por el nazismo, vista a través de la orgía de crímenes perpetrados por los distintos von Essenbeck, no está presentada ya desde ningún prisma analítico, sino desde la óptica de la consecución de un espectáculo abigarrado, barroco, nada complejo y gratificante. Resumiendo, un melodrama exuberante con telón de fondo agradecido. Y como aquí ya no se trata de aplicar las reglas de la dialéctica, sino lisa y llanamente de “impresionar”, podemos objetar que a pesar de su afición al melo, a Visconti le sobra cultura y le falta vigor para conseguir sus propósitos. Justamente lo contrario que al inefable Wagner, capaz de las mayores barbaridades y de los más fabulosos desaguisados histórico-mitológicos, pero lleno de un pathos (1) que le sitúa en el polo opuesto de Visconti y en los lugares inmediatos a King Vidor o “Metrópolis”. De “La caduta degli dei” nos quedamos con aquellos instantes en los que Visconti se acerca tímidamente a Wagner: la fiesta de cumpleaños del barón Joachim von Essembeck al principio del film y la boda/suicidio de de Sophie y Friedrich (Ingrid Thulin y Dirk Bogarde) con que culmina la película. Y, en mitad de la misma, “La noche de los cuchillos largos”, secuencia tan larga, complicada y hermosa como el desenlace del “Anillo del Nibelungo”. Los explosivos rojos y negros de “La caída de los dioses” parecen que van a derrumbar el íntimo lirismo de “Vaghe stelle dell’Orsa” para abrir el camino de la aparatosidad gratuita. Pero, una vez más, Visconti se saldrá por la tangente, y reencontrará a los etruscos de Volterra en los apestados de Venecia… Alguna de las groserías de “La caduta” van a acompañar el paseo por el amor y la muerte de Gustav Von Aschembach. “La caduta degli dei” fue el mayor éxito de taquilla de toda la carrera de Visconti y, justo es decirlo, hay no pocos que la consideran una obra maestra. Debo confesar que el paso del tiempo me ha llevado a estimar más esta película desbordante y desbordada.










